El toque de Chase me desorientó y estoy segura de que se dio cuenta de mi extraño comportamiento cuando huí del embalse. Su sonrisa me asegura que sabía de mi atracción cuando me di la vuelta y le dije adiós con la mano. Suelto una risita por mi comportamiento de niña y una joven que está en el andén del tren me mira extrañada desde su iPad. Salgo del metro en West Village y me dirijo a Buvette"s -un pequeño restaurante parisino- para almorzar con la pandilla. A pocos metros de la puerta, encuentro al grupo sentado alrededor de dos mesas apiñadas para acomodar a mis seis amigos, mis confidentes, mi ancla, no podría existir sin ellos. A diferencia de mis amigas, yo soy la rueda solitaria sin pareja masculina: una casada y con gemelos, la otra en una relación exclusiva desde hace varios año

