Aitor Como no regresé a mi casa —eso todavía me sonaba extraño— hasta cerca del mediodía, no me sorprendió escuchar a Hilda cuando abrí la puerta. Sin embargo, sí me sorprendió ver que estaba en la cocina, de pie frente a mi estufa y revolviendo una olla de... algo. —Casi me da miedo preguntar qué hay ahí dentro —dije mientras dejaba mis papeles y mi bolso sobre la encimera—. No pensé que tuviera nada digno de una olla. Mayormente cenas congeladas y cosas que pudiera asar a la parrilla. La sonrisa que me dio me distrajo por un momento del hecho de que llevaba puesta una de mis camisas. Como era de esperar, le quedaba prácticamente como un vestido, con el borde apenas un par de pulgadas por encima de su rodilla. Mi entrepierna se animó ante el pensamiento de lo que llevaba —o no llevaba—

