Aitor —¡Aitor! Mierda, me encantaba cuando gritaba mi nombre. Nada más sonaba tan bien, y no era algo a lo que fuera a acostumbrarme jamás. Al igual que nunca me acostumbraría a lo que sentía cuando estaba dentro de ella. A lo bueno que era el sexo con ella. A lo perfectamente que encajábamos. Su cuerpo se tensó alrededor del mío y la seguí al vacío. —¡Hilda! Desperté de golpe, recordando de repente que, para empezar, no debería estar durmiendo. Mierda. Se suponía que debía estar vigilando a la mujer que me habían enviado a rescatar. No follándomela para luego quedarme dormido a su lado en la cama. La cama. Al lado de ella. La habitación estaba casi demasiado oscura para ver bien, pero era suficiente para darme cuenta de que estaba solo. Me di la vuelta y tanteé buscando la lámpar

