Hilda Al cerrar la puerta del baño con llave, tuve un momento para preguntarme si el hombre cuyo nombre aún no conocía podía oír que lo había hecho, pero luego decidí que no me importaba. Esta era la primera vez en días que me sentía remotamente a salvo. Hice una mueca mientras me quitaba la ropa que había llevado puesta durante casi una semana e intentaba no pensar en lo mal que olía. El calor inundó mis mejillas al darme cuenta de que mi rescatista me había tenido justo al lado de su cara. Aparté ese pensamiento de mi cabeza y entonces oí la voz de un hombre lo suficientemente cerca como para que mi pulso se disparara. —Habla Aitor Da Silva, de la habitación ciento quince. Conocía esa voz. Cerré los ojos con alivio. Aitor. Ese era su nombre. Lo siguiente que dijo hizo que abriera lo

