Aitor
Sabía que mucha gente tildaría a mi familia de esnob por tener nuestro propio avión —varios aviones, en realidad, si se contaba a toda la familia en conjunto—. Gran parte de la razón por la que prácticamente poseíamos nuestra propia flota tenía menos que ver con no querer volar en aerolíneas comerciales y más con la practicidad, ya que teníamos negocios por todo el mundo.
Por ejemplo, un vuelo que tomaba poco más de dos horas en el aire significaba el doble de ese tiempo invertido. Entendía por qué había tanta seguridad y estaba de acuerdo en que era necesaria, pero en situaciones como esta, esperar en una fila por quién sabe cuánto tiempo me habría vuelto loco. Con un avión privado, eso no era un problema. Pude estar en Los Ángeles y camino al apartamento de Cain dos horas y media después de dejar mi hotel.
Cuando él abrió la puerta, su rostro estaba tan sombrío que, por un momento, pensé que la chica que debíamos rescatar había sido asesinada. En lugar de eso, se hizo a un lado y entré.
—Gracias por venir. Esto es... joder... —Se pasó la mano por el cabello, todavía rapado al estilo militar corto a pesar de haber dejado el servicio hace un par de años.
—¿Algo nuevo? —Dejé mi maleta junto a su sofá y arrojé mi chaqueta encima. No la necesitaba aquí, pero hacía frío cuando salí de Seattle.
Cain sacudió la cabeza. —Nunca la conocí, ¿sabes? A la hermana de Freedom, quiero decir. Hilda no estaba en Stanford cuando Freedom y yo empezamos a salir. La chica es cuatro años menor que Freedom, así que tiene solo veintiuno o veintidós.
Ahora entendía su expresión. Estaba pensando en esta mujer joven, apenas saliendo de la adolescencia, retenida por un grupo desconocido de personas que podrían estar haciéndole todo tipo de mierdas en este momento. Se me revolvió el estómago al darme cuenta de que tenía más o menos la misma edad que mi hermana pequeña, London.
—La encontraremos y la traeremos a casa. —Puse mi mano en el hombro de Cain—. Dime lo que necesito saber.
Cain se sacudió visiblemente y se volvió a concentrar. —Freedom acaba de enviarme el enlace al video del rescate que esos bastardos publicaron hace unos treinta minutos. No lo he visto todavía.
Parecía casi avergonzado de decirlo, pero no podía culparlo. Si hubiera sido alguien con una conexión personal conmigo, habría esperado esa media hora para no tener que verlo solo.
—Muy bien, hagamos eso primero. —Seguí a Cain hasta la mesa donde estaba su computadora portátil—. ¿Qué tanto saben los padres de las chicas?
—Ya vieron el video. —Se sentó y movió su silla a un lado para que yo pudiera acercar otra junto a él—. Ya están hablando con las autoridades sobre pagar el rescate, pero no saben que Freedom me pidió que me involucrara.
—Ella no confía en que los secuestradores dejen ir a Hilda después de recibir el dinero. —Lo dije como una afirmación en lugar de una pregunta.
—Freedom es el tipo de persona que planea cada contingencia en la vida diaria —explicó Cain—. Ni de broma va a dejar el destino de su amada hermana menor en manos de un solo plan.
Algo en la forma en que lo dijo me hizo preguntarme por qué él y Freedom habían terminado, pero no iba a preguntar. Incluso si no tuviéramos nada más que hacer, Cain y yo no éramos el tipo de amigos que hablaban de cosas como relaciones. Si importaba para la misión, me lo diría. Si no, entonces no necesitaba saberlo.
—Descargué el video en cuanto Freedom me envió el enlace. —Cain abrió un archivo de video—. Y menos mal. Exactamente noventa minutos después de ser publicado, lo bajaron y todo rastro de él desapareció.
Arqueé las cejas. —¿Desapareció? No soy un genio de la tecnología, pero no creía que nada desapareciera en Internet.
—No desaparece —dijo Cain—. Pero a veces puede tomar un tiempo volver a desenterrarlo. Todavía voy a ver si puedo rastrear la dirección IP, pero creo que tendremos mejor suerte usando otros medios para encontrar a Hilda.
Hizo un gesto hacia la pantalla y me concentré en ella.
Sentada en el centro estaba una mujer esbelta y de aspecto delicado, hermosa de una manera que ni la suciedad ni las circunstancias podían cambiar. Lo que alcanzaba a ver de su cabello era claro, aunque no podía distinguir si era rubio o castaño claro. Llevaba un pañuelo tradicional, mangas largas y pantalones. Todo estaba mugriento. Cuando miró a la cámara, fue demasiado rápido para que viera de qué color eran sus ojos, pero luego empezó a hablar y centré mi atención en lo que decía.
—Mi nombre es Hilda Mercier y soy ciudadana estadounidense. —Su voz era baja, pero no exactamente suave. Era firme y constante mientras leía el guion que tenía en la mano—. Estaba trabajando en Irán y he sido... tomada por un grupo de ciudadanos preocupados de Irán. No me han hecho daño y, mientras se cumplan sus demandas, no me lo harán. Mis padres, Gerard Mercier y Paulette Lutz, deben reunir —frunció el ceño ante la frase mal redactada— cinco millones de euros y cinco millones de dólares estadounidenses en dos bolsas negras separadas para ser entregadas en la Torre Azadi antes del mediodía de este jueves. Cualquier señal de las autoridades y me harán daño. Si el dinero no es entregado, seré... asesinada. —Sus ojos volvieron a mirar a la cámara y estaban tan llenos de miedo como era de esperar en alguien en su situación, pero también había algo más allí.
Estaba furiosa, me di cuenta con sorpresa.
Esta mujer joven y menuda había sido llevada contra su voluntad y quién sabe qué le habían hecho, y en lugar de encogerse de miedo, estaba enojada.
El video se detuvo antes de que ella bajara la vista de nuevo, y ahora podía ver que sus ojos eran verdes. Un tono verde claro que creo que nunca había visto antes.
—¿Notas algo?
Di un salto. Por un momento, había olvidado que no estaba solo. Hice un escaneo rápido del entorno de Hilda, pero no había nada que diera pistas sobre su ubicación. Puras cosas genéricas que podrían haber estado en cualquier lugar de Irán. O en cualquier otro país, para el caso.
—No mucho que nos ayude a descifrar dónde está —dije con un suspiro—. Al menos no en una primera pasada.
—Sí, eso es lo que estaba pensando —dijo Cain—. Una tela lisa colgada en el fondo. Imposible saber si es canela o beige o incluso blanca y simplemente sucia. Una silla que es imposible saber si es de madera, metal o plástico.
Me enderecé al ocurrírseme un pensamiento. —Han hecho esto antes.
—¿Qué?
Señalé la pantalla. —Quienquiera que sea esta gente, son profesionales. Tienen la silla perfectamente posicionada para mostrarnos a Hilda y el hecho de que está leyendo un guion, pero no tan abajo como para que veamos sus manos y ella pueda hacerle señas a nadie. Nada en cámara que pueda darnos siquiera una pista de dónde está. Nadie es tan bueno la primera vez.
—Mierda. —Cain se recostó—. Tienes razón. Debí haber visto eso.
—Como me dijiste cuando llamé por mi sobrina, estás involucrado emocionalmente —le recordé—. Eso le jode la cabeza a cualquiera.
Se pasó la mano por la cara. —Dije eso, ¿verdad?
—Casi palabra por palabra.
—Necesito una cerveza. —Se puso de pie—. ¿Quieres una?
Asentí y él desapareció por una puerta que supuse llevaba a su cocina. Volví a mirar la pantalla donde Hilda Mercier estaba congelada. Era lunes por la mañana en Irán, y la habían llevado el viernes en esa misma zona horaria —asumiendo que no la hubieran sacado del país—, lo que significaba que o bien esperaron para hacer el video del rescate, o bien esperaron para publicarlo.
Cain me entregó una cerveza y se sentó a mi lado. —¿Qué más estás viendo que yo no?
—Hilda fue secuestrada el viernes por la mañana o por la tarde, ¿verdad?
—Correcto.
—Entonces, ¿por qué tardaron tanto los Mercier en recibir la demanda de rescate?
—Buena pregunta. —Frunció el ceño—. No tiene sentido. La mayoría de los grupos que secuestran por rescate se ponen en contacto de inmediato. Saben que cuanto más tiempo retengan a su cautivo, más cosas pueden salir mal y más recursos deben usar para mantener vivo al rehén.
—¿Entonces qué razones podría haber para esperar tanto tiempo para contactarlos?
—Hay muchas posibilidades. —Tomó una libreta y empezó a hacer una lista—. El video pudo haberse hecho justo después de que se llevaran a Hilda, pero desde entonces ella resultó herida o murió, y tuvieron que decidir si aún iban a pedir el rescate.
Su tono no cambió, pero pude ver lo difícil que le resultaba incluso sugerir que Hilda estuviera muerta.
—O podrían haber esperado para filmarlo porque ella había resultado herida inicialmente y no querían que eso se viera en el video —continuó—. O tal vez ni siquiera están ya en Irán. La atraparon allí el viernes, pero les tomó un par de días trasladarse a donde sea que esté su base.
—Eso suena a que sería mucho trabajo extra, moverla tan lejos —dije—. Sabemos que estos tipos saben lo que hacen. Probablemente tengan un sistema. Una forma establecida de hacer las cosas. Creo que necesitamos buscar otros secuestros en esa zona, averiguar si esto es típico o si algo cambió. Si tardan tanto en publicar otros videos de rescate, entonces tal vez sí tengan una base lejos de Teherán.
—Buena idea —dijo—. ¿Alguna otra idea sobre el motivo del retraso?
Vacilé. Algo había estado zumbando en el fondo de mi mente desde que hice mi pregunta original.
—Lo que sea que estés pensando, dilo.
—Está bien. —Lo miré fijamente a los ojos—. Tal vez tardaron tanto porque tuvieron que conseguir la información de contacto de la familia.
Cain arqueó las cejas. —No crees que fuera un objetivo planeado.
Me encogí de hombros. —Mi instinto dice que fue más una captura de oportunidad que una pensada y planeada. Lugar equivocado, momento equivocado. Algo así.
—¿Crees que a quien pretendían llevarse era a Freedom?
Sacudí la cabeza. —La misma información de contacto para los padres. Realmente ni siquiera necesitaban contactar a Freedom. —Se me ocurrió una pregunta—. ¿Por qué contactaron a Freedom y a los padres? Freedom no fue mencionada en el video, solo los padres. ¿Entonces por qué enviarle el video a ella también?
—Hasta donde yo sé, ella todavía está en Irán —dijo Cain—. Tal vez querían advertirle que se mantuviera alejada de las autoridades.
—Eso tiene sentido. —Fruncí el ceño—. Excepto, ¿cómo sabían que ella estaba en Irán en primer lugar? E incluso si Hilda se lo hubiera dicho, ella no tendría forma de saber si Freedom se había ido o no. Por lo que Hilda sabía, la policía podría haber enviado a Freedom de regreso a los EE. UU. justo después de que Freedom denunciara su desaparición.
—O, más probablemente —Cain retomó mi hilo de pensamiento—, alguien les está pasando información. —Hizo otra nota y, justo cuando terminó, alguien llamó a la puerta—. Es el resto de mi equipo.
Los tres tipos que entraron en la casa no se parecían en nada, pero aun así había algo similar en ellos. Incluso sin saber que Cain probablemente había contratado a otros exmilitares, habría adivinado que eso eran.
—¿Ejército? —El más bajo de los tres medía al menos un metro ochenta. Cabello tan rubio que era casi blanco y lo suficientemente largo para que yo adivinara que probablemente llevaba un par de años fuera del servicio, aunque parecíamos de la misma edad.
Me puse de pie y le tendí la mano. —Aitor Da Silva. Y sí, ejército. Supongo que eso significa que tú no.
Sacudió la cabeza y me sonrió. —EOD de la Marina. Y soy Bruce.
—¿Bruce? ¿En serio?
El siguiente tipo se rió. —Como en Bruce Wayne. Su nombre real es Bode Monroe, pero viene de familia de dinero y le gustan sus juguetes.
—Entendido. —Yo también me reí—. ¿Tú eres...?
—Desmond Ambler. Dez. —Me estrechó la mano y fue entonces cuando noté la cicatriz que atravesaba su ceja derecha. Una cuarta parte del tamaño de la mía, pero algo en la forma en que no se quedó mirando mi cicatriz ni la evitó me hizo preguntarme si tendría otras. —Infantería de Marina.
—No te lo tendré en cuenta —prometí, y él volvió a reír. Me dirigí al último tipo, el que más se acercaba a mi metro noventa y cinco.
—Fever —dijo mientras me daba un apretón de manos brusco.
No podía saber si me estaba tomando el pelo o no. —No había escuchado ese antes.
—Pollard Fevrier —aportó Bruce.
—Eso tiene sentido.
Fever le lanzó a Bruce una mirada de fastidio. —Puedo hablar por mí mismo, gracias.
Bruce se encogió de hombros y algo en la forma en que lo hizo me hizo pensar que esa era la forma normal en que interactuaban esos dos.
—Fever fue marine —dijo Cain—. Francotirador explorador.
Impresionante.
—Ahora que todos nos conocemos —continuó Cain—, vayamos al grano. Tenemos a alguien que rescatar.