El sol de la mañana iluminaba las ventanas de la oficina principal de Samuel, proyectando sombras largas sobre los muebles modernos y los estantes llenos de documentos. Samuel, como de costumbre, estaba sentado en su escritorio, revisando informes y organizando los próximos pasos para proteger su relación con Camila y mantener el control de la situación con los Valenzuela. Dante entró en silencio, sosteniendo su tableta, su rostro reflejando profesionalismo y discreta emoción. —Señor —dijo Dante, cerrando la puerta detrás de él—, ya hice contacto con Lucas Romano, como me pidió. Samuel levantó la mirada, dejando de lado los documentos que revisaba. —¿Qué dijo? Dante sonrió levemente. —Estaba encantado de saber de usted. Parece que la gratitud que le tiene por la ayuda que le brindó ha

