La cena había comenzado bajo un aire de misterio que parecía impregnar cada rincón de la antigua mansión. Camila se sentó frente al Enmascarado, sus ojos oscuros fijos en aquella máscara plateada que reflejaba la luz de las velas. El ambiente era opresivo, como si las paredes mismas guardaran secretos. Los sirvientes, silenciosos como sombras, colocaron delicados platos sobre la mesa y desaparecieron sin pronunciar una palabra. Camila se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa. —No vine aquí para cenar —dijo con firmeza, rompiendo el silencio—. Quiero respuestas. El Enmascarado, sentado en el extremo opuesto, dejó su cubierto con calma y la observó, sus ojos ocultos tras la máscara. —Las respuestas no siempre llegan cuando las deseamos —respondió con voz gr

