No se trataba de una, sino de dos avionetas. Los alfas se agazaparon entre la maleza esperando que aterrizaran y salieran los tripulantes.
En cada nave se hallaban seis personas, el piloto más cinco sujetos fuertemente armados y con porte de ser luchadores entrenados. Todos vestidos con trajes militares, aunque sin ningún tipo de insignia que los identificara con alguna institución o empresa.
No había rostros conocidos. Estos pertenecían a un grupo nuevo. Ni el tal Dalbir de facciones hindúes, o el robusto Warren se encontraban entre ellos.
Se agruparon en la pista, cerca de los galpones, para hacer inventario de armamento y distribuir las municiones. Parecía prepararse para una guerra.
—Tienen escopetas con sedantes —comentó Aaron mientras veía con alarma las armas largas que los sujetos se repartían—. Los restos del cuerpo de Terry Jordan tenían varias punciones. Freddy supuso que le habían inyectado algún sedante para drogarlo. Esa era la única manera de que un grupo de humanos dominara a un macho furioso y asustado.
—¿Y por qué trajeron esas armas aquí? —Maddox compartió una mirada preocupada con el otro lobo—. ¿Acaso sabrán lo que somos y vinieron preparados para cazarnos?
—Tenemos que matarlos a todos —concluyó Aaron molesto—. Solo dejemos vivo a uno para interrogarlo.
A Maddox no le gustó esa propuesta. Aquella situación se había complicado por haber eliminado a uno de los contrabandistas. Si desaparecían a doce más, el conflicto sería mayor y ellos aún no tenían un medio seguro para sacar a Alana y a su familia de la isla.
Ese sería el detonante para convertir aquel lugar en un infierno.
Sin embargo, no había más opciones. Si no los eliminaban, ellos no se detendrían hasta alcanzarlos. Debían quitarse el acoso de encima, y además, averiguar qué tanto sabía esa gente de su r**a.
Si no los detenían ahora, representarían un nuevo peligro para las manadas.
Se preparaban para salir, quitándose la ropa para así alcanzar su transformación, cuando sintieron que se aproximaba un auto.
—La policía —reveló Maddox al reconocer el sonido del motor.
—Es Gury —expresó Aaron volviendo a agazaparse entre la maleza.
El oficial estacionó el auto cerca de los hombres. A algunos los saludó con camaradería.
—El grupo uno irá con Evan al pueblo —ordenó Gury con voz de mando—. Apoyarán a los policías con la búsqueda de los fugitivos. Y el grupo dos vendrá conmigo.
—¿Tienes los explosivos? —consultó el sujeto que parecía liderar al grupo de asalto.
—Están en la maleta del auto. Hagamos el trabajo temprano porque aún no he cenado y tengo hambre —comunicó con frialdad mientras subía a la patrulla.
Cinco de los hombres lo siguieron y se apretujaron con él dentro antes de tomar el camino hacia las granjas.
—¿Irán a la cabaña de Alana? —consultó Aaron.
—Es posible. Y si llevan explosivos es obvio que no van con buenas intenciones.
Uno de los sujetos, de los que se quejó en la pista, corrió en dirección al lateral de uno de los galpones. Se detuvo en seco antes de llegar y se giró hacia sus compañeros con rostro confuso.
—¡No está el auto!
El líder del grupo dejó la revisión de las armas para dirigirse a él.
—¡¿Cómo que no está?!
—¡No está! ¡Aquí no hay nada! —expuso señalando hacia el lugar donde debía encontrar lo que buscaba.
Aaron y Maddox compartieron una mirada, de seguro se trataba del auto que ellos habían escondido en el bosque. El que robaron luego de asesinar a Grayson.
—¡Quizás está detrás de alguno de los galpones! ¡Tú busca por ahí! ¡Tú y tú, vayan por ese lado y revisen tras esos galpones!
Los lobos comprendieron que aquel era el momento indicado para atacar, el grupo se había separado.
—Dejemos vivo al líder para interrogarlo —propuso Maddox—, pero también a un piloto.
—¿Para qué demonios quieres a un piloto?
—Para salir ya mismo de esta maldita isla en una de esas avionetas.
Los alfas terminaron de desnudarse y en segundo dejaron en libertad a sus lobos. Aaron corrió a la parte trasera de los galpones para acabar con los que se habían separado del grupo mientras que Maddox se ocupaba del resto.
El ataque fue tan sorpresivo que los hombres no tuvieron oportunidad de preparar sus armas y disparar.
Con fuertes manotazos de sus patas delanteras, Maddox hizo trizas a dos de ellos. A uno de los pilotos lo empujó con fuerzas hacia una de las avionetas, dejándolo herido en el suelo y fue tras el líder.
El hombre había corrido hacia el centro de la pista para alejarse de la pelea y preparar su ametralladora. Al lograr cargarla, se giró para dispararle al lobo, pero su miedo aumentó de manera alarmante cuando se topó no con uno, sino con dos fieras enormes que lo miraban con fijeza con sus amenazantes ojos dorados.
Se detuvo tembloroso y observó con terror como cada uno caminaba hacia él por los costados con pasos lentos y acechantes.
—¡Fuera de aquí, demonios! ¡USTEDES NO SON DE ESTE MUNDO! —vociferó con miedo y comenzó a disparar.
Los lobos saltaron y corrieron a su alrededor a una velocidad inimaginada, confundiéndolo, luego comenzaron a golpearlo con sus garras para herirlo y hacerlo tambalear.
El sujeto caía al suelo, pero como pudo se puso de pie en medio de gritos de rabia y temor para continuar disparando sin control.
Hasta que en una ocasión se giró para atacar al lobo que pensó tendría detrás, pero se topó con un sujeto desnudo que le propinó un fuerte golpe en la nariz y le quitó el arma.
—Espero no lo hayas matado —advirtió Maddox al perder su transformación.
Aaron le dirigió una mirada salvaje como respuesta.
—Revisa que este idiota no haya matado al piloto al disparar de forma desordenada. Yo lo llevaré al galpón —ordenó Aaron, y lanzó la ametralladora al suelo para cargar al sujeto inconsciente.
Maddox se dirigió con rapidez al lugar donde se encontraban las avionetas. Descubrió al piloto medio inconsciente, quejándose del golpe en la cabeza que se había dado cuando él lo empujó. Lo revisó con rapidez para verificar que no tuviera heridas de bala.
Al confirmar que estaba bien, lo cargó sobre su hombro para llevarlo también al galpón, pero se percató que de una de las avionetas perdía gasolina y aceite.
—No, maldita sea.
Soltó al tipo en el suelo y fue a revisar cada nave. Ambas tenían marcas de balas, pero una no se hallaban en zonas peligrosas. La otra, en cambio, había quedado inservible.
Furioso por aquel inconveniente fue a buscar al piloto. Lo encontró corriendo tambaleante hacia el bosque.
—Pedazo de imbécil —rugió molesto y fue a buscarlo, llevándolo a los empujones a los galpones, donde lo amarró a un poste y lo amordazó.
Al reunirse con Aaron, notó que este había colgado al líder por las manos de una cadena del techo, donde posiblemente ellos apresaban a sus víctimas para torturarlas.
—Esto va a estar muy emocionante —dijo el lobo con sonrisa siniestra, antes de empapar al humano con el alcohol que habían hallado y escuchar complacido sus gritos de dolor y auxilio.