Maddox se cambió de ropa en la habitación de la loba. Mientras se vestía, repasó el dormitorio. Parecía el cuarto de una niña. Estaba lleno de muñecas y peluches, así como de libros. Ella leía mucho sobre geografía y viajes y tenía un mapa detallado de la isla pegado a una pared con cinta adhesiva. Lo rodeaban decenas de fotos de poca calidad que retrataban el embarcadero, el bosque y las costas. No siguió con su evaluación porque Alana tocó con timidez a la puerta. Él se sentó en la cama a atarse el cordón de los zapatos mientras le autorizaba a entrar. Le encantó la mirada fascinada que ella le dedicó. —¿Ya te vas? —Pero volveré —aseguró—. Tengo una reunión en el restaurante del embarcadero. La mujer se sentó a su lado, sin dejar de evaluarlo con interés. —¿Puedo llevarte? —Me

