—Ese tipo es en extremo peligroso —indicó Ryan al ver que los lobos habían amarrado y amordazado al tal Grayson, quien aún seguía desmayado.
—No dudará mucho tiempo vivo —reveló Aarón y lo cargó sobre su hombro sin que le costara ningún esfuerzo para meterlo dentro del galpón donde ellos habían estado.
Los humanos lo observaron con asombro.
—¿Dónde está Neris? —preguntó uno de los compañeros de Ryan, un tipo delgado con cara de rata.
—Lo dejé en mi casa cuidando de mi padre y de Keenan —reveló Alana.
Se referían al sujeto que había escapado y la alertó de que los iban a encerrar en ese lugar.
—¿Por qué los trajeron aquí? —exigió Maddox hacia los hombres.
—Los abordamos cerca de la aldea de los pescadores —reveló Ryan—. Quisimos reclamarles por lo que hicieron en la cabaña de Owen, pero se pusieron violentos —explicó señalando al sujeto con cara de rata que antes había hablado—. Como Rob estaba algo pasado de tragos, quiso golpearlos. Lo empujaron y se golpeó la cabeza contra una roca. Ellos se asustaron al verlo sangrar y lo dejaron abandonado, trayéndonos a nosotros aquí.
—Rob está muerto —informó Alana.
—Lo sabemos. Ellos lo comentaron —habló Owen con pesar—. Estaban asustados, por eso no se dieron cuenta cuando Neris escapó. Aunque su miedo no era por lo que pudiera pasarles aquí con la policía, sino por cómo reaccionaría su jefe cuando se enterara.
—¿Saben quién es el jefe de esos sujetos? —quiso saber Maddox.
Ellos negaron.
—Escuchamos que aterrizarían en una pista privada en Bar Harbor —contó Ryan—. Esa ciudad está llena de millonarios, políticos y narcotraficantes con pistas propias.
—¿Y tienen idea de lo que llevaban en la avioneta?
Volvieron a negar.
—Vi que tenían un bolso lleno de armas largas y fusiles lanzallamas en el auto donde nos trajeron. Lo guardaron en el otro galpón.
Maddox apretó el ceño, confundido, pero una idea le cruzó por la mente que lo inquietó. A los vampiros débiles podían enfrentarlos con fuego.
¿Acaso esos sujetos habían estado en la cueva con aquellos seres infernales?
Compartió una mirada con Alana. La loba parecía haber intuido su preocupación.
—¿Qué hacemos? —preguntó Aaron hacia Maddox al salir del galpón y en referencia al grupo de humanos.
No quería interrogar al otro sujeto estando ellos cerca.
—Yo regresaré al grupo a las cabañas, luego vengo por ustedes —propuso Alana.
—No irás sola —dictó Maddox con enfado.
Ella apretó el ceño, furiosa.
—He pasado veinte años de mi vida sola en esta isla, sé cómo cuidarme.
Él la fulminó con una mirada irritada, aunque no rebatió sus palabras.
—Tampoco me gusta la idea de que se vaya sola —agregó Aaron—, pero necesitamos privacidad aquí.
—¿Qué buscan? ¿Qué quieren saber? —consultó Ryan.
—Luego hablaremos contigo —soltó Aaron y lo señaló con un dedo como advertencia.
Alana se interpuso para que el lobo no siguiera desafiando a su hermano.
—Me los llevaré —expuso como si dictara una orden y estiró una mano hacia Aaron exigiendo las llaves del auto.
Él dudó en dárselas. Compartió una mirada con Maddox recibiendo un asentimiento de cabeza como respuesta.
En medio de un resoplido se las entregó.
—No te vayas a matar en el puente —pidió hablando entre dientes.
Ella no le respondió. Al recibir las llaves ayudó a Logan, el chico de dieciocho años que había sido secuestrado con Ryan y aún parecía estar en shock por lo sucedido, para llevarlo al auto.
Desde que lo sacaron del galpón, él se sentó en el suelo y miraba la nada con expresión de terror.
—Quiero quedarme —demandó Ryan molesto.
—Necesitas curarte esa herida o se te va a infectar, idiota —lo regañó Alana, recordándole el corte que tenía en la cabeza y por el que le había brotado mucha sangre—. Además, te necesito en la casa. Lo sabes.
El hombre resopló con fastidio, aunque igual la siguió. A pesar de que era un par de años mayor que Alana, se comportaba de forma imprudente y caprichosa.
Los lobos los siguieron con la mirada hasta que se aseguraron que habían subido al auto y daban media vuelta para marcharse.
—Si algo le pasa a ese loba será tu culpa —acusó Aaron irritado antes de entrar en el galpón.
Maddox respiró hondo y volvió a posar su atención en el auto donde viajaba Alana. Sintió una presión en el pecho al saberla lejos. Una angustia que antes no había experimentado.
—Maldición, ¿qué me hace esa hembra? —se quejó con desagrado y entró en el galpón también.
Vio al m*****o de los atacantes amarrado a un poste. Estaba sentado, con la espalda pegada al palo y atado a él por una soga que le cubría el pecho. Seguía desmayado.
—¿Lo despertamos? —preguntó Aaron mirando al sujeto con desprecio.
Maddox repasó el lugar hasta encontrar una botella de agua. Fue por ella y la abrió para descargar todo el líquido que contenía en la cabeza de Grayson.
Él despertó asustado, forcejeaba para liberarse de las ataduras descubriendo que nunca lo lograría. Revisó con nerviosismo los alrededores pensando que habrían muchos más hombres dispuestos a hacerle daño.
Maddox se agachó para quedar a su altura y afincó en él una mirada desafiante.
—Vamos a hacerte unas preguntas. Si no nos respondes estarás en serios problemas —amenazó y alzó una mano para mostrar la forma en que sus garras brotaban.
Grayson amplió los ojos en toda su extensión, aterrorizado, y negó con la cabeza.
—¿No piensas responder? —Maddox lo provocó. Ahora Grayson asintió—. Bien, entonces, ¿por qué habías dicho que no? —mencionó y sonrió mostrándole los colmillos. Necesitaba intimidarlo lo suficiente para asegurarse que hablaría.
El sujeto comenzó a llorar, horrorizado. Maddox acercó su mano a su rostro cortando la mordaza que le cubría la boca.
—¡No, por favor, no me coma! —rogó Grayson entre llantos.
—Si respondes a nuestras preguntas, vivirás —mintió.
El tipo asintió, aunque no paró de llorar.
Aaron se inclinó para quedar a su altura y exigir su atención.
—¿Para quién trabajas?
Grayson negó con la cabeza.
—¡No sé! ¡Solo conozco a Dalbir! ¡Él es mi jefe!
—¿Dalbir? —consultó Aaron.
—Debe ser el hindú que hablaba por el móvil —respondió Maddox—. ¿Con quién hablaba Dalbir? ¿Iban hacia Bar Harbor?
El hombre asintió tembloroso.
—Aterrizaríamos en una pista privada, pero no sé dónde. Ahí teníamos que descargar la mercancía.
—¿Qué mercancía? —preguntó Aaron.
—Los huesos de vampiros.
Aaron se alarmó por lo que decía, poniéndose de pie. Maddox se frotó el rostro con una mano al confirmar sus sospechas.
—¿Para qué quieren esos huesos de vampiros? —quiso saber.
—¡No sé amigo, ni siquiera sé si de verdad son de vampiros! —dijo en medio de su llanto—. Yo solo cumplo órdenes y me pagan bien por eso.
—¿Quién iba a recibir esos huesos en Bar Harbor? —insistió.
—No sé. Esas cosas no me las dicen. Dalbir es quien dirige la misión.
—¿Y cuál es el apellido de Dalbir?
—¡No sé! ¡Solo me ha dicho que lo llame así!
Aaron gruñó.
—Por qué querían matar a los sujetos que habían secuestrado.
—Porque no podíamos dejar testigos. Por culpa de ellos murió el otro hombre. Nos atacaron sin haberles hecho nada.
—¿La policía de Sutton los ayuda? —exigió Maddox.
—No sé. Creo que hay alguien que es el enlace, dijeron que nos dejarían pasar sin problemas, pero no conozco nombres.
—¿Quién es Ted? Ibas a encontrarte con él luego de matar a los humanos —volvió a hablar Maddox.
—No sé, creo que trabaja en el embarcadero. Me dijeron que lo buscara allá.
Aaron gruñó una vez más y Maddox respiró hondo, apretándose el puente de la nariz.
—Este imbécil no sabe nada —se quejó y pero tuvo que ponerse de pie de forma repentina porque Aaron le propinó una fuerte patada en la cabeza a Grayson aplastándole el cerebro—. ¡Maldición, ¿qué hiciste?! —lo regañó.
—¡No sabe nada y no podemos dejar testigos de lo que hacemos! —impugnó Aaron—. Tenemos que buscar al tal Ted.
Ahora fue Maddox quien gruñó, pero Aaron no atendió sus quejas. Se inclinó para cortar con sus garras brotadas la soga que apresaba a Grayson al poste sin tener delicadeza. Total, ya estaba muerto.
De esa forma le cortó la camisa que, al moverlo, se abrió. Así ellos pudieron ver el tatuaje que el hombre tenía en el pecho a la altura del corazón: era la silueta de un lobo cruzado por dos espadas.
El símbolo de los exterminadores de lobos.
—¡Maldición, no debiste matarlo aún! —bramó Maddox con enfado.