Para salir del bosque, Alana tomó un camino de tierra lleno de baches y de restos de vegetación. El vehículo en el que viajaban se agitaba con violencia haciendo sonar cada una de sus partes.
Maddox estaba seguro que aquel auto no llegaría muy lejos. El motor se quejaba, del techo caía óxido con cada movimiento y cada vez que ella hacía algún cambio de marcha emitía un ruido atronador.
Tuvieron que atravesar un río pasando encima de su caudal pedregoso. La camioneta se sacudió tanto que él creyó que se desarmaría encima del agua.
—Toma, ponte esto —dijo ella y le lanzó un trapo manchado con grasa.
Supuso que se estaba sintiendo intimidada con su cuerpo desnudo, pero eso no le importó. Quería que lo viera así, que se excitara y su deseo por él despertara. Estaba dispuesto a seducirla.
—¿Quién eres? —preguntó Maddox.
Ella lo observó por el rabillo del ojo un instante antes de fijarse en la vía.
—Me llamo Alana. Alana O’Hara. ¿Y tú?
—Maddox Prescott. De la manada Prescott de Portland. ¿Has escuchado hablar de mi manada?
Ella enseguida negó con la cabeza.
—No he escuchado hablar de ninguna manada. Aquí no llegan noticias de lo que sucede en el continente.
Él apretó el ceño, confuso. Su manada era la más fuerte de Maine, todo lobo que habitaba esa región los conocía.
—¿De verdad no perteneces a ninguna manada? —consultó como si aún no se creyese la noticia.
Una hembra fértil sola era lo menos probable que podía existir en el planeta.
—No. Eso creo.
—Explícame —exigió, urgido. Necesitaba saber a quién debía enfrentarse para reclamarla como suya.
—En Sutton hay lobos. Algunos de ellos suelen estar juntos. Los llamamos el clan Barrett o simplemente los Barrett, porque el que hace las veces de líder se llama Gunter Barrett, pero los vemos más como un grupo cualquiera que como manada. Por eso les decimos clan.
Maddox repasó en su memoria el nombre de todos los lobos solitarios y los de las manadas que conocía en aquella región, descubriendo que Barrett jamás lo había escuchado nombrar.
—Ellos saben de mi existencia y en ocasiones han pasado por mi casa solo para saber de mí. Vivo con una familia humana desde que soy una bebé.
—¿Los Barrett no te brindan protección?
Alana resopló con burla.
—Ellos no le brindan protección a nadie.
La confusión de él aumentaba con cada revelación de la mujer.
—¿Cuántos son?
—¿Lobos? Solo cuatro, pero se reúnen con un grupo de humanos llegando a la veintena. Muchos de ellos son delincuentes violentos que usan la isla para esconderse de la policía del continente.
—¿Esos eran los vigilantes que iban a la cueva?
Ella se mostró angustiada.
—Sí. Ellos controlan la mayoría de los recursos de la isla y se enfurecen cuando alguien rompe las reglas. Si nos hubiesen descubierto allí, le irán con el chisme a Gunter y él luego aparecería en mi casa para reclamarme por haber entrado a la cueva sin su permiso.
—¿A él no le preocupa que te pongas en peligro al entrar en esa cueva, sino el hecho de que rompas sus reglas?
Alana apretó el ceño, confusa.
—A él no le importa la vida de nadie, solo mantener el dominio de la isla para asegurar sus negocios. Los recursos que hay en esa cueva son suyos, si los quieres, debes pagarle, es lo único que le importa.
—¡Eres una hembra fértil! —recordó, con obviedad.
—¡¿Y qué con eso?!
Su pregunta lo indignó.
—Nuestra r**a perece por culpa del exterminio y de la falta de hembras para reproducirnos. Las pocas que existen las cuidamos como si fuesen lo más valioso del mundo.
Alana se impactó por lo que él decía. Aunque debía reconocer que durante sus veinte años de vida había conocido a varios lobos, pero a ninguna loba.
—¿Hay pocas hembras?
A Maddox le asombró el nivel de ignorancia que ella poseía. Recostó el codo en la puerta de la camioneta y se frotó la frente demostrando preocupación.
—Entonces, estás sola. No tienes manada ni dueño a pesar de que hay cuatro lobos machos en la isla —resumió, impactado.
—Hay más lobos además de los Barrett —reveló ella, llamando su atención—. Está Kurt, que es con quien más me relaciono. Él compra y vende cosas. También está Logan, que vive en las montañas y no le gusta que lo molesten. Y Spencer, que es pescador y trabaja en los barcos pesqueros. Aunque él casi siempre está fuera de la isla, en alta mar.
—¿Ninguno ha pretendido reclamarte?
Ella lo miró con inquietud.
—No. Nunca. Yo no tengo nada que ofrecerles.
Él soltó una risita de burla.
—Tienes un vientre fértil, es lo más importante para nosotros.
Ahora fue Alana quien se mostró indignada.
—¿Eso es lo único que te importa de mí?
Maddox alzó los hombros con indiferencia.
—Una de las preocupaciones más grandes de nuestra r**a es la extinción. Nos están asesinando sin clemencia. No queremos perecer.
Ella lo observó preocupada.
—¿Quién nos está asesinando?
Él detalló con atención el rostro de la mujer, de facciones suaves, casi aniñadas, aunque su cuerpo era el de una mujer llena de atributos, con caderas pronunciadas y abultados senos.
Su mirada era intensa, curiosa y retadora, capaz de estremecerlo y ponerlo duro como el granito.
Le parecía increíble que estuviese tan desinformada de la realidad que los arropaba, así como desprotegida.
Repasó el interior del vehículo intentando conocerla más. Quería saber todo de ella. No pensaba dejarla ir. La reclamaría y le brindaría la protección de su manada.
Pero en su evaluación se topó con la mochila que ella había sacado de la cueva, apoyada sobre basura como empaques de snack y latas de cervezas o gaseosas.
Enseguida la tomó y abrió descubriendo el terrible contenido que guardaba.
—¡¿Qué carajos haces con estos huesos?! —preguntó molesto.
Alana se impactó por su pregunta, aunque eso le hizo recordar lo furiosa que había estado con él por haber perdido una de las mochilas.
—Es mi botín, a eso fui a la cueva. Por tu culpa perdí una de las mochilas.
—¿Huesos de vampiros? ¿Pusiste tu vida en peligro por esta mierda? —expuso con rabia y lanzó el morral por la ventana.
Ella puso el freno de forma violenta. El auto patinó unos metros haciendo un ruido ensordecedor y se apagó al detenerse.
Maddox por poco se golpea la cabeza con el parabrisas. Gracias a sus instintos se protegió a tiempo y vio con enfado como ella bajaba de la camioneta para ir por la mochila.
—¡¿Qué haces?! ¡Deja eso! —la siguió.
Alana lo encaró luego de recuperar su botín.
—¡¿Quién carajos te crees?! No vuelvas a lanzar mis cosas —exigió irritada, pero al verlo de nuevo desnudo frente a ella se inquietó y lo esquivó para entrar en la camioneta procurando ignorarlo.