Capitulo 6

2138 Words
El amanecer trajo consigo una luz dorada que se filtraba por los ventanales de la mansión Cisneros. Un lugar que, pese a su grandiosidad, se sentía gélido, impersonal. Cada mueble, cada alfombra, cada obra de arte estaba colocado con precisión matemática, sin rastro alguno de calidez. Nelly se despertó con el sonido del silencio. Se estiró en la enorme cama, sintiendo la frialdad de las sábanas de seda. Miró hacia el lado vacío del colchón y rodó los ojos. Por supuesto que Adrián no había dormido allí. El único día que durmieron juntos, fue en su noche de boda y por supuesto que no paso nada. Nelly nunca entendió porque al día siguiente Adrián estaba de mal humor y aunque Nelly se disculpo varias veces de haber sido culpa de ella, el no dejarlo dormir, él seguía sin querer tocar ese tema. Con un suspiro, se levantó, descalza, y caminó hasta el armario. Al abrirlo, se encontró con filas de trajes perfectamente alineados, zapatos lustrados y camisas blancas inmaculadas. Casi parecía que Adrián también era parte de la decoración de la casa: impecable, sin una pizca de imperfección, sin alma. Ignoro esa parte del clóset y se fue a la parte de ella. Se puso unos jeans ajustados y una blusa holgada antes de bajar las escaleras. No iba a pasar el día encerrada en la habitación de un matrimonio inexistente. La cocina era una obra maestra de mármol y acero inoxidable. Dos empleadas estaban en plena faena, una batiendo huevos y otra acomodando frutas en un plato. Ambas se sobresaltaron al verla entrar. —Buenos días, señora —dijeron casi al unísono. Nelly hizo una mueca. "Señora". Qué extraño sonaba eso. —Por favor, llámenme Nelly —dijo con una sonrisa amistosa—. Y no se asusten, no muerdo. Las mujeres se miraron entre sí, algo incómodas. Nelly entendió el mensaje. Aquí nadie la veía como parte del hogar. —El señor Cisneros ya desayunó y salió temprano —informó una de ellas con tono cortés. Nelly bufó. Por supuesto que lo hizo. —Qué amable mi esposo, ni siquiera se molestó en avisarme. Las empleadas bajaron la mirada y continuaron con su trabajo. Nelly suspiró, tomó una taza de café y salió al jardín. La vista era impresionante. Un césped perfectamente podado, fuentes elegantes y flores exquisitamente cuidadas adornaban el espacio. Se apoyó en la barandilla de la terraza y bebió un sorbo de su café, disfrutando el calor amargo en su garganta. Entonces, ¿así sería su vida ahora? Un matrimonio sin amor, una casa donde era una extraña, un esposo que la ignoraba. —Que comience la diversión —murmuró para sí misma con ironía. Las horas pasaron lentas. Nelly recorrió la casa, familiarizándose con cada rincón. Descubrió una biblioteca con estanterías de madera oscura repletas de libros que, probablemente, nadie leía y sin duda ese sería su lugar favorito. Un gimnasio privado, una sala de cine… todo el lujo del mundo, pero nada que realmente hiciera de esa casa un hogar. Después de comer sola en el comedor—una mesa absurdamente larga para una persona—decidió que ya estaba harta. Si Adrián pensaba ignorarla, se equivocaba. Tomó su bolso y salió de la casa. El chofer que le habían asignado la esperaba junto a un auto n***o de lujo. —Llévame a las oficinas de Cisneros Corp —ordenó sin vacilar. El hombre asintió y arrancó el motor. Si Adrián no iba a hacerle un lugar en su vida, entonces ella se lo haría por sí misma. Interrumpiendo el orden, que Adrián tanto amaba. Cuando Nelly entró al rascacielos de Cisneros Corp, todas las miradas se posaron en ella. Los empleados la escanearon con curiosidad y sorpresa. Unos alargando su cuerpo y otros criticando. Todos sabían quién era: la esposa del jefe. Caminó con paso seguro hasta la recepción. —Quiero ver a mi esposo. La recepcionista, una mujer de traje ajustado y gafas elegantes, parpadeó con desconcierto. —¿Tiene una cita? Nelly soltó una carcajada. —No, pero dile que si no me recibe ahora mismo, voy a empezar a hacer preguntas muy incómodas frente a todos. La mujer tragó en seco y marcó un número en el teléfono. —Señor Cisneros, su esposa está aquí… Sí… Entendido. Colgó y miró a Nelly con una sonrisa tensa. —Puede subir. Nelly sonrió con triunfo y tomó el ascensor hasta el último piso. Cuando entró a la oficina de Adrián, él estaba detrás de su escritorio, revisando documentos. No levantó la vista de inmediato. —Si necesitabas dinero, podrías haberlo solicitado a mi asistente —dijo con voz impasible. Nelly arqueó una ceja. —Oh, qué considerado. Pero no, gracias, no vine a pedir limosnas. Recuerda que tengo mucho dinero. Adrián finalmente la miró, con su expresión fría de siempre. —¿Entonces a qué debo tu inesperada visita? Nelly cruzó los brazos y se acercó a su escritorio. —A que me ignoraste todo el día. No te tomaste el atrevimiento de llamar y preguntar si ya comí. Él soltó un suspiro exasperado y se recargó en su silla. —No veo por qué eso debería sorprenderte. Nuestro matrimonio es una formalidad. No necesitas mi compañía y tampoco que yo finja preocupación. Nelly lo miró fijamente. Era impresionante cómo podía decir cosas tan crueles sin pestañear. —Quizás no la necesito, pero sería un bonito detalle que al menos fingieras que existo. No me gusta tener personas a mi alrededor y que me ignoren. Adrián apretó la mandíbula. —Si estás buscando atención, estás perdiendo el tiempo. Nelly se inclinó sobre el escritorio, reduciendo la distancia entre ellos. —No busco tu atención. Busco algo muy simple: respeto. Él la observó en silencio por un largo momento. —Nos casamos por conveniencia, Nelly. No por afecto. —Eso ya lo sé —contestó ella con una sonrisa sarcástica—. Pero te guste o no, ahora soy tu esposa, y no voy a quedarme en esa casa como un adorno más de tu vida perfecta. Adrián entrecerró los ojos, evaluándola. —¿Y qué piensas hacer? Nelly le sostuvo la mirada con determinación. —No lo sé todavía. Pero te aseguro que no será quedarme callada. Me darás tu atención quieras o no. Un destello de algo—¿curiosidad? ¿molestia?—pasó por los ojos de Adrián. —Haz lo que quieras. Pero no interfieras en mi trabajo. Nelly se enderezó y sonrió con dulzura. —No prometo nada. Querido esposo. Se giró y salió de la oficina con la cabeza en alto. Adrián la vio marcharse y exhaló lentamente. Estaba claro que Nelly no se iba a conformar con ser invisible. Y lo peor, era que no podía ser más cruel con ella, tenía algo que lograba que bajara la guardia. Su personaje lograba que quisiera saber más. Y aunque no lo admitiría en voz alta, una parte de él se preguntó si eso era precisamente lo que lo inquietaba. Mientras Adrián seguía pensando, Nelly decidió invitar a su amada amiga a un café. El bullicio del café era un contraste absoluto con la frialdad de la mansión Cisneros. El aroma a granos recién molidos flotaba en el aire, mezclándose con el murmullo de conversaciones y el sonido del vapor de la máquina de espresso. Nelly se hundió en la silla frente a su mejor amiga, Lucía, sintiendo por primera vez en días que estaba en un lugar donde pertenecía. —Así que... ¿casada y miserable en una mansión de ensueño? —Lucía arqueó una ceja mientras removía su café. Nelly bufó, rodando los ojos. —Ni siquiera miserable. Estoy... incómoda, como una intrusa en mi propia casa. Es como si fuera un mueble más, pero menos útil. Lucía dejó su cucharilla con un clink sobre el platillo. —Sabías que este matrimonio era por conveniencia. ¿Qué esperabas, que Adrián te recibiera con una serenata cada noche? —Por supuesto que no espero nada de él. Pero un poco de respeto, al menos. No puede ignorarme como si no existiera. Lucía suspiró, apoyando los codos en la mesa. —Nelly, ten cuidado. No juegues con fuego. Adrián tiene poder, y los hombres como él no están acostumbrados a que los desafíen. Nelly esbozó una sonrisa traviesa y tomó un sorbo de su capuchino. —Eso lo hace más interesante, Luci. Lucía la miró con una mezcla de diversión y preocupación. —Por Dios, Nelly, no estás en uno de tus libros de romance. Esto es la vida real. Y en la vida real, desafiar a un hombre como Adrián Cisneros puede tener consecuencias. Nelly se encogió de hombros. —Si cree que me quedaré sentada como una muñeca de porcelana en una vitrina, está muy equivocado. El tiempo que dure casada con él, será divertido. —¿Como así? ¿Te vas a divorciar? —pregunto Lucía en un susurro para que solo ella escuchara. —Luci, solo tú sabes que no me importa esa herencia. Si acepto casarme, es para que una vez esa herencia este en manos de mis padres, yo pueda ser libre, vivir mi vida como quiero. Sumergida en mis historias. Lucía apoyó la barbilla en la palma de su mano, estudiándola. —Lo se, pero yo te conozco demasiado bien. Disfrutas de provocarlo, o ¿te gusta? Nelly sonrió, un destello de picardía en sus ojos. —Adrián es como una pared de hielo. Y me intriga ver qué hay detrás. El es una historia que pienso escribir. Lucía exhaló con resignación y negó con la cabeza. —Solo prométeme que no harás nada estúpido. Nelly le guiñó un ojo. —No prometo nada. Lucía se llevó una mano al rostro con exasperación. —Eres un caso perdido, Nelly. Nelly se echó a reír, disfrutando por primera vez en días de una conversación genuina. —Amiga, ya debo irme, me urge ver a mi esposo y buscar una buena broma, de darle las buenas noches —Bromeo Nelly. Lucía la abrazó negando con la cabeza, era perder el tiempo, decirle que dejara ese juego. Nelly subió al auto con la ayuda de su chofer, mientras el auto iba en marcha, ella pensaba como fastidiar a su esposo, aunque sus planes se fueron abajo cuando vio que alguien se acercó a ella. —Señora, el señor llamó y le dejó dicho que no regresara temprano —Le dijo la ama de llaves. —Bien, ¿lo puede llamar y decirle que estaré en un club con una amiga? Yo iré a arreglarme. —Pidio Nelly dándole la espalda para subir las escaleras con una sonrisa. La ama de llaves se giro para acercarse al teléfono y hacer lo que Nelly le pidió. No porque ella se lo pidiera, era más una orden que había recibido de Adrián. Cuidar cada paso que nada su esposa. Nelly entro a la habitación y tomo un baño ligero, se puso la pijama y tomo dos almohadas, se fue a otra habitación vacía, una vez que se aseguró que la cama estaba arreglada se tiró y se echó una carcajada. Se sentó y quedó en silencio, vio la hora en su teléfono y sonrió satisfecha. Ya habían pasado más de treinta minutos. —¡Nelly! —Se escuchó el grito de Adrián. Muy relajada y con una sonrisa, se acosto y se cubrió con la sábana, haciéndose la dormida. —Nelly... —Adrian hizo silencio cuando la vio dormida, se acercó y la observo bien. —Nelly, Nelly, Nelly... No colmes mi paciencia —Susurro en su oído—. Vete a la habitación. —Ve tu querido, trabajas mucho y necesitas dormir bien. —Hablo con sus ojos cerrados. Fingiendo preocupación. —Si amaneces en otra habitación, hablaran. —¿Y? —¡Joder, Nelly! —Exclamo molesto. —No grites, pensaran que me maltratas —hablo muy calmada. Adrián se acercó y la tomó en brazos, llevándola hasta la habitación matrimonial. —¡Oh querido! No quiero que te lesiones con mi peso. —Le dijo para que la bajara, pero Adrián no lo hizo hasta llegar a la habitación y tirarla en la cama. —Dormiremos como dos esposos que se aman y espero que eso sea suficiente para portarte bien los próximos días. —Nada me es suficiente —dijo Nelly para molestarlo. Pero Adrián no le paró, se fue al baño y tomo un ligero baño para luego acostarse al lado de Nelly, aunque ella ya había puesto varias almohadas para que no se acercara. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, ajena a los juegos silenciosos que comenzaban a gestarse entre ella y Adrián. Y aunque no lo admitiera en voz alta, Nelly sabía que aquello apenas estaba empezando.
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