El aroma a tomate, queso derretido y albahaca llenaba la cocina, un olor a hogar que contrastaba con los nervios que aún me revoloteaban en el estómago. Nos sentamos alrededor de la mesa de roble, los tres. Yo, con la mirada fija en mi plato, Harry, con una postura impecable pero relajada, y mi madre, sirviendo porciones generosas de lasaña con una calma que me parecía sospechosa. —Abby me ha hablado mucho de ti, Harry—comenzó mi madre, pasándole el plato. Su tono era cordial, pero yo conocía ese brillo en sus ojos. Era el modo "modo detective".—Pero es un gusto finamente ponerle una cara a las historias. Harry le dedicó una sonrisa que podía haber derretido el queso de nuevo. Era su sonrisa "encanto a padres", perfectamente practicada y devastadoramente efectiva. —El gusto es mío, seño

