Extra IV Tres años. El suave crepitar del fuego en la chimenea era el latido de la casa. El aire olía a pino, a galletas de jengibre recién horneadas y a la promesa de la cena que se preparaba en la cocina. Nuestra casa—la que Harry y yo compráramos hacía seis meses—estaba rebosante de vida, calor y la cacofonía alegre de una familia que había aprendido, contra todo pronóstico, a encajar sus piezas. El árbol de Navidad, un abeto enorme que Harry y mi papá habían traído con no poco esfuerzo, centelleaba en un rincón de la sala, cargado de esferas, luces y recuerdos. En la parte más alta, la estrella que mi madre nos había regalado el primer año que vivimos juntos brillaba con orgullo. —¡Sofía, no comas tanto glaseado! —la voz de Marta sonó desde la cocina, seguida de la risa de mi madre

