Lo estoy, Matheo - declaré, sin dejar espacio para que negara lo que ambos sabíamos cierto -No trates en negar lo innegable, por eso me opongo a casarme contigo. - Respiré hondo, sintiendo cómo el peso de mis palabras se elevaba como un muro entre nosotros. - No sería justo para ti cargar conmigo y con todos mis fantasmas.
Mis palabras habían salido seguras, convencidas, construidas durante años de dolorosa autoprotección, pero entonces, Matheo hizo lo inesperado, sus brazos me rodearon con una fuerza que me quebró todas las defensas, en un abrazo tan intenso que hizo que cada uno de mis nervios se alzara en alerta, conscientes de su proximidad, de su calor, de la rendición que ese gesto implicaba.
No rechazo el matrimonio contigo porque estés rota o porque haya algo mal en ti - su voz era un susurro firme y cercano, su aliento cálido rozando mi oído - Lo hago para no hacerte infeliz a ti - Sus brazos se ajustaron a mi espalda, sellando su confesión en el espacio mínimo que quedaba entre nuestros cuerpos - Sé muy bien que tú no deseas casarte, tienes una muralla muy alta, tienes fantasmas que te refuerzan que no debes hacerlo ¿Crees que yo sería capaz de ser una de esos fantasmas? Sería muy ruin de mi parte causarte daño, y te prometí, Athenea, jamás lastimarte por nada.
Al decir esto, se separó lo justo para mirarme a los ojos, sin soltarme, sin romper el círculo de sus brazos, estábamos tan cerca que su aliento se mezclaba con el mío, que cada palabra suya era un latido que resonaba en mi pecho.
Nunca vuelvas a decir algo semejante de ti - su voz tembló ligeramente, cargada de una emoción tan profunda que me estremeció - Eres valiosa, eres una joya única, eres una guerrera que ha librado batallas que nadie más conoce.
Sus palabras no sonaban a consuelo vacío, sonaban a un juramento.
Entonces... - logré suspirar, mi mente luchando por procesar el giro absoluto que había tomado la situación - ¿No quieres casarte conmigo... porque crees que eso a mí me haría daño?
Exactamente - confirmó, y su mano se deslizó de mi espalda hasta mi mejilla con una suavidad que solo él poseía - Para mí, Athenea, casarme contigo bajo estas circunstancias sería condenarte a la prisión de la que tanto has batallado por liberarte, y eso... eso jamás lo haré
Su toque en mi mejilla era un contraste desgarrador: la firmeza de su mano frente a la fragilidad que yo sentía, la calidez de su piel contra el frío de mis dudas, en sus ojos, ya no vi al socio, ni al amigo, vi al hombre que, en nombre de un amor más grande que su propio deseo, estaba dispuesto a renunciar a su sueño con tal de no verme sufrir.
Yo.. - comencé a decir, pero las palabras se me atascaron en la garganta, no pude terminar mi frase porque mi padre habló, y su voz, serena pero irrevocable, consiguió romper por completo el hechizo de intimidad que Matheo y yo habíamos creado.
Ya lo escuchaste, hija - declaró mi padre, su mirada sabia alternando entre Matheo y yo - Él rechaza casarse contigo porque no quiere lastimarte a ti, y tú rechazas casarte con él porque no quieres lastimarlo a él. - una sonrisa casi de incredulidad se dibujó en sus labios. - Es irónico, ¿lo sabían? Que ustedes dos, en su terquedad, se complementen de una manera tan perfecta.
Sus palabras nos envolvieron a ambos, creando un nuevo espacio de entendimiento en la habitación.
Tienen una sincronía que pocas veces he visto, hablan con la mirada, se entienden sin palabras, por eso, la decisión está tomada. - Su tono perdió toda traza de negociación y adquirió la firmeza de una ley natural - Ustedes se casarán, les guste o no, y lo sé con absoluta certeza porque, en el fondo, ambos anhelan lo mismo, y sé perfectamente que ninguno de los dos llegaría a lastimar al otro, al contrario, se protegerían con la vida.
Mi padre luego se dirigió directamente a Matheo, y su sonrisa se llenó de un orgullo profundo y genuino. - Matheo, sé que el camino hacia el corazón completo de mi hija aún es largo, sé que está lleno de recuerdos y que puede ser un poco complicado... pero al menos tienes lo más valioso, el cimiento sobre el cual se construye todo amor verdadero tienes su confianza, eso, muchacho, es un tesoro que ni el hombre más rico del mundo podría comprar.
En el silencio que siguió, cargado del peso de un futuro que acababa de ser decretado, solo el leve temblor de la mano de Matheo sobre la mía confirmaba que, a pesar del miedo, algo profundo en nosotros reconocía la verdad en las palabras de mi padre.
Axel, ¿cómo estás tan seguro de todo esto? - preguntó Matheo, separándose de mí para mirar a mi padre con una mezcla de esperanza y escepticismo
¿Crees que estas canas son de adorno, hijo? - respondió mi padre con una sonrisa amplia - Tengo la vasta experiencia de la vida para decirlo con base Matheo, pero ya no se hablará más del tema, ustedes se casarán, punto - Su tono era amable pero inquebrantable - Por lo pronto, organizaremos una cena de compromiso, lo único que aún no sabemos es si será en mi casa o en la de tus padres...
En ese preciso instante, un golpe suave en la puerta interrumpió la conversación.
Adelante - anunció mi padre, desviando su atención hacia la puerta, mientras el destino de Matheo y yo quedaba sellado en un suspiro cargado de promesas y temores
Disculpen, señores y señorita, les traigo el pedido que encargó el señor Matheo - Era Daniela, tan dulce como siempre, con su sonrisa soñadora, empujaba el carrito con las bebidas, tal como Matheo había pedido, mi chocolate caliente, el café de papá y Matheo, su llegada nos devolvió a la realidad, interrumpiendo el momento crucial, mientras servía, el silencio en la habitación era pesado, cargado con el eco de la decisión de mi padre.