Asentí lentamente, sin comprender aún su punto, envuelta en el calor de su voz.
Son carbones, carbones que se forman en las entrañas de la tierra, aguantando el calor abrazador de los volcanes, la presión inmensa de todo un mundo sobre ellos, luego, son arrancados y pasan por un proceso largo y doloroso de ser pulidos y tallados... hasta que ese carbón oscuro y maltratado se convierte en el diamante más radiante, una pieza única valorada en millones. - Su mirada se clavó en la mía, buscando llegar a lo más hondo - Dime, ¿ese carbón es menos valioso por todo lo que sufrió? ¿O es precisamente ese viaje el que lo convierte en un tesoro?
Negué con la cabeza, conmovida por la analogía, pero mi dolor era un muro demasiado grueso.
Papá... - susurré, mi voz cargada de la resistencia de quien se niega a creer - Yo no soy un diamante
No - dijo mi padre, y su voz era tan suave como firme. - no lo eres físicamente, hija, pero sí lo eres en tu interior - Sus manos, esas mismas que me sostuvieron cuando aprendía a caminar, envolvieron las mías con una calidez que casi lograba derretir el hielo que sentía dentro del pecho - Tú has pasado por un proceso al igual que el diamante, has estado en la oscuridad, has soportado presiones que habrían quebrantado a cualquiera, y has sido tallada por el dolor, pero eso no significa qué no vales nada al contrario - Su mirada no se apartaba de la mía, transmitiendo una verdad que mi corazón se negaba a aceptar - eres más valiosa que nunca, tal como el diamante, y en los ojos y las manos correctas, Athenea, tú brillarás aún más de lo que ya lo haces.
Una lágrima solitaria, testaruda, rodó por mi mejilla, el la enjugó con el dedo.
Serás una maravillosa esposa - continuó, y su convicción era tan absoluta que por un segundo casi le creo - Matheo te ama con todo lo que eres y tú, aunque lo niegues con cada fibra de tu ser, sientes algo por él, algo profundo y real, solo que tu miedo a volver a amar, a confiar, te lo impide ver.
Sus palabras resonaban en ese lugar vulnerable que tanto me costaba proteger.
Hijita mía - susurró, acercándose - aunque herido estuvo tu corazón, él sigue latiendo, sigue sintiendo, y tiene una conexión palpable con Matheo, una que ni tú misma puedes ignorar cuando bajas la guardia.
Hice un esfuerzo por respirar, por encontrar un argumento, pero no pude, solo podía escuchar.
Y te diré algo - añadió, y su tono cambió, adoptando una seriedad nueva. - Matheo salió hecho una furia de esta oficina, pero no... no es porque no desee casarse contigo
¿Entonces por qué? - La pregunta estalló de mis labios cargada de un temblor que ya no podía contener -¿Por qué salió huyendo? ¿Por qué salió hecho una furia? ¡Por qué sus ojos demostraron... que no quiere casarse con alguien tan destruida y rota como yo!
Mis palabras se quebraron al final, los ojos se me anegaron por completo, y estaba haciendo lo imposible, lo humanamente imposible, por contener el llanto frente a mi padre, por mantener intacto al menos un jirón de mi orgullo.
Princesa mía - no fueron solo palabras, fue un refugio, mi padre me abrazó, y ese simple acto fue la pieza que faltaba para que mis defensas se desmoronaran por completo, las lágrimas brotaron en un silencio absoluto, un río caliente e imparable que mojó su camisa, intenté no emitir ningún sonido, contener el sollozo en mi garganta, pero era inútil, ¿Cómo no lo notaría cuando el algodón de su camisa se empapaba con el dolor que llevaba años enterrando?
Shhh, mi niña - murmuró su voz sobre mi cabeza, acunándome como cuando era pequeña - Tú no estás destruida, no estás rota, eres un diamante, Athenea, un diamante en bruto que ha soportado demasiado, pero cuya esencia es indestructible - Sus manos trazaban círculos tranquilizadores en mi espalda - Matheo no salió huyendo de ti, no salió por rechazo - hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran - Salió huyendo de la idea de ser él la causa de tu infelicidad, cree, con esa testarudez suya que solo iguala la tuya, que si se casa contigo obligada, aunque sea por una petición familiar, tú nunca podrías ser feliz a su lado, y él... él prefiere mil veces perder la oportunidad de tenerte como esposa, que verte atrapada en una vida que te haga perder tu luz, prefiere tu felicidad, incluso si esa felicidad no lo incluye a él, antes que conseguirte y verte consumirte en la amargura.
El mundo se detuvo, la furia de Matheo, sus puños cerrados, su mandíbula tensa... de repente, cobraron un sentido completamente nuevo, no era el desprecio de un hombre que rechaza una carga, era la desesperación de un hombre que renuncia a su mayor deseo por lo que él cree que es el bienestar de la mujer que ama.
¿C-cómo estás tan seguro de eso? - Logré susurrar, mi voz aún ahogada por las lágrimas y la incredulidad, era demasiado doloroso, demasiado hermoso y a la vez desgarrador para creerlo
¿Cómo puedo estar seguro? mi princesa - Repitió mi padre, y su voz era un susurro ronco contra mi cabello, me apretó aún más fuerte contra su pecho, como si pudiera transferirme su certeza a través del abrazo, su mano no dejaba de acariciar mi cabeza en un gesto que me transportaba a la infancia. - Porque lo conozco tan bien como te conozco a ti, hija, recuerda que lo he visto crecer y ahora he visto cómo ese muchacho que ahora es todo un hombre te mira cuando cree que nadie lo ve, no es la mirada de un socio, ni de un amigo cercano a la familia es la de un hombre que ha encontrado su razón de ser, y esa razón eres tu.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en el nudo de dudas que era mi mente no dejaba de dar vueltas.