Salimos de la oficina de mi padre con la piel erizada y un remolino de emociones clavada en el pecho, era absurdo habíamos entrado como dos solteros cotizados, socios y amigos, y salíamos... comprometidos, el golpe fue seco y sin anestesia, tan brutal que mi mente se negaba a procesarlo, aún no lo entendía del todo, pero ya era un hecho irrevocable, un sello puesto sobre nuestro futuro.
Caminamos en silencio hasta el estacionamiento privado, cada paso era mecánico, como si mis piernas se movieran por inercia, Matheo, con gestos automáticos que delataban su propia confusión, abrió la puerta del auto para que yo subiera, él se montó y el rugido del motor llenó el espacio, pero no logró ahogar el silencio tenso que se había instalado entre nosotros, era una quietud pesada, incómoda, de esas que no habíamos sentido en años.
Él siempre había sido mi lugar seguro, mi persona de confianza... pero ahora era mi prometido, la palabra resonaba en mi cabeza, extraña y forzada, el trayecto fue un viaje en blanco, ni una palabra, cuando llegamos a la casa de mi padre, Matheo volvió a abrir la puerta para que yo bajara, un gesto caballeroso que siempre había tenido, pero que ahora sentía cargado de una nueva responsabilidad.
Sin mirarlo siquiera, crucé el umbral y me dirigí directamente a mi habitación, la puerta se cerró tras de mí y, por fin, me derrumbé sobre la cama, el peso del día, de la decisión, de los fantasmas desenterrados y del futuro incierto, me aplastó, no lloré, solo tenia un agotamiento profundo, huesudo, que lo envolvía todo, el mundo seguía girando fuera, pero en mi habitación, el tiempo se había detenido en el instante en que mi padre dijo se casarán.
Matheo
Salir de la oficina de Axel siendo el prometido de Athenea había sido un golpe brutal para ambos, la tensión entre nosotros era tan espesa que podía cortarse con un cuchillo, no era fácil de procesar en cuestión de minutos, nuestra relación había dado un vuelco que ni siquiera lograba comprender.
La llevé hasta su casa, o mejor dicho, la casa de Axel, en un silencio cargado de cosas no dichas, ella salió disparada del auto, seguramente directo a su habitación o a la biblioteca, su refugio habitual para mantener la mente ocupada cuando las emociones la superaban, yo ya me iba, necesitaba espacio para respirar, para digerir todo esto, cuando el carro de Axel se estacionó junto al mío.
Muchacho, ahora vamos a hablar tú y yo - dijo Axel con esa sinceridad que siempre lo caracterizó, pero que ahora sentí cargada de un peso adicional, fuimos a su oficina aquí en su casa, nos sentamos y el me miro serio - Tú y yo sabemos cuán lastimada está mi hija, es una herida que aún no ha cerrado - Sus ojos, tan parecidos a los de Athenea pero llenos de la sabiduría de sus años, me miraban con intensidad - Por eso quiero que vayan a la hacienda La Esmeralda.
No tiene sentido - respondí casi instantáneamente, la frustración filtrándose en mi voz - No entiendo por qué llevarla al lugar donde más sufrió, es como volver a abrir una herida que apenas dejó de sangrar.
Axel suspiró, pasándose una mano por el rostro, en sus ojos podía ver la lucha interna de un padre que quiere lo mejor para su hija, incluso cuando los métodos parecen contradictorios.
Tiene todo el sentido del mundo, muchacho - Axel se acercó, y por primera vez en todos los años que lo conocía, vi cómo sus ojos se humedecían. - Ese lugar fue donde la lastimaron, sí, pero es justamente ahí donde debe enfrentar sus fantasmas, no será fácil, lo sé, la herida no desaparecerá por completo esas marcas nos tallan el alma pero al menos podrá seguir con su vida sin que el pasado la persiga, Matheo - dijo suavemente - a veces para sanar hay que enfrentar los demonios en su propio territorio, Athenea nunca superará lo que pasó si sigue huyendo
Yo me hago viejo, Matheo, y lo único que quiero es ver feliz a mi niña.- Su voz se quebró ligeramente. - Por eso te la encomiendo a ti, quiero que la hagas feliz, sé que estás enamorado de ella
Cómo sabes eso - dije sin pensar y trate de hacerme el tonto - de que hablas Axel
Axel esbozó una sonrisa comprensiva.
Matheo, te conozco desde que eras un adolescente, te he visto crecer, y también he visto cómo la miras cuando crees que nadie te observa, cómo te pones entre ella y cualquier peligro, cómo anticipas sus necesidades... la proteges, eso no es solo lealtad de socio - su mirada se llenó de una certeza inquebrantable. - Solo estoy allanándoles el camino, con el compromiso, ya tienen un pie adelante y cuando se casen, estarán unidos para siempre.
Pero una duda me carcomía por dentro.
¿Y cómo está tan seguro de que yo podré hacerla feliz? - Mi voz sonó más grave de lo que pretendía. - Mi mayor temor es que... que todo esto la lleve a odiarme
En ese momento, Axel puso una mano firme en mi hombro
Porque la amas, Matheo, y el amor verdadero no se trata de poseer, sino de soltar cuando sea necesario, tú eres capaz de darle su espacio incluso estando casados, eso es lo que ella necesita alguien que la ame lo suficiente como para entender sus silencios y respetar sus heridas.
Sus palabras calaron hondo en mí, tal vez él tenía razón, quizás este matrimonio, aunque forzado, podría ser el comienzo de una nueva forma de amar para ambos una donde el respeto por su libertad fuera nuestro mayor acto de amor.
Y lo sé porque conozco a mi niña mejor que nadie - Axel sostuvo mi mirada, y en sus ojos podía ver décadas de amor paternal - Ella, aunque lo niegue con cada fibra de su ser, ha sentido algo más por ti durante mucho tiempo, no es solo el aprecio por haber sido su apoyo incondicional... es algo más profundo.