Matheo se acercó más, invadiendo mi espacio personal hasta que nuestro reflejo en el cristal se fusionó con la imponente silueta del rascacielos de acero y vidrio, era una imagen poderosa ellos y nosotros, dos socios frente a su mayor creación.
Mírate pequeña - murmuró, su voz tan cercana que casi era un roce - Regresaste a esta ciudad con el corazón hecho trizas, pulverizado y destruida pero tu convertiste ese dolor en... esto, forjaste un imperio a partir de los escombros, eres mi socia. - Hizo una pausa cargando cada palabra de significado, y alargo su mano para acariciarme el rostro tan suavemente - Además, trabajamos codo a codo con tu padre, mi mentor... el hombre que, sin saberlo, nos unió, eres su hija, y yo... el hijo de su mejor amigo, me vio crecer.
Matheo no tocó el tema de Cristian de nuevo, en cambio, disecciono su mano y con una suavidad que contrastaba con la tensión del momento, ajustó el croquis que yo sostenía con torpeza, como si corrigiera el ángulo de mi propia armadura.
Este diseño necesita más luz natural Athenea - declaró, y su dedo recorrió la pantalla, señalando el ventanal de la suite principal en el render 3D - Como tú, pequeña, deja que entre un poco más, eres... una mujer increíble, un diamante en bruto que se empeña en esconder su brillo, no dejes que nadie apague tu luz, ni siquiera ese maldito pasado que te atormenta, cariño. - Su voz era un susurro áspero, cargado de una intensidad que trascendía por completo el diseño y se clavaba directo en mi pecho.
Contuve la respiración, siempre era así, el arquitecto de estructuras imposibles, intentando reparar con concrete y acero lo que un idiota había destrozado con mentiras, engaños y traición, traduciendo mis emociones en líneas y espacios que podía controlar.
Matheo deberías haberte dedicado a la psicología - solté, con una risa forzada que se quebró al final, delatandome - Descifrar mentes te hubiera quedado mejor que lidiar con planos.
Una sonrisa jugueteó en sus labios, pero no alcanzó a sus ojos verdes.
Mi madre es psicóloga princess, por si tu memoria selectiva lo olvidó y no, no me arrepiento de ser el mejor arquitecto - Su mirada se volvió seria, cambiando el clima emocional de la habitación de un soplo - Ah, y tu padre insiste en una reunión, sobre... la hacienda.
El aire en la oficina pareció solidificarse, la palabra "hacienda" resonó entre nosotros como un eco venido de otro tiempo, cayendo en el silencio con el peso de una losa, La Hacienda La Esmeralda.
Un regalo de quince años que siempre supo a promesa rota, mi padre me la entregó en secreto, su voz susurrando « Este es tu refugio, mi niña hermosa, ya toda una mujercita. Rodolfo te ayudará con todo hasta que tú puedas ocuparte ». Rodolfo, mi padrastro, el hombre que se convirtió en el ancla que mi madre y yo necesitábamos al llegar a Beacon, él había administrado aquellas tierras con manos firmes y una lealtad inquebrantable, como si intuyera que, para mí, aquel regalo era a la vez un santuario y una cadena.
Mis dedos se aferraron con fuerza al frío borde de la mesa de cristal, blanca de tanto apretarlos, Beacon, el pueblo, él, ella, una traición tan íntima que aún dolía al respirar.
La hacienda... - murmuré, como si pronunciar su nombre completo activara una maldición antigua - Podría venderla y olvidarme de todo Matheo, ya sabes que no pienso volver - dije desviando la mirada hacia la lluvia que comenzaba a golpear el ventanal - Olvidarme de todo de una vez por todas, juré no regresar, ni por la hacienda, ni por...
La frase se quebró en mi garganta, ahogada por un nudo de emociones contradictorias, no hacía falta nombrarlo, Matheo conocía la historia mejor que nadie: la del idiota que había convertido aquellos veranos únicos y hermosos en un laberinto de mentiras, cuyas risas y promesas vacías aún resonaban entre los muros de adobe de ese maldito pueblo, como fantasmas atormentadores, un cobarde que no merecía ni mi odio ni, lo que era peor, el débil latido de amor que, a pesar de todo y para mi vergüenza, seguía persistiendo en algún rincón olvidado de mi pecho.
Mis propias palabras resonaron en el aire, cargadas de una cobardía que me avergonzó al escucharlas, Matheo no necesitó más; una sola mirada fue suficiente para desarmar todas mis defensas, para ver a través del muro que intenté levantar.
Iremos juntos Athenea - declaró, y su voz no era solo firme, era un ancla que me arrancaba del remolino de mis pensamientos y me sujetaba con fuerza al presente, su mano descendió sobre la mía, que yacía fría e inmóvil sobre el cristal, su contacto no fue una pregunta, fue una afirmación, una calma sólida y serena que no admitía réplica - No te dejaré sola frente a esos fantasmas princess, la Hacienda la Esmeralda es tuya, tú eres la dueña de todo el maldito pueblo, y si decides ir, será para recordarle a ese imbécil, de una vez por todas, que perdió un diamante por perseguir un puñado de cobre sin valor cariño.
Sus palabras, su apoyo inquebrantable, me desgarraron por dentro más profundamente que cualquier rechazo. Porque yo sabía lo que se ocultaba tras la intensidad de sus ojos verdes: la sombra silenciosa de un amor que él nunca se atrevería a vocalizar y que yo aún no era capaz de nombrar, aterrorizada de estropearlo todo o, peor aún, de no estar a la altura si finalmente le correspondía, y lo supe entonces, con una punzada de culpa que me traspasó el alma, que sus palabras no solo hablaban de reclamar mi pasado, hablaban de reclamar nuestro futuro, de esa conexión que tenemos, de ese algo enorme y no dicho que pendía entre nosotros como el plano más perfecto y ambicioso de todos, aquel que aún no nos atrevíamos a construir.