Tú eres valiosa, Athenea, eres mi pequeña princesita, eres lo más importante que yo tengo en este mundo - su voz se quebró ligeramente, y eso, más que cualquier argumento, me llegó al alma - Y por eso, con toda el alma de un padre que solo anhela una cosa, te digo que quiero que seas feliz, de verdad y para siempre, y sé, con una certeza que me nace de las entrañas, que tu felicidad está con Matheo.
Me separé lo justo para mirarlo a los ojos, los suyos brillaban con una fe inquebrantable, de algo tan tangible, tan real, pero que yo aun no podía asimilar
Yo lo veo, aunque tú te empeñes en negarlo, veo esa chispa que se enciende en tu mirada cuando estás con él, la forma en que el mundo alrededor de ustedes se desdibuja, ustedes juntos no solo funcionan, hija mía, hacen magia, se comprenden sin palabras, se apoyan sin pedirlo, y se desafían a ser mejores... sin pretender cambiarse el uno al otro, al contrario demuestran ser unicos y eso nada lo cambiara pequeña.
Todas sus palabras formaban un cuadro tan hermoso y a la vez tan aterrador que me costaba respirar, era todo lo que mi corazón herido había anhelado en secreto y a la vez, su mayor miedo hecho realidad, el miedo te congela, no te deja mover, por eso el hecho de tomar esta decisión me tiene congelada por eso me niego.
No... - logré decir, con un suspiro que sonó a último aliento de resistencia - No creo que sea buena idea, padre.
La frase salió como un suspiro, un último y débil resistencia de mi voluntad antes de rendirme a la marea de sus argumentos y a la fatiga que me consumía por dentro.
Es la mejor idea, Athenea, la mejor para ti, piénsalo bien, con el corazón, no con el miedo hija mía, te conozco y si piensas con el miedo que te consume, vas a ver todo n***o y blanco, pero si dejas que tu corazón mire tu futuro con Matheo sabrás que no una mala idea, ambos serán felices - Su voz mantenía esa ternura de acero, inquebrantable - Por eso piénsalo, pero princesa, sabes que no voy a aceptar una negativa por respuesta, no esta vez, no cuando se trata de tu felicidad.
Me separé de su abrazo, sintiendo el aire frío de la oficina donde antes estaba el calor de su pecho, las lágrimas aún trazaban caminos húmedos en mis mejillas, él, con la paciencia infinita que lo caracteriza, alzó la mano y con la suavidad de su pulgar, como había hecho mil veces en mi infancia, me las secó, ese gesto simple me desarmó más que cualquier discurso.
Sé que volver a... la Esmeralda... te va a costar mucho, hijita, son heridas que deben sanar de una vez por todas Athenea - El nombre de aquel lugar cayó entre nosotros con el peso de un pasado que yo intentaba enterrar, sin excito, ya que nunca enfrente a mis fantasmas y mucho menos mi pasado que pesa en mi espalda - Por eso, Matheo estará a tu lado, no para cargar con tu dolor, sino para sostener tu mano mientras tú lo superas, él será tu apoyo, no tu muleta y de eso estoy seguro.
Yo... - Intenté hablar, encontrar una razón, una última objeción, pero las palabras se ahogaron en mi garganta, mi voz se negaba a salir, traicionada por la emoción y una extraña sensación de resignación que empezaba a florecer, mezclada con un pánico sordo que retumbaba en mi pecho.
Tú tranquila, hija - Su sonrisa era un faro de calma en mi caos interno, como cuando estoy perdida y no se el camino, él esta ahí para guiarme - Todo va a estar bien, te prometo que sí.
Lo vi sacar su teléfono del bolsillo, la pantalla se encendió, iluminando su rostro con una luz azulada, mis ojos se fijaron en sus dedos mientras tecleaban con determinación un mensaje dirigido seguramente a Matheo, un mensaje que, lo supiera o no, cambiaría el curso de nuestras vidas para siempre, el tic tac del reloj marcaba un inicio diferente a lo que creí que seria mi vida.
Ya está princesa, le he dicho a Matheo que suba - Anunció mi padre con una sonrisa, guardando el dispositivo y tomando mi mano con delicadeza, como si tomarme con mano fuerte me fuera a romper - Ahora, respira, Athenea, es hora de ser valiente, desde hace 8 años has demostrado ser una guerrera, eres una mujer de acero, eres valiente, eres todo lo que quieras ser pequeña.
Y en el silencio que siguió, solo el sonido de mi propio corazón, acelerado y asustado, marcaba los segundos que faltaban para que la puerta se abriera y mi futuro - aterrador, incierto y quizás, solo quizás, esperanzador - entrara en la oficina.