El bosque no ha cambiado.
Las mismas raíces que una vez abrazaron las pisadas descalzas de Aruma siguen hundiéndose en la tierra con sabiduría silenciosa. Los troncos de los árboles murmuran entre sí, y la bruma matinal se filtra entre las copas como si protegiera un secreto antiguo. Pero aunque todo parece igual, algo esencial falta.
Falta ella.
Kael lo sabe. Lo siente cada noche en los huesos y en la sangre que arde bajo su piel. El tiempo ha seguido su curso, indiferente, pero él no. Él se ha detenido.
Desde la muerte de Aruma, el guardián del bosque camina sin destino. Su forma de lobo es más habitual ahora, como si el hombre que fue se hubiera dormido con su último beso. Aun así, cuando la luna se alza en su trono roto, Kael vuelve a transformarse. Vuelve a ser Erick, solo para sentarse en el claro donde ella solía esperarlo. Donde su risa llenaba el aire como la primavera. Donde aún cree sentir su aroma: esa mezcla de hojas secas, savia fresca y miel caliente.
Allí, se sienta cada noche.
El medallón de dos cabezas de lobo cuelga de su cuello, frío y pesado. Se lo quita a veces y lo aprieta entre sus manos, como si pudiera sacarle el calor que una vez tuvo. Como si pudiera hacerla volver.
—¿Dónde estás…? —susurra al viento. Pero solo el murmullo de los árboles le responde.
Las noches sin luna son las peores. El bosque se cierra en sí mismo. La bruma es más densa. El frío más profundo. Y Kael siente que la oscuridad no viene de afuera, sino desde adentro.
Se dice a sí mismo que fue una promesa. Que ella volvería. Que la luna la llamaría otra vez. Pero han pasado años, y el bosque ha olvidado. Solo él no puede.
En sueños la ve. No siempre con el rostro de Aruma. A veces, es una joven distinta. De cabellos sueltos, mirada curiosa, y una tristeza en los ojos que no sabe de dónde viene. Sueña que camina por un sendero que él reconoce. Que lleva algo al cuello. Algo que brilla verde bajo la luz. Una luna…
Cuando despierta, su corazón late como si corriera. Pero la cueva está en silencio. Solo las gotas que caen del techo, lentas, eternas. Como lágrimas de piedra.
La manada lo observa a distancia. Kael ya no ruge, no lidera, no caza con ellos. Se ha vuelto sombra. Algunos cachorros se acercan a veces, curiosos, buscando calor. Él los deja. Les acaricia con el hocico y luego se aleja. El vacío en su pecho no se llena con compañía. Solo con un nombre.
Aruma.
Una vez, al pie del río, creyó verla. El agua reflejaba la luna partida y, por un instante, una figura cruzó entre los sauces. Su aliento se cortó. Pero fue solo un ciervo. El bosque le juega esas bromas crueles. O quizás es su corazón que se niega a rendirse.
A veces se pregunta si ha enloquecido.
Otras veces, cree que aún hay un hilo. Invisible, tenso, vibrando entre mundos. Como si su alma siguiera atada a la de ella, esperando el momento correcto para tensarse y guiarla de regreso.
Una noche, más oscura que todas, Kael subió hasta la piedra más alta del bosque. Donde el cielo parece más cercano. Donde el viento sopla desde todos los rincones de la tierra.
Allí, aulló.
Fue un sonido largo, profundo. No era un llamado de caza ni de advertencia. Era un lamento. Una plegaria.
—Devuélveme a mi luna… —dijo con voz temblorosa al final del aullido.
Y el bosque, por primera vez en años, guardó silencio.
Los grillos dejaron de cantar. El viento se detuvo. Las hojas dejaron de caer. Como si todo, absolutamente todo, se inclinara en duelo.
Esa noche, soñó con ella de nuevo. Pero esta vez, no con Aruma. Esta vez, la joven tenía otro nombre.
Daniela.
Lo escuchó como un susurro. Un eco. Como si viniera desde muy lejos… pero no del pasado. Del futuro…
Y en su cuello, brillando bajo la luz fragmentada de la luna, estaba el dije. Verde, como las hojas recién nacidas. Verde, como sus ojos.
Kael despertó con el corazón palpitando como un tambor. Se incorporó, y por primera vez en mucho tiempo, la cueva le pareció estrecha. El bosque, pequeño. El aire, lleno de promesas.
—Está cerca… —dijo. No sabía cómo lo sabía. Solo lo sabía.
Daniela. Ese nombre no lo había escuchado nunca. Pero lo guardó. Como si fuera sagrado.
Esa noche no fue al claro.
Esa noche, caminó hacia el río.
Y el agua, sin razón aparente, parecía más viva. Más brillante. Más... expectante.
Como si supiera que algo está por volver. O alguien.
Porque cuando una promesa nace bajo una luna partida, ni el tiempo ni la muerte pueden romperla.
Kael lo sabe.
Y por primera vez en años… espera.