EL SUEÑO DEL RIO

1000 Words
Daniela corría. No sabía por qué, ni hacia dónde, solo que debía hacerlo. El bosque a su alrededor no era como los de las películas o los cuentos que le leía su madre cuando era niña. Este bosque tenía peso, respiraba. Las ramas parecían alargarse hacia ella, no para atraparla, sino para recordarle algo. Algo que había olvidado. Sus pies descalzos no sentían dolor al rozar raíces ni piedras. El suelo estaba tibio, húmedo, palpitante, como si caminara sobre el pecho de un ser vivo. A lo lejos, un río cantaba. Y en medio de la corriente, algo brillaba con una luz suave, verde, como el centro de una esmeralda. Se detuvo. Los árboles a su alrededor se abrieron, como si el bosque quisiera que lo viera. Ahí estaba: un dije. Una luna perfecta tallada en piedra verde flotando sobre el agua sin hundirse. Daniela dio un paso. Otro. Sintió que el aire se volvía más denso, cargado de perfume de flores nocturnas y de algo más antiguo, más puro. Al tocarlo, todo cambió. Una visión estalló detrás de sus ojos: un rostro masculino, blanco como el amanecer, con ojos verde esmeralda. Esos ojos… la miraban con tanto amor que sintió un nudo en la garganta. Él susurraba su nombre, pero no el que usaba ahora. Le decía: —Aruma… Y ella lloraba. En el sueño, no sabía por qué. Pero lo conocía. Lo amaba. Lo había perdido. Y ahora… ahora algo dentro de ella se revolvía como un animal atrapado. Se despertó de golpe. La respiración agitada, las manos temblando. El cuarto oscuro de la hostería donde se alojaba en Kairuma apenas se iluminaba con los primeros rayos del amanecer. Las paredes de madera crujían suavemente, como si también despertaran con ella. Se llevó una mano al pecho. El corazón le latía con fuerza, como si acabara de vivir algo real. Más que un sueño. Como si hubiera vivido otra vida dentro de ese momento. Miró alrededor. Todo era nuevo. Kairuma. El pueblo donde ahora vivía con su madre, después de la separación. Un lugar perdido entre montañas, vegetación exuberante y cielos siempre cubiertos de nubes bajas. Habían llegado hacía apenas dos días. Daniela no conocía a nadie, y aunque el paisaje era hermoso, había algo inquietante en él. Como si la observara en silencio. Se levantó con lentitud, todavía atrapada por la emoción del sueño. Caminó hasta la ventana y abrió las cortinas. El bosque estaba ahí. Inmenso. Verde. Vivo. Las hojas se mecían con suavidad, pero Daniela juraría que le hablaban. No con palabras… con recuerdos que aún no eran suyos. Recordó el dije. La luna verde. Era tan vívido. Podía sentir aún la textura fría y suave en sus dedos, la vibración leve cuando lo tomó. No era solo un objeto. Era una señal. Un vínculo. Y esos ojos. Los había visto antes. No en esta vida. No en ningún lugar lógico. Pero sabía, con la certeza que da el alma, que esos ojos habían sido su refugio. Que ese hombre la había amado. Que ella… lo había amado también. Esa mañana, no dijo nada. Bajó a desayunar en silencio, ignorando la conversación forzada de su madre con los dueños del lugar. A la primera oportunidad, escapó con una excusa simple: quería conocer el bosque. Respirar aire puro. Estar sola. Pero la verdad era otra. Necesitaba encontrar el río. Caminó sin un mapa. Solo siguió el instinto, el susurro lejano de una corriente que parecía llamarla por dentro. El bosque la rodeó con su sombra húmeda y su canto de insectos y aves ocultas. Daniela no sintió miedo. Era como si ya lo conociera. Como si este fuera su hogar desde siempre. Tras casi una hora de caminar, lo vio. El río. Idéntico al del sueño. La corriente era clara, serena. Reflejaba la luz del sol filtrada entre las ramas como si guardara secretos. Y ahí, justo en medio del agua… algo brillaba. Daniela contuvo la respiración. El corazón le golpeaba el pecho como un tambor ritual. Se acercó lentamente, como si un solo movimiento brusco pudiera romper el momento. Se agachó a la orilla, y allí estaba: Un dije. Una luna esmeralda. Exactamente igual al del sueño. Pero ahora no flotaba. Yacía en el lecho poco profundo del río, medio cubierto de pequeñas piedras. Aun así, su brillo era inconfundible. Daniela extendió la mano. El agua estaba helada, pero no le importó. Al tocar el dije, sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo desde la base del cráneo hasta los talones. Cerró los dedos alrededor de la piedra y la sostuvo frente a sus ojos. Era real. Y algo dentro de ella despertó. Un nombre cruzó su mente como un susurro entre los árboles: Kael. No sabía quién era. Pero sentía que había esperado siglos para volver a escucharlo. —¿Quién eres…? —murmuró, y el bosque pareció contener la respiración. Muy lejos, entre las ramas, una figura se detuvo. Un lobo. n***o. Enorme. Con ojos de esmeralda brillante. La observó un instante. Y desapareció entre la niebla. Daniela se quedó de pie junto al río, con el dije aún en la mano, mientras una extraña calidez le invadía el pecho. Algo en su interior había cambiado. Una grieta se había abierto y de ella brotaban memorias que no eran suyas, pero que sentía con la intensidad de una vida completa. Un amor antiguo, un dolor profundo, y una promesa que aún flotaba en el aire. El viento sopló entre los árboles, suave, como una caricia. Y en ese susurro, creyó escuchar su nombre… no el que conocía, sino el otro, el que le pertenecía en otro tiempo, bajo otra luna: Aruma. Ese día, no volvió por el mismo camino. Se adentró un poco más en el bosque, guiada por una mezcla de temor y necesidad. Sabía que algo —o alguien— la observaba. Pero no sentía miedo. Sentía paz, y una certeza silenciosa: esa no era su primera vez allí. Era su regreso....
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