MIRADAS QUE DESPIERTAN

931 Words
Daniela no regresó directamente a la hostería ese día. Se sentó sobre una gran piedra al borde del río, el dije aún húmedo en su mano. Su reflejo danzaba en la superficie del agua, pero no era el mismo de siempre. Había algo nuevo en sus ojos. O tal vez algo muy antiguo. Se sentía partida en dos: una parte seguía siendo la joven de ciudad que odiaba los cambios bruscos y los silencios prolongados; la otra… no tenía palabras. Solo imágenes, emociones intensas, fragmentos. Un rostro. Unos ojos esmeralda. Una ternura desbordante y al mismo tiempo, una tristeza profunda. Como si alguien la hubiese estado esperando durante siglos. Como si su llegada no fuera una casualidad, sino un encuentro largamente anunciado. El dije aún brillaba débilmente en su palma. Daniela lo llevó al pecho instintivamente, y al tocar su piel sintió una oleada de calor. Un abrazo invisible. Cerró los ojos, buscando entender qué le pasaba. Pero no había respuestas. Solo más preguntas. ¿Por qué conocía ese río? ¿Por qué su nombre sonaba diferente cuando lo escuchaba en ese sueño: Aruma? ¿Quién era ese hombre… o ese ser… que la miraba como si fuese todo su universo? El sol comenzaba a caer cuando por fin decidió volver. Caminó en silencio, pero el bosque ya no era solo vegetación y sombra. Sentía su respiración, su ritmo. Como si ella formara parte de él, como si el suelo la reconociera. Y lo más desconcertante: no tenía miedo. Ni siquiera cuando escuchaba ramas crujir a lo lejos o cuando el viento soplaba en ráfagas suaves como voces. Esa noche, cenó en silencio. Su madre notó su expresión ausente. —¿Todo bien, Dani? —preguntó con suavidad. —Sí… sólo fue un paseo largo. Me perdí un poco. —¿Te gustó el bosque? Daniela dudó. —Es… extraño. Pero sí. Sentí que… ya había estado ahí antes. Su madre la observó un momento, luego sonrió con nostalgia. —A veces la naturaleza nos guarda recuerdos que aún no son nuestros —dijo, y siguió comiendo como si nada. Esa frase no la olvidó. Esa noche, volvió a soñar. Esta vez, el sueño no era un río. Era una batalla. Gritos. Fuego. Una figura oscura protegiéndola. Un dolor punzante en el pecho. Y justo antes de despertar, una promesa: —Volveré a ti… Despertó con lágrimas en los ojos y el dije apretado en la mano. --- Muy lejos, en el corazón del bosque, Kael sintió el aire cambiar. Estaba de pie en lo alto de una rama gruesa, su forma de lobo oculta entre las sombras. Sus sentidos estaban agudizados al máximo. Había olido algo nuevo. No, no nuevo… familiar. Dolorosamente familiar. La vio. Una figura junto al río. Humana. Femenina. Joven. Su cabello recogido en una trenza suelta, la postura vulnerable, los ojos mirando el agua con una mezcla de asombro y confusión. Y en su mano… brillando como un pedazo de luna atrapado en piedra: el dije. Su corazón, que por años había latido lento y apagado, se agitó como un tambor de guerra. Sintió el impulso de correr hacia ella. De llamarla. De pronunciar su nombre. Pero no era Aruma. No del todo. Kael contuvo el aliento. Había algo distinto. Sus rasgos, su olor, su energía… eran otros. Más jóvenes, más frágiles. Pero la esencia. Esa chispa invisible que había amado hasta el último suspiro… estaba ahí. —Eres tú —susurró en su mente—. Has vuelto. Y sin embargo, no lo miraba. No lo veía. Aún no. La observó largo rato. Cada movimiento suyo era un milagro. Verla respirar, caminar, tocar el dije. Cada gesto le devolvía una parte del alma que había perdido. Cuando ella murmuró “¿Quién eres…?”, el corazón de Kael se rompió en mil pedazos. Porque quería responder. Gritar. Correr hacia ella y abrazarla hasta fundirse con su calor. Pero algo lo detuvo. El temor. El respeto. El dolor antiguo. No podía acercarse aún. Debía esperar. Permitir que su alma recordara. Que el bosque le hablara. Que los sueños la guiara. Se alejó entre la niebla, pero no sin antes mirar una última vez. Y entonces lo supo: El tiempo de la espera había terminado. El ciclo comenzaba otra vez. Volvería a ella. Como ella había prometido, una vez, bajo la luna partida. Kael descendió de los árboles y caminó como humano entre las sombras. El bosque no lo apartaba, sino que le abría paso. Había una energía que temblaba bajo sus pies, un pulso que aceleraba su corazón. Ya no era el guardián que caminaba dormido entre ruinas del pasado. Ahora había una dirección. Un propósito. Esa noche, encendió una pequeña fogata en su cueva. Hacía años que no lo hacía. Se sentó frente al fuego, mirando el dije que aún colgaba de su cuello: dos cabezas de lobo entrelazadas. Lo apretó con fuerza. —Estás cerca, Aruma —dijo en voz baja—. En otra forma, en otro cuerpo… pero sigues siendo tú. Y por primera vez desde su pérdida, una sonrisa leve se dibujó en sus labios. En lo profundo del bosque, los árboles crujieron como si respondieran. El viento sopló con una dulzura casi humana. Y la luna, aún partida, brilló con un fulgor renovado, como si ella también supiera que el amor que se prometió… había comenzado a despertar de nuevo. Kael cerró los ojos y dejó que la noche lo envolviera. Pero esta vez, no con dolor, sino con esperanza. Porque ahora lo sabía con certeza: Ella había vuelto!!!
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