El bosque susurraba.
No eran palabras humanas, ni sonidos que pudieran traducirse con lógica. Era el crujido suave de hojas húmedas, el murmullo de ramas que se rozaban como si compartieran secretos. Era el canto lejano de un ave nocturna y el perfume embriagador de la tierra mojada mezclada con flores silvestres.
Aruma caminaba descalza, sintiendo la vida del bosque subirle por los pies como una corriente tibia. Cada paso era firme, pero su pecho latía con fuerza. No por miedo, sino por una inquietud que no lograba nombrar. Algo la llamaba esa noche. Algo más profundo que la luna, más antiguo que su pueblo.
La luna brillaba arriba, rota. Dos fragmentos colgaban en el cielo como ojos vigilantes. Nadie sabía por qué se había partido. Solo que desde entonces, el bosque de Kairuma parecía más vivo… y más consciente.
Ella se agachó a recoger hojas de guayusa cuando lo sintió: una presencia densa, suave como el viento pero poderosa como una tormenta contenida. Se giró.
Entre los helechos, estaba él.
Un lobo. n***o como la sombra más pura, con un cuerpo inmenso y musculoso. Su pelaje brillaba con un tinte azul oscuro por la luz lunar. Pero lo que la dejó sin aliento fueron sus ojos. Verdes, intensos. Como esmeraldas sumergidas en lágrimas.
No retrocedió. Ni un paso.
—¿Quién anda ahí? —su voz tembló, pero no de miedo—. Muéstrate...
El lobo avanzó un paso, y aunque su forma era bestial, sus ojos decían otra cosa. Aruma lo supo: ese no era un animal cualquiera.
Entonces, contra toda lógica, escuchó su voz.
No con los oídos. Con el pecho. Con el alma.
“No temas, Aruma.”
Ella abrió la boca. Su nombre. Lo había dicho. Lo sabía.
“Soy Kael. Guardián del bosque. Hijo de la luna partida.”
—¿Cómo sabes mi nombre? —murmuró, como si el aire no bastara.
“Porque tú escuchas el bosque. Y yo te he escuchado a ti, desde antes de este momento.”
La niebla descendía lentamente como un velo. Ella no huyó. Se quedó. Y el lobo… se transformó.
Fue un susurro de huesos, un sonido suave pero profundo como ramas doblándose. El lobo n***o se elevó, su cuerpo cambiando ante sus ojos. Y entonces, ante ella, desnudo pero cubierto de sombras, estaba un hombre.
Alto. Blanco como el amanecer. Con el mismo fuego esmeralda en los ojos.
—Erick —dijo él, como si presentarse fuera una llave que abría puertas olvidadas.
Aruma no habló. Solo sintió una lágrima caerle por la mejilla, sin razón lógica. Una lágrima de reconocimiento.
Pasaron noches. Largas. Secretas.
Se encontraron bajo los sauces, en las cuevas húmedas, entre raíces que hablaban en sueños. Se tocaban como quien acaricia fuego: con cuidado, con asombro.
Una noche, ella le preguntó:
—¿Crees que esto… tú y yo… es posible?
Erick tomó su mano, la llevó a su pecho.
—¿Sientes eso? Late por ti. Soy bestia, sí. Pero mi alma… mi alma es tuya, Aruma.
Ella cerró los ojos. Y supo que no había vuelta atrás.
Bajo la luna partida, hicieron su promesa. Él colocó un medallón de plata entre sus manos: dos cabezas de lobo unidas, símbolo de dualidad. Ella le entregó un dije de luna esmeralda, tallado por sus propias manos. El bosque susurró aquella noche. Y la niebla se retiró, como si el mundo respirara en paz.
Pero la paz no duró.
Voces de fuera. Hombres de armas. Otros lobos oscuros. La guerra llegó sin previo aviso.
El fuego consumía los bordes del bosque cuando Aruma corrió hacia él. Erick luchaba, transformado, herido, entre sombras.
—¡Erick! —gritó, sabiendo que algo no estaba bien.
Un enemigo surgió detrás. Un arma se alzó.
Y Aruma se interpuso.
El golpe la alcanzó en el pecho. Todo se volvió lento. La sangre caliente. El sonido del bosque desvaneciéndose.
Erick volvió a su forma humana, tomándola en brazos.
—No, no… no me dejes —susurró.
Ella le sonrió, manchando de rojo su rostro.
—Siempre volveré a ti… donde sea que me llame la luna…
Sus dedos buscaron el dije. El último brillo esmeralda parpadeó. Y luego, oscuridad.
Años después…
La historia de Aruma se volvió susurro. El bosque siguió latiendo. Kael volvió a la sombra.
Pero una promesa hecha al borde de la muerte no muere. Solo duerme.