CARAS BAJO LA LUNA

733 Words
La tarde caía sobre Kairuma con un aire distinto. El cielo, teñido de naranja pálido, dejaba ver las primeras estrellas entre las ramas de los árboles. Daniela caminaba entre los senderos sin saber exactamente adónde iba. Sólo sabía que algo la guiaba. Cada paso se sentía conocido, como si ya lo hubiera dado antes. El dije latía sobre su pecho, cálido. Aquel claro del bosque apareció ante sus ojos con la naturalidad de un recuerdo: un espacio abierto rodeado por sauces, con una roca grande en el centro. Lo había visto en sus sueños. Lo había sentido en sus visiones. Y entonces lo sintió. Una presencia. Volvió la mirada. Él estaba allí. No en forma de lobo esta vez. Un hombre. Alto, de cabello n***o como la noche, ojos verdes que brillaban incluso con la poca luz. Daniela se quedó inmóvil. Su corazón latía con fuerza, pero no de miedo. Lo reconocía. Lo había visto mil veces en su mente. En la batalla. En la cueva. En los sueños donde la llamaba por un nombre que ya no le parecía ajeno: Aruma. Él tampoco habló de inmediato. Sus ojos la recorrieron con devoción, con esa mezcla de alivio y tristeza que solo tienen los que han esperado más allá del tiempo. —Eres tú —dijo Kael, finalmente, su voz baja, rota, viva. Daniela tembló al oírlo. —¿Quién eres…? —preguntó, aunque parte de ella ya lo sabía. Kael dio un paso adelante, sin romper el espacio sagrado entre ellos. —Me llamo Kael —respondió—. Te conocí cuando el bosque aún recordaba tu nombre. Ella entrecerró los ojos. —Tú… me llamaste Aruma. Kael asintió lentamente. —Ese fue el nombre que llevó tu alma. Una vez. Cuando la luna aún era entera. Cuando tú y yo... No terminó la frase. No era necesario. Daniela bajó la mirada. El dije sobre su pecho brilló débilmente. Lo tomó entre los dedos. —He soñado contigo —susurró—. He sentido el dolor de alguien que muere por amor. Y cada vez que te veo… siento que todo lo que fui quiere volver. Pero no sé cómo. Kael se acercó un poco más. El bosque no se movía. Todo estaba en pausa. —No necesitas recordar con la mente —dijo—. Tu alma ya sabe. Ya volvió a mí. Ella levantó la vista. Los ojos verdes de Kael le devolvieron el aliento. —¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? —Porque hiciste una promesa —respondió él—. Y las promesas hechas bajo la luna partida no se rompen. Ni con el tiempo. Ni con la muerte. Un silencio sagrado cayó sobre ellos. Daniela sintió que todo dentro de ella temblaba. No de miedo. De reconocimiento. Como si una puerta vieja se abriera con suavidad dentro de su pecho. Y entonces lo dijo. No como un recuerdo. Sino como quien lo ha sabido siempre: —Volveré a ti. Kael cerró los ojos. Una lágrima solitaria bajó por su mejilla. No necesitó más. No la abrazó. No la tocó. Solo se quedó frente a ella, sabiendo que el momento había llegado. Pero la paz no duró. Un viento frío cruzó el claro. Las hojas se agitaron. El cielo se oscureció ligeramente, como si una nube invisible tapara la luz. Daniela sintió un escalofrío. —¿Qué fue eso? Kael frunció el ceño. —No estamos solos. En la distancia, un susurro se arrastró entre los árboles. No era voz humana. Ni animal. Era la sombra. La misma que hirió a Lenar. La misma que llevaba la luna rota en el pecho. Kael se colocó frente a Daniela, protegiéndola con su cuerpo. El medallón que llevaba colgado —dos cabezas de lobo entrelazadas— brilló por primera vez en años. —Van por ti —le dijo sin girarse—. Porque ahora que has vuelto… el equilibrio está despertando contigo. Daniela lo miró. —¿Y qué hacemos? Kael respiró hondo. —Lo que prometimos hacer. Lo que hicimos antes. La tomó de la mano. —Luchar. Juntos. La luna rota apareció entre las nubes, más brillante que nunca. Y en su luz, por primera vez desde hace siglos, las dos mitades comenzaron a acercarse, como si el destino, al fin, recordara que lo que se rompió por amor… también puede ser sanado por amor
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