ERES RECUERDO Y PRESENCIA

835 Words
El fuego crepitaba suavemente en medio del claro. Kael había encendido una pequeña fogata junto al río, en el mismo lugar donde Daniela había encontrado el dije. La noche estaba en calma, y aunque el aire era frío, ella no sentía necesidad de cubrirse. Había algo cálido en el ambiente, como si el bosque los abrazara, protegiéndolos del mundo. Daniela se sentó sobre una piedra cubierta de musgo, con las rodillas abrazadas contra el pecho. Frente a ella, Kael permanecía en silencio, la mirada clavada en las llamas. Sabía que estaba a punto de decir algo que llevaba demasiado tiempo guardado. —No sé por dónde empezar —murmuró él al fin, con la voz más baja de lo que esperaba. Daniela lo observó. En su rostro había una mezcla de fuerza contenida y una tristeza antigua, como si llevara siglos esperando ese momento. —Desde el principio —susurró ella—. Dímelo todo. Kael asintió lentamente. —Tu nombre era Aruma —comenzó—. Naciste en Kairuma, mucho antes de que el pueblo tuviera nombre. Fuiste hija única de una mujer sabia, curandera del bosque. Desde niña hablaste con las plantas, entendiste a los árboles, escuchaste lo que nadie más podía oír. Sus ojos se nublaron por un instante. —Fuiste… la única humana que no nos temió. La única que no huyó al vernos. Recuerdo ese día… estabas recogiendo guayusa. Caminabas descalza, como si la tierra fuera tu casa. Y entonces me viste. Kael alzó la vista, como si el recuerdo pasara frente a él. —Yo estaba en forma de lobo. Grande, oscuro. Todos los demás humanos habrían corrido. Tú no. Me hablaste. Dijiste: “¿Quién anda ahí?” como si esperabas una respuesta. Daniela sonrió suavemente. Ese momento ya había cruzado sus sueños. Kael continuó: —Después de eso, comencé a buscarte. Cada noche. Y tú… me esperabas. Te sentabas bajo los sauces y hablabas con la luna, con el bosque, conmigo. Sin miedo. Sin dudas. Fuiste… la única que me vio. No como una criatura, no como un peligro. Me viste como soy. Como un hombre atrapado entre dos mundos. El nudo en su garganta era cada vez más difícil de disimular. —Me llamabas “hijo de la luna”. Y cuando te dije mi nombre, lo dijiste como si lo hubieras llevado en el alma desde antes de nacer. Daniela no decía nada. Solo lo miraba. Pero sus ojos estaban húmedos. —Fuiste luz, Aruma. Pero no solo eso. Fuiste medicina, calma, risa. Me enseñaste lo que era el calor en el pecho cuando alguien sonríe solo por verte. Me enseñaste que no todos los humanos destruyen, que algunos… sanaban hasta con una caricia. Kael se llevó una mano al pecho, como si tratara de sostenerse por dentro. —Una noche me preguntaste si lo que sentíamos era posible. Si podíamos ser algo más que encuentros secretos bajo la luna partida. Te respondí que no sabía. Que yo era bestia. Pero que mi alma… era tuya. Daniela cerró los ojos. Sintió esa frase clavarse en el pecho como un suspiro que dolía. —Y entonces llegó la guerra —continuó él, la voz quebrándose por momentos—. Hombres que querían el bosque, que no entendían la magia, que no respetaban las leyes. Vinieron con fuego. Con odio. Con ruido. Y yo… yo luché. Hizo una pausa. —Pero tú… tú hiciste algo que jamás podré perdonarme. Te interpusiste por mí. Saltaste entre la lanza y mi cuerpo. Y caíste… en mis brazos. Kael apretó los dientes. Una lágrima resbaló por su mejilla. —Me dijiste: “Siempre volveré a ti… donde sea que me llame la luna.” Y entonces partiste. Y yo… me convertí en sombra. En silencio. Pasaron años. Dicen que el tiempo cura, pero para mí solo… agravó la ausencia. Las llamas del fuego reflejaban su rostro. Por un segundo, Daniela pensó que podía ver al lobo bajo la piel. —Soñé contigo cada noche. Escuché tu voz entre los árboles. Supe que volverías. Y cuando te vi… junto al río, con el dije… —hizo una pausa—. Supe que el ciclo había comenzado otra vez. Daniela no pudo evitarlo. Se inclinó hacia él y le tomó la mano. —¿Y ahora? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Qué se supone que haga con todo esto que siento y no entiendo? Kael la miró, con una ternura que solo tienen los que han perdido demasiado y aún así siguen creyendo. —No necesitas entenderlo todo. Solo sentirlo. Lo que tuvimos… no se fue. Vive en ti. En mí. En el bosque. Se inclinó suavemente. No la besó. Solo apoyó su frente contra la de ella. —Eres Aruma. Eres Daniela. Eres el recuerdo y la presencia. Y estoy aquí. Como te prometí. Daniela cerró los ojos, sintiendo una lágrima rodar por su mejilla. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió miedo. Sintió hogar.
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