El fuego crepitaba suavemente en medio del claro.
Kael habĂa encendido una pequeña fogata junto al rĂo, en el mismo lugar donde Daniela habĂa encontrado el dije. La noche estaba en calma, y aunque el aire era frĂo, ella no sentĂa necesidad de cubrirse. HabĂa algo cálido en el ambiente, como si el bosque los abrazara, protegiĂ©ndolos del mundo.
Daniela se sentĂł sobre una piedra cubierta de musgo, con las rodillas abrazadas contra el pecho. Frente a ella, Kael permanecĂa en silencio, la mirada clavada en las llamas.
SabĂa que estaba a punto de decir algo que llevaba demasiado tiempo guardado.
—No sé por dónde empezar —murmuró él al fin, con la voz más baja de lo que esperaba.
Daniela lo observĂł. En su rostro habĂa una mezcla de fuerza contenida y una tristeza antigua, como si llevara siglos esperando ese momento.
—Desde el principio —susurrĂł ella—. DĂmelo todo.
Kael asintiĂł lentamente.
—Tu nombre era Aruma —comenzó—. Naciste en Kairuma, mucho antes de que el pueblo tuviera nombre. Fuiste hija Ăşnica de una mujer sabia, curandera del bosque. Desde niña hablaste con las plantas, entendiste a los árboles, escuchaste lo que nadie más podĂa oĂr.
Sus ojos se nublaron por un instante.
—Fuiste… la Ăşnica humana que no nos temiĂł. La Ăşnica que no huyĂł al vernos. Recuerdo ese dĂa… estabas recogiendo guayusa. Caminabas descalza, como si la tierra fuera tu casa. Y entonces me viste.
Kael alzó la vista, como si el recuerdo pasara frente a él.
—Yo estaba en forma de lobo. Grande, oscuro. Todos los demás humanos habrĂan corrido. TĂş no. Me hablaste. Dijiste: “¿QuiĂ©n anda ahĂ?” como si esperabas una respuesta.
Daniela sonriĂł suavemente. Ese momento ya habĂa cruzado sus sueños.
Kael continuĂł:
—Después de eso, comencé a buscarte. Cada noche. Y tú… me esperabas. Te sentabas bajo los sauces y hablabas con la luna, con el bosque, conmigo. Sin miedo. Sin dudas. Fuiste… la única que me vio. No como una criatura, no como un peligro. Me viste como soy. Como un hombre atrapado entre dos mundos.
El nudo en su garganta era cada vez más difĂcil de disimular.
—Me llamabas “hijo de la luna”. Y cuando te dije mi nombre, lo dijiste como si lo hubieras llevado en el alma desde antes de nacer.
Daniela no decĂa nada. Solo lo miraba. Pero sus ojos estaban hĂşmedos.
—Fuiste luz, Aruma. Pero no solo eso. Fuiste medicina, calma, risa. Me enseñaste lo que era el calor en el pecho cuando alguien sonrĂe solo por verte. Me enseñaste que no todos los humanos destruyen, que algunos… sanaban hasta con una caricia.
Kael se llevĂł una mano al pecho, como si tratara de sostenerse por dentro.
—Una noche me preguntaste si lo que sentĂamos era posible. Si podĂamos ser algo más que encuentros secretos bajo la luna partida. Te respondĂ que no sabĂa. Que yo era bestia. Pero que mi alma… era tuya.
Daniela cerrĂł los ojos. SintiĂł esa frase clavarse en el pecho como un suspiro que dolĂa.
—Y entonces llegĂł la guerra —continuĂł Ă©l, la voz quebrándose por momentos—. Hombres que querĂan el bosque, que no entendĂan la magia, que no respetaban las leyes. Vinieron con fuego. Con odio. Con ruido. Y yo… yo luchĂ©.
Hizo una pausa.
—Pero tú… tĂş hiciste algo que jamás podrĂ© perdonarme. Te interpusiste por mĂ. Saltaste entre la lanza y mi cuerpo. Y caĂste… en mis brazos.
Kael apretó los dientes. Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Me dijiste: “Siempre volveré a ti… donde sea que me llame la luna.” Y entonces partiste. Y yo… me convertà en sombra. En silencio. Pasaron años. Dicen que el tiempo cura, pero para mà solo… agravó la ausencia.
Las llamas del fuego reflejaban su rostro. Por un segundo, Daniela pensĂł que podĂa ver al lobo bajo la piel.
—Soñé contigo cada noche. EscuchĂ© tu voz entre los árboles. Supe que volverĂas. Y cuando te vi… junto al rĂo, con el dije… —hizo una pausa—. Supe que el ciclo habĂa comenzado otra vez.
Daniela no pudo evitarlo.
Se inclinó hacia él y le tomó la mano.
—¿Y ahora? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Qué se supone que haga con todo esto que siento y no entiendo?
Kael la mirĂł, con una ternura que solo tienen los que han perdido demasiado y aĂşn asĂ siguen creyendo.
—No necesitas entenderlo todo. Solo sentirlo. Lo que tuvimos… no se fue. Vive en ti. En mĂ. En el bosque.
Se inclinĂł suavemente. No la besĂł. Solo apoyĂł su frente contra la de ella.
—Eres Aruma. Eres Daniela. Eres el recuerdo y la presencia. Y estoy aquĂ. Como te prometĂ.
Daniela cerró los ojos, sintiendo una lágrima rodar por su mejilla.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintiĂł miedo.
SintiĂł hogar.