Daniel tenía la necesidad de odiar y detestar a Serena, hacerla sufrir, romperla en mil pedazos, por que era lo que sabía hacer, pero no podía, no podía, aunque quisiera. Ni siquiera sabía lo que lo detenía a hacerlo. Algo se removía en su interior cada vez que pensaba en ella, en su mirada, en su delicado cuerpo, en su tonta sonrisa y en su suave voz. Era algo que no sentía hace muchos años y que lo impulsaba a ir contra sus propias reglas. Jaló de su cabello y rugió. No sabía que mierda le estaba pasando. Y tampoco quería saberlo. Daniel se sentía atrapado en un torbellino de emociones contradictorias. Por un lado, la rabia y el resentimiento lo empujaban hacia el odio y el desprecio hacia Serena, como si fuera la única manera de protegerse a sí mismo de su propio sufrimiento. Pero

