Valeria estaba sentada en una mesa junto a la ventana del restaurante, mirando su teléfono mientras jugaba nerviosamente con el borde de la servilleta. Había llegado diez minutos antes de la hora acordada, pero la impaciencia ya la devoraba. Cada segundo que pasaba sin noticias de Davina aumentaba su inquietud. Miró por enésima vez la puerta, esperando verla entrar. Nada. Ni un mensaje. Ni una llamada. Mientras tanto, al otro lado de la calle, Iván observaba cada movimiento de Valeria desde el interior de su auto. Sus manos estaban apretadas contra el volante, sus nudillos blancos por la fuerza. Había estacionado justo frente al restaurante, con una vista perfecta de la mesa donde ella esperaba. No podía apartar la mirada de ella, no cuando sabía lo vulnerable que estaba. Valeria e

