Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, como si toda su vida se hubiera desmoronado de golpe. Tomó la prueba de embarazo que parecía arderle, en sus manos, su vista nublada por las lágrimas que caían sin control. No podía ser, pensó, su mente atormentada por la incredulidad. Esto no puede estar pasando. —¡No puede ser! —susurró entre sollozos, casi sin fuerzas para sostenerse Pero entonces, la risa de Nuria la alcanzó. Una risa cruel, desafiante, como el eco de una pesadilla interminable. Valeria levantó la vista, y ahí estaba Nuria, de pie, con una expresión de satisfacción maliciosa, como si hubiera conseguido una victoria monumental. —¡Sí, puede ser, querida! —exclamó Nuria con una risa desquiciada—. ¡Puede ser porque estás embarazada, esperando al bebé de mi m

