Valeria sintió que la oscuridad comenzaba a rodearla, su vista se nublaba por la falta de oxígeno. Intentó golpearlo, arañarlo, pero sus fuerzas se estaban desvaneciendo. A pesar del miedo, algo en su interior se negó a rendirse. Con un último esfuerzo, levantó una de sus rodillas y golpeó a Iván en el estómago. No fue suficiente para apartarlo del todo, pero sí para que aflojara ligeramente la presión en su cuello. —¡Suéltame! —logró decir con un hilo de voz, entre jadeos desesperados. Iván retrocedió apenas un paso, aún con las manos en el aire, como si quisiera volver a abalanzarse sobre ella. Su respiración era pesada, y su rostro estaba desencajado por la ira. Valeria, tambaleándose, se llevó las manos al cuello, intentando calmar los latidos frenéticos de su corazón. —No sé de

