—Davina… Aquella voz profunda, tan grave y ardiente, la paralizó. Un escalofrío recorrió su espalda. Reconocía esa voz, y al mismo tiempo, era como si la hubiera escuchado en sueños. Giró lentamente, con la luz tenue del teléfono, iluminando apenas la penumbra del pasillo. —¿Lexter Rinier? El nombre salió de sus labios con un susurro entre la incredulidad y la sospecha. Entonces lo vio, la sonrisa dibujada en su rostro, tan descarada, tan segura de sí misma, como si el apagón no lo hubiera afectado en absoluto. Era él, con su imponente presencia que parecía llenar el lugar, incluso en la oscuridad. —¡Me has dado un susto de muerte! —exclamó, dándole un golpe ligero en el pecho, pero más para ocultar el temblor que se apoderaba de sus manos. Él dejó escapar una carcajada baja, con ese

