Cuando Lexter salió al aire fresco de la noche, sintió un alivio pasajero, pero la amargura permanecía. Miró hacia el auto donde Davina descansaba, aún inconsciente, y supo que debía enfocarse en protegerla de todo aquel que intentara lastimarla. El eco de los murmullos y las miradas inquisitivas lo siguió mientras se alejaba, pero no le importaba. Había tomado una decisión, y nada ni nadie lo haría retroceder. *** Lexter subió al auto y cerró la puerta con un suspiro pesado. Al mirar a Davina, un torrente de emociones lo invadió. Allí estaba ella, luciendo tan frágil, tan pálida, que parecía una muñeca de porcelana a punto de quebrarse. Aun así, no podía dejar de admirar su belleza. Sus pestañas, largas y delicadas como alas de mariposa, se curvaban con gracia sobre su rostro. Sus labi

