Davina sintió que el miedo la consumía, sintió como si su corazón estuviera atrapado en un puño de hierro, como si se ahogara. Su cuerpo temblaba, y el sudor frío se deslizaba por su espalda. Cuando finalmente abrió los ojos, el mundo pareció detenerse por un instante. ¿Estaba viva o muerta? El aire en la habitación era sofocante, cargado de tensión y olor a pólvora. Sin embargo, lo que vio a continuación la dejó paralizada. El hombre que, segundos antes, había amenazado con quitarle la vida yacía inerte a sus pies, su sangre formando un charco oscuro en el suelo. Lexter estaba allí, imponente, con la pistola rendida en el suelo. Su mirada, oscura y fija en ella, reflejaba una mezcla de rabia contenida y algo más: como un juramento silencioso de que la protegería, pero eso solo le

