Hacía tiempo que a Yurie Utagawa le había llegado el rumor de que una extraña película, de la que ella era protagonista, estaba proyectándose en algunos cines de Shinjuku y Shibuya. Además, parecía que había comenzado a circular también por la periferia de Tokio. Se trataba de una obra que había rodado en Estados Unidos. En aquella época trabajaba para la productora Globe de Los Ángeles. El título de aquella película en japonés era Tenacidad, pero en inglés era algo parecido a El bubón con rostro humano. El largometraje ocupaba cinco rollos de película. La crítica la había considerado sumamente artística, tanto que había logrado plasmar con excelencia la depresión y el misterio.
Por supuesto, no era la primera vez que una película de Yurie se estrenaba en los cines de j***n. Antes de su regreso al país, la Globe había importado cinco o seis cintas en las que ella trabajaba. Era tan buen actriz como sus compañeras estadounidenses y europeas. Tenía un cuerpo delicado, una belleza que combinaba lo coqueto de occidente con lo limpio y puro de oriente. Eso fue lo que atrajo la atención de los cinéfilos japoneses. Sus personajes siempre eran muy vivaces, algo inusual en una dama japonesa, y siempre mantenía la sonrisa. Era diestra, ágil y elegante; por eso, los papeles que mejor encajaban con ella eran los de pirata, villana o detective. Así lo demostró en una escena de La hija del samurái, una película que estaban proyectando en el cine Shikijima de Asakusa.
En ella interpretaba a Kikuko, una muchacha japonesa que, para hacerse con los secretos militares de otros países, recorría Asia y Europa como espía. Allí se disfrazaba de geisha, de aristócrata y de amazona. Su interpretación era tan buena que el público quedó asombrado. El año anterior había regresado a j***n después de cinco años en Estados Unidos tras firmar un contrato con la productora Nittō. Gracias a su popularidad entre el público japonés, estaba ganando mucho dinero.
Sin embargo, Yurie creía que nunca había interpretado un papel en El bubón con rostro humano. Una persona que la había visto le contó la trama escena por escena, pero ni así consiguió acordarse del rodaje.
La historia comenzaba en el puerto de una región sureña, probablemente Nagasaki, en un prostíbulo que había junto a la caleta. Ahí vivía una oiran[24] llamada Ayamedayū que estaba considerada la más guapa del pueblo. Cada tarde se apoyaba en la barandilla de la segunda planta del prostíbulo y levantaba la cabeza, como en éxtasis, al escuchar la música de un shakuhachi[25].
El dueño del shakuhachi era un joven pordiosero sucio y enigmático que llevaba mucho tiempo enamorado de ella y soñaba con pasar aunque solo fuera una noche a su lado. Este joven cargaba con ese deseo en su corazón sin que nadie lo supiera. Como era pobre y se avergonzaba de su grotesca figura, se escondía en las sombras del puerto para tocar su flauta y disfrutar de la belleza de la oiran.
La mujer había robado el corazón a muchos hombres, además de a aquel pordiosero, pero hasta entonces solo uno la había hecho suspirar: se trataba de un marinero estadounidense con el que había acordado escapar cuando él regresara en otoño. Escuchando el shakuhachi del pordiosero, se quedaba embelesada viendo las velas en la costa, sumida en sus pensamientos…
Este era el prólogo de la película, y finalmente llegó el momento en que el marinero norteamericano regresó. Había quedado prendado de Ayamedayū y quería llevársela cuanto antes a su país natal, pero no podía pagar la cuantiosa suma de dinero que pedían por liberarla. Decidió raptarla y esconderla en la bodega del carguero, desde donde entraría clandestinamente en Estados Unidos. Y convenció al mendigo flautista para que lo ayudara.
Tenían un plan: una noche, la oiran saldría a escondidas por la puerta trasera. El americano estaría esperándola allí y la escondería dentro de un baúl, que subiría a un carro del que se ocuparía el mendigo. De este modo, él volvería a su barco como si no hubiera pasado nada, mientras que el pordiosero arrastraría el carro por una larga playa desierta a las afueras del pueblo, hasta llegar al viejo templo budista donde se refugiaba. Escondería el cofre a un lado del altar donde se colocaban las imágenes budistas y, después de unos días, a medianoche, el americano acudiría en una lancha para que el mendigo le entregara el baúl, dando el plan por concluido.
El pordiosero accedió alegremente a la petición del americano, pero además de dinero pidió otro tipo de compensación. Entonces le confesó lo que jamás había dicho a nadie, la verdad que había escondido dentro de su corazón.
—Haría cualquier cosa por ella, daría mi vida si pudiera. Prefiero ayudarla a seguir sufriendo por un amor imposible, así que haré todo lo que pueda. No obstante, apiádese de mí y, aunque solo sea una noche, permítame disfrutar de su cuerpo. Cumpla este deseo, el único que he tenido en mi vida… —suplicó, apoyando la frente en el suelo con lágrimas en los ojos—. Desde que su barco abandonó el puerto la primavera pasada, he sido yo quien ha tocado la flauta bajo su balcón para consolar su alma. Sé que es una petición indigna, pero si me concede ese deseo, le prometo que, si nos descubren, seré yo quien cargue con la culpa.
Al escucharlo, el americano no pudo rechazar su petición. Aunque la amaba, era una oiran y habían sido muchos los que habían tocado su piel. Por eso no le pareció un problema que vendiera su cuerpo una o dos noches más si a cambio conseguían ayuda. Sin embargo, Ayamedayū se sintió muy disgustada. Había visto al pordiosero a través de las rejas y le había provocado escalofríos. Aunque era cierto que había tenido muchos clientes, no podía entregar su cuerpo a aquel joven sucio con cara de ogro. Ese sería un sufrimiento peor que la muerte, así que acordó con el americano que lo engañarían.
Después de despedirse del mendigo, el americano volvió a su barco y él llevó el baúl al viejo templo. Quería ver a la oiran e intentó abrirlo ante las estatuas del recinto budista. Sin embargo, la tapa estaba asegurada con un rígido candado y no se podía abrir. Se abrazó al cofre y, en compañía de la que estaba oculta allí, se pasó toda la noche insultando al americano y expresando todo su dolor.
—No te ha engañado. Seguramente, con las prisas, olvidó darte la llave. Cuando vuelva cumpliremos nuestra promesa —le dijo la mujer, intentando consolarlo. Después de unos días, el americano regresó al templo de madrugada y se disculpó varias veces con el pordiosero por haber olvidado la llave.
—El barco zarpará pronto y no hay tiempo de cumplir tu petición. Por favor, conténtate con esto.
El hombre le arrojó una bolsa con dinero, pero el mendigo no pensaba aceptarla sin más.
—Como ya no volveré a ver a la oiran, no tiene sentido que siga vivo. Si no consigo mi deseo, me suicidaré lanzándome al mar. Me habéis engañado vilmente. Si tanto le desagrado no le pediré que esté conmigo, pero quiero verla al menos un momento para llevarme su recuerdo de esta vida. Déjame al menos besar la manga de su kimono con bordados dorados.
La oiran no podía aceptarlo.
—Diga lo que diga, no abras la maleta. Echa de inmediato a este pordiosero y llévame al barco —gritó la mujer.
—Lo siento mucho, de verdad —le dijo el americano—, pero hoy tampoco he traído las llaves.
—Está bien. En ese caso, me lanzaré al mar. Moriré con el deseo de verla y no descansaré hasta demostrarle mi rencor —dijo el pordiosero.
—¡Allá tú si te quieres suicidar! —gritó la oiran desde el baúl. En la película se mostraba un primer plano del rostro de la mujer, que tenía el ceño fruncido y parecía furiosa.
—Te perseguiré toda la vida. Por mucho que te arrepientas de este momento, no podrás librarte de mí —la amenazó, y acto seguido se lanzó al mar desde el precipicio. El americano parecía aliviado. Sacó la llave de su bolsa y abrió la maleta. Los enamorados se abrazaron, contentos de que su plan hubiera tenido éxito. Estos eran los dos primeros rollos.
En el tercer acto, la historia se desarrollaba en el interior del barco que se dirigía desde j***n a Estados Unidos. En la primera escena aparecía el baúl, arrojado a la bodega del barco junto con otros equipajes. Había una toma del interior: la mujer tenía las rodillas agarradas y la frente apoyada en ellas para hacerse más pequeña.
Después de dos o tres días, en su rodilla derecha empezó a salir un extraño bubón que comenzó a hincharse horriblemente. En su superficie, suave y blanda, salieron otros cuatro bultos más. Lo extraño era que no sentía ningún dolor, así que comenzó a apretarlo y golpearlo con la mano. Su superficie, que al principio era suave, se endureció con el paso de los días, y los cuatros pequeños chichones empezaron a cambiar de forma.
Las dos protuberancias superiores se redondearon y la central se alargó perpendicularmente. La cuarta lo hizo en horizontal y se arrugó como una oruga. Era realmente grotesco. Aunque el interior del baúl tendría que haber estado a oscuras, le habían hecho unos pequeños agujeros para que entrara el aire y también los atravesaba la luz, que bañaba justo su rodilla derecha.
Mientras miraba aquella tumoración, la mujer empezó a pensar que las dos protuberancias superiores parecían ojos. También el bulto central parecía una nariz, y el inferior, el que se asemejaba a una oruga, era como unos labios. Bien mirado, el bubón parecía un rostro humano. «¿Será que me estoy volviendo loca?», pensó. No había ninguna duda: era una cara. Lo peor era que guardaba un ligero parecido con el mendigo. Cuando se dio cuenta, se desmayó del susto.
Mientras estaba inconsciente, el bulto continuó creciendo. Los ojos, la nariz y la boca se perfeccionaron como si alguien les hubiera dado vida. Allí estaba fielmente plasmada la imagen del pordiosero. El joven flautista la había maldecido antes de suicidarse y ahora su rostro estaba allí, como si un maestro escultor lo hubiera tallado en su rodilla.
A continuación se narraba la venganza de aquel jinmensō, aquel bubón con rostro humano. Era una historia cruel. Cuando el barco llegó a Estados Unidos, la mujer escondió a su amado la existencia del bubón. Alquilaron una casa en San Francisco, el americano dejó el oficio de marinero y empezó a trabajar como oficinista. Se percató de que ella estaba melancólica y una noche, por casualidad, descubrió su horrible secreto. Intentó abandonarla, pero discutieron y ella terminó estrangulándolo, pues aquel espíritu malvado y terrible la había poseído. Mientras se encontraba aturdida delante del c*****r de su amado, el jinmensō movió los músculos de su rostro por primera vez para mostrar una sonrisa perversa. A partir de ese momento expresaba todo tipo de emociones: se alegraba y entristecía, sacaba la lengua y se enfurecía, a veces lloraba y a veces fruncía los labios.
Después del asesinato del americano, la personalidad de la mujer cambió por completo. Cada vez era más bella y tenía menos prejuicios morales; engañaba a los hombres, les quitaba el dinero y les robaba la vida.
Algunas noches la atormentaban los crímenes que había cometido, interrumpiendo su sueño. Cada vez que intentaba hacer algo para remediarlo, el bubón se interponía en su camino, debilitándola y obligándola a realizar actos malvados. Sin darse cuenta, fue cayendo en un abismo de martirio y arrepentimiento.
A veces, cuando no trabajaba en el teatro de variedades, se prostituía. La protagonista combinaba muy bien la ropa japonesa y la occidental pues tenía unas facciones y un cuerpo muy bonitos. La narración pasó entonces de San Francisco a Nueva York, donde se aprovechaba de aristócratas, diplomáticos y caballeros adinerados que quedaban cautivados de su belleza.
Vivía en una elegante mansión, conducía automóviles y llevaba vida de mujer rica, pero cuando estaba sola se sentía atormentada por los remordimientos. Al final se enamoró de un marqués y se casó con él. Habría sido muy feliz llevando una vida tranquila con aquel aristócrata, pero ese no era su destino.
Una noche, el matrimonio celebró una gran fiesta. Hasta entonces había llevado el bubón vendado y cubierto por medias gruesas, pero aquella noche empezó a sangrar mientras bailaba. El marqués, que llevaba mucho tiempo preguntándose por qué se vendaba su esposa la rodilla, se acercó y le examinó la herida: el jinmensō había roto la media con los dientes y estaba sacando la lengua a través del agujero, sangrando por los ojos y la nariz.
Ella salió huyendo como una loca y, una vez en su dormitorio, se clavó un cuchillo en el pecho y se derrumbó sobre la cama. Murió, pero el jinmensō parecía seguir vivo, ya que continuaba riéndose.
Este era más o menos el contenido de la película El bubón con rostro humano. La última escena era un zum a las facciones del jinmensō.
Normalmente, al principio de las películas aparece el nombre del guionista y del director, así como el de los actores en sus respectivos papeles. No obstante, en aquella cinta no aparecía por ningún lado el nombre del guionista y del director, solo «Yurie Utagawa como Ayamedayū». Del coprotagonista cuyo papel era incluso más importante que el de Yurie, el japonés que había interpretado al mendigo, no había ninguna información. No se sabía quién era ni de dónde había salido. Era una lástima.
Yurie seguía sin recordar cuándo había interpretado aquel papel, aunque estaba claro que debió rodarla en algún momento.
En los rodajes no solía seguirse un orden, como si fuera una obra de teatro. Dependiendo de las circunstancias se elegía una parte u otra del guión. Era posible filmar en un mismo lugar dos o tres escenas de diferentes películas, y muchas veces ni los propios actores conocían el argumento. En Globe, la productora con la que Yurie había trabajado, los actores no tenían que aprenderse el guión ni practicar sus diálogos; interpretaban sus papeles sin conocer la naturaleza de la obra. Siguiendo las indicaciones del director lloraban o reían, e interpretaban las escenas de una en una. Así impedía que los artistas malinterpretaran sus personajes y podía concentrarse en la dirección. Ese era su método.
En los cinco años que Yurie había trabajado para Globe, había grabado multitud de escenas sin saber qué eran o cómo las montarían. Aunque en aquel momento no lo había sabido, no era más que un engranaje en una gran maquinaria.
Lo cierto era que había interpretado varios papeles de esposas de aristócratas y prostitutas. Como estaba especializada en piratas y espías, se había metido en maletas y no era inusual que engañara a hombres o los asesinara. Por tanto, aunque no recordara la película del bubón, no era descabellado pensar que la había rodado. Además, para aquella película habían usado efectos especiales (al plasmar la cara del pordiosero en su rodilla, por ejemplo), y por tanto era lógico que no lo recordara.
Sin embargo, le parecía extraño que nadie le hubiera hablado nunca de ella, que no le mostraran el primer rollo o le contaran la trama. Mientras estaba en Estados Unidos le encantaba ver sus propias películas. Las había visto todas, incluso los cortometrajes. Pero jamás había visto El bubón con rostro humano.
Por cierto, hablando de rarezas: era extraño que estuviera en los cines del extrarradio tantos años después de su estreno en Estados Unidos. ¿Cuándo habían importado la película? ¿Quién la distribuía, y dónde la habían estrenado? Intentó averiguarlo preguntando a los actores que trabajaban en su misma compañía, y a dos o tres empleados. Todos le respondieron que no sabían nada. Yurie estaba deseando verla, pero hasta entonces no lo había conseguido porque pasaba de un cine a otro sin cesar; un día la anunciaban en Aoyama y al día siguiente en Shinagawa.
Cada vez sentía más curiosidad por aquella película. En la Globe había un técnico muy hábil llamado Jefferson, muy jovial y bromista, que posiblemente se había ocupado de que el bubón pareciera real.
Tenía que verla. Además, estaba interesada en saber quién era el japonés que había interpretado al joven flautista. En esa época solo había tres actores japoneses en nómina de Globe, pero nunca había compartido escena con ellos. ¿Quién sería el japonés que puso su rostro horripilante en la blanca y suave rodilla de Yurie?
¿Habría alguien en Nittō que conociera el misterioso origen de la película? Entonces se acordó de un hombre al que conocía y que llevaba mucho tiempo trabajando allí como traductor en las negociaciones con empresas extranjeras. Decía tener un amplio conocimiento de las fechas de producción de las películas estadounidenses que llegaban a j***n, cómo fueron importadas y los actores que aparecían en ellas. Yurie pensaba qué, si le preguntaba, quizá encontraría una pista. Un día acudió al estudio de grabación de Nippori, subió al primer piso y tocó con suavidad el hombro de su conocido, que trabajaba allí.
—Ah, ¿te refieres a esa película? Mira, yo tampoco lo sé todo… —le respondió el hombre, confuso y parpadeando sin cesar.
Miró a su alrededor y se levantó para cerrar la puerta que Yurie había dejado abierta. Entonces se relajó un poco y la miró fijamente.
—¿Dices que no recuerdas cuándo rodaste esa película? Bueno, es una cinta realmente extraña. Siento curiosidad por ella desde hace tiempo, pero tenemos que tener cuidado con la publicidad y es un asunto un poco escabroso. Nadie más debe saber lo que voy a contarte. Espero que no te sientas mal cuando lo sepas.
—No te preocupes. Si se trata de una historia tenebrosa, con más razón quiero escucharla.
—Llevamos un tiempo distribuyendo esa película por los cines del extrarradio. La adquirimos, si no me equivoco, un mes antes de que volvieras de Estados Unidos. No se la compramos directamente a Globe sino a un francés de Yokohama.
Este extranjero nos dijo que la había comprado en Shanghái junto a algunas películas más.
»Antes de eso, la habían proyectado en China y en las colonias del Nanyō[26]. Por esa razón estaba muy deteriorada. Pero, como estabas a punto de firmar con nosotros y La hija del samurái había tenido mucho éxito, la compramos. Aunque estaba dañada, tenía algo realmente especial. Es una película inusual, y pagamos por ella un precio altísimo. Un tiempo después empezaron a llegar rumores sobre la película. La gente no conseguía verla a solas, ni los hombres más intrépidos. Siempre sucedía algo terrible. Este hecho lo descubrió por casualidad uno de nuestros técnicos mientras proyectaba la película para saber dónde estaba dañada. Al principio nadie lo creyó, pero dos compañeros decidieron probar su valor viéndola a solas y confirmaron las palabras del técnico. “Sí que hay algo raro en esa película. Ese hombre es un monstruo”, nos dijeron.
»Obviamente, esto causó un gran alboroto. Pero no era lo único extraño. El técnico perdió la cabeza y dejó el trabajo. Los otros dos tenían pesadillas y se sentían extrañamente enfermos. Uno de ellos fue nuestro presidente, que dos semanas después comenzó a sufrir unas fiebres de origen desconocido. Como sabes, se trata de un hombre supersticioso y muy nervioso, así que no quiso que la película siguiera aquí ni un día más. Cuando se curó, convocó una junta en la que exigió que se rompiera el contrato con la productora y se devolviera la película de inmediato. Sin embargo, la mayoría de accionistas se negaron; había sido una película extremadamente cara y no querían asumir las pérdidas. Al final se les ocurrió una idea para solucionar el embrollo. Los hechos misteriosos solo sucedían si se veía la película de noche y a solas, así que, mientras las salas se llenaran, no habría ningún problema. Además, no había ninguna razón para romper el contrato contigo. Por supuesto, si esto se llegaba a saber, tu popularidad se vería afectada y tus películas perderían valor, así que decidimos guardarlo en secreto. Distribuimos la película por los cines más modestos de Kioto, Ōsaka y Nagoya, sin anunciarla en los periódicos para que no hicieran críticas sobre ella. Cuando terminó de pasarse en la región de Kansai, llegó a los suburbios de Tokio…
»Te he hablado de los sucesos extraños que experimentan quienes la ven a solas, pero lo cierto es que yo no he visto nada. Participé en la compra y la vi cuando la estrenamos para la prensa y la policía. En ese momento me pareció extraño no conocer al actor japonés que interpretaba al mendigo, pues conocía el nombre de todos los protagonistas excepto el suyo. Si no me equivoco, para Globe trabajaban tres actrices japonesas, tú y dos más, y otros tres actores, ¿verdad? Pero el japonés que interpretó al pordiosero no era ninguno de ellos. ¿Tú conoces a algún otro? Eso era lo que quería preguntarte.
—Estoy en las mismas, no sé quién es. ¿No es posible que sea un actor al que no conozco, agregado después mediante el manipulado de la imagen? Estoy segura de que debió ser así.
—Yo también lo pensé, ya que he oído hablar del famoso Jefferson, experto en efectos especiales. Pero creo que ni siquiera él lo habría conseguido. Hay varios puntos que me hacen dudarlo, y hace seis meses los resumí todos en una carta que envié a Globe. Su respuesta me sorprendió mucho. Según decían, no habían realizado ninguna película llamada El bubón con rostro humano, aunque admitieron haber utilizado las escenas que aparecen en ella en otras películas. Al parecer, alguien combinó varias películas para hacer una nueva, lo que explica su existencia. Me dijeron que no era posible que sus actores hubieran hecho una película en secreto, sin decir nada a la empresa, pues acudían a diario a los estudios y era imposible que tuvieran tiempo para dedicarse a otro proyecto. Además, me aseguraron que en aquella época solo tenían en nómina a tres actores japoneses, aunque antes de tu llegada habían sido cinco o seis. Es posible que ese hombre fuera uno de ellos y que utilizaran sus imágenes, pero todo esto me resulta demasiado enmarañado.
»Para corroborar mis afirmaciones querían examinar la película, comprándola aunque el precio fuera alto. Sigo sin conocer el auténtico origen de la cinta aunque, si creemos la versión de Globe, se trata de un montaje realizado por un desconocido con escenas de distintos rollos. Esta es la hipótesis más creíble que tengo hasta ahora. Pero ¿por qué? No creo que alguien se tomara tantas molestias sin un interés económico, y además están esas cosas siniestras que ocurren al verla de noche… Puede que lo que voy a decir te resulte extraño, pero ¿puede que hicieras enfadar a alguien en Estados Unidos? ¿Rechazaste o engañaste a algún enamorado? En ese caso podría ser una maldición.
—No creo haber hecho nada malo a nadie. No la he visto, pero dicen que la cara del bubón es horripilante.
—Así es. Se trata de un rostro horrible, no sé si japonés o no, con los ojos saltones y negros y la cara rechoncha. El hombre debe tener unos treinta años, y en la película parece diez años mayor que tú. Aunque solo la veas una vez, es una cara que no se olvida. Es una pena que no hayamos conseguido dar con él, pues actúa con gran sobriedad y cuando se convierte en bubón está increíble, al nivel de Wegener, el actor que protagonizó El estudiante de Praga y El Golem. No creo que un japonés con esa cara y ese talento pasara desapercibido en j***n, y menos en Estados Unidos. Es como si no fuera más que un espejismo que habita dentro de esa cinta. Los que han visto la película de noche dicen que no es humano. «Ese hombre es un monstruo». No existe otro actor a ese nivel.
—Me gustaría saber a qué te refieres cuando dices que han ocurrido cosas siniestras.
—He intentado evitar el tema porque no quiero perturbarte, pero creo que ha llegado el momento de contártelo. El técnico me contó lo ocurrido con todo detalle, pero para no andar con rodeos, lo siniestro de esa película está en el rostro de ese desconocido. Cuando ves la película a solas y de madrugada se genera una atmósfera fantasmagórica que llega a su punto álgido cuando aparece esa cara en primer plano, riéndose con malicia. En ese momento es imposible no sentir escalofríos, y el técnico me dijo que tuvo que detener la película. La tristeza te acongoja desde que ves al flautista por primera vez, tanto que empiezas a intuir algo sobrenatural. La película está dañada, borrosa en algunas partes, y eso le da un toque más deprimente. Aguantas el primer rollo, el segundo, el tercero y el cuarto, pero en el quinto rollo, lo que sucede tras el s******o de Ayamedayū es tan terrorífico que podrías desmayarte de miedo si siguieras mirando. En esa escena queda en primer plano su pierna derecha, desde la rodilla hasta los dedos de los pies. Y ahí está el bubón, que frunce los labios y sonríe como si en realidad estuviera llorando, aunque si te concentras y no hay ruido del exterior puedes escuchar una carcajada suave. Para escucharla es necesario prestar toda la atención posible. Al proyectarse en el cine, es probable que pase desapercibida.
»He olvidado contarte que finalmente hemos llegado a un acuerdo con Globe. Conseguimos la película hace dos o tres días en un cine de Sugamo llamado Taish ō kan. Ahora mismo está sobre ese estante. Aunque el presidente nos ha prohibido proyectarla aquí, no creo que haya problema en que veas algunos fotogramas. ¿Qué te parece? Puedo enseñártelos, con la condición de que esté yo delante. Si reconoces al pordiosero, quizá consigamos descifrar este misterio… El hombre estaba esperando a que Yurie, con la mirada brillante por la curiosidad, asintiera. A continuación sacó los cilindros de plomo que estaban apilados en el estante contiguo y que contenían cinco rollos. Los puso sobre la mesa y los abrió. La película brillaba como si fuera acero; la extendió y la acercó a la ventana para mostrársela a Yurie. —Mira, este es el pordiosero —le dijo. A continuación buscó el quinto rollo y le señaló el rostro del bubón en la rodilla—. ¿Lo ves? Aquí está el bubón. Se trata de un montaje, es obvio. ¿No recuerdas a esta persona? —No, no creo haberlo visto jamás —le contestó. No necesitaba hacer memoria. Se trataba del rostro de un varón desconocido—. Pero, aunque sea un montaje, este hombre debe existir. No creo que sea un fantasma. —No obstante, hay una parte que es realmente imposible que sea un montaje. Mira, se trata de esta escena; está a mitad del quinto rollo. La protagonista intenta golpear al bubón y este le muerde el dedo gordo. Mira cómo aprieta mientras tú mueves los dedos. Eso es imposible hacerlo en una mesa de montaje —le dijo. Entregó la película a Yurie, se encendió un cigarro y comenzó a dar vueltas por el cuarto. Finalmente añadió, como si hablara solo—: ¿Qué ocurrirá cuando esta película pase a ser propiedad de Globe? Son astutos; seguramente la venderán por todo el mundo. Estoy seguro de ello.