Obviamente, era la primera persona que veía, a excepción del vendedor ambulante de medicinas, desde que había salido de la casa de té. Mientras el vendedor se alejaba, hice una pausa para consultar mi mapa, el mismo del que le he hablado esta mañana. A pesar de mis reticencias, el vendedor ambulante era un viajero profesional, por lo que debía de saber cuál era el mejor camino en aquellas montañas. No obstante, tuve mis dudas sobre la dirección que había tomado.
—Disculpe —pregunté al campesino.
—Dígame, ¿en qué puedo ayudarlo? —respondió. Como usted ya sabe, la gente de la montaña es especialmente amable al hablar con un monje.
—Perdone que le moleste con una cuestión tan obvia, pero este es el camino principal, ¿verdad?
—¿Va usted a Matsumoto? —preguntó—. Entonces va usted bien; este es el camino correcto. Hemos tenido una gran cantidad de lluvias este año y toda la zona se ha convertido en un río. ¡Esto es lo que hay!
—¿Es así todo el camino?
—¡Oh, no! Solo lo que usted ve aquí. Además, es muy fácil de cruzar. El agua continúa por aquella arboleda de allí. Por el otro lado, el camino es normal. Hasta llegar a las montañas tiene la anchura suficiente para que se crucen dos carros y puedan pasar sin problema. Hace mucho tiempo, en la arboleda de allí, un médico tenía su residencia, y este lugar, aunque no lo crea, fue un pueblo. Hace trece años una inundación se lo llevó todo. Mucha gente murió. Puesto que usted es monje, señor, tal vez podría orar por los muertos cuando pase por allí.
El buen hombre me dio más información de la que yo le había pedido. Ahora que tenía los detalles, me alegré al saber que había tomado el camino correcto. Sin embargo, sus palabras también implicaban que alguien había ido por el camino equivocado.
—Entonces, ¿sabría decirme adónde lleva este otro camino? —le pregunté por el desvío de la izquierda que el vendedor había tomado.
—Ese es el antiguo camino que se utilizaba hace cincuenta años. Lleva directamente a Shinshu y se ahorra más de tres leguas. Pero ya no se puede ir por ahí. El año pasado, una familia que iba de peregrinación lo tomó por error. ¡Fue terrible! Eran pobres como mendigos, pero también eran personas, por lo que nos pareció que debíamos tratar de encontrarlos. Formamos un equipo de búsqueda —tres alguaciles y doce personas de la aldea— y subimos a las montañas para traerlos de vuelta. Señor, no peque de ambicioso y olvide ese atajo. Aunque el camino sea más largo y agotador y le obligue a pasar una noche al raso, yo no lo dudaría. Bueno, tenga cuidado y feliz viaje.
Me despedí del campesino y comencé a cruzar la hilera de escalones dispuestos en el río. Pero me detuve y vacilé. ¿Qué sería del vendedor de medicinas?
Dudaba de que la antigua carretera fuera tan mala como el lugareño había descrito. Pero, si este estaba diciendo la verdad, yo estaba dejando que aquel hombre muriera ante mis propios ojos. Como alguien que había renunciado al mundo, no tenía por qué preocuparme de encontrar una posada antes del anochecer, así que decidí ir tras el vendedor ambulante y traerlo de vuelta. Aunque no lo encontrase y terminase tomando el antiguo camino hasta el final, no sería tan malo como abandonarlo a su suerte. Ya no era época de lobos salvajes ni de espíritus que acechaban en los bosques. «¿Por qué no?», pensé y cuando me di la vuelta, el campesino ya había desaparecido de mi vista.
«Lo haré», me dije para mis adentros, y comencé la ascensión por el empinado sendero. No actuaba movido por el deseo de ser un héroe o por ímpetu. Imagino que ya ha intuido por lo que le he contado anteriormente que soy un cobarde. Ni siquiera me atreví a beber agua del río. Así que, si se está preguntando por qué me decidí a tomar el camino peligroso, se lo explicaré.
Para serle sincero, no me habría tomado la molestia si se hubiera tratado de alguien con quien solo hubiese intercambiado unos saludos. Pero como el vendedor se había comportado de un modo tan desagradable conmigo, sentí que si lo dejaba tomar el camino equivocado, estaría obrando de mala fe. En resumen, mi conciencia me obligó a hacerlo.
El monje Shucho, todavía acostado boca abajo, juntó las manos en oración.
—Dejarlo morir hubiera sido indigno de la fe budista que yo predico —añadió.
6
Así que preste mucha atención.
Dejé atrás el ciprés y las rocas, atravesé una arboleda y proseguí por un sendero cuya hierba tan espesa parecía no terminar nunca.
Antes de darme cuenta, ya había subido la montaña y me acercaba a otra. Durante un largo tiempo me acompañó una pradera abierta. La pendiente se suavizó y el sendero se ensanchó hasta superar al camino principal que acababa de abandonar —era tan amplio que una procesión de daimios[32] podría transitar por él fácilmente—. Los dos caminos corrían paralelos. Uno de ellos se desviaba ligeramente hacia el este y el otro, hacia el oeste; entre ambos, la montaña.
Pero en la amplia llanura no vi rastro del vendedor de medicinas: ni tan solo una diminuta mancha del tamaño de una semilla de amapola. De vez en cuando, un pequeño insecto revoloteaba por el cielo ardiente. Me sentí aún más inseguro caminando al aire libre, donde todo era vacío y desconocido. Por supuesto, ya había escuchado anteriormente historias sobre los viajes por las montañas de Hida: las pocas posadas que había en el camino, o lo afortunado que podría considerarse cualquier viajero si pudiera tomar mijo para la cena.
Yo ya estaba preparado para lo peor y, como mis piernas eran fuertes, mantuve el ritmo sin desfallecer. A medida que avanzaba por el camino, las montañas empezaron a cernerse sobre mí hasta que me vi amurallado a ambos lados y el camino se empinó bruscamente.
Entonces comprendí que pronto tendría que cruzar el famoso paso de Amo, por lo que comencé a prepararme para la subida. Reajusté mis sandalias de paja y busqué aliento para respirar en medio del calor abrasador.
Años más tarde me enteré de que en el paso hay una de las llamadas cuevas del viento en la que se genera una corriente de aire que te acompaña con su frescor por todo el camino hasta el templo Rendai de Mino. Estaba tan decidido a subir, que no podía prestar atención al paisaje o a las maravillas naturales que encontraba a mi paso. Ni siquiera sabía si estaba nublado o soleado. Concentrándome solo en llegar a la cima, avancé con dificultad por la pendiente.
Bien, esta es la parte que realmente quiero contarle. Como usted ve, el camino empeoró. La ascensión parecía imposible para un ser humano, pero aún había algo más horrible: serpientes. Estaban ocultas entre la maleza y atravesaban el sendero con la cabeza a un lado y la cola en el otro, retorciéndose como un puente colgante bajo mis pies.
La primera vez que me tropecé con uno de estos animales, me quedé sin aliento y me cedieron las rodillas. Caí al suelo con el sombrero de paja aún en la cabeza y el bastón todavía en la mano.
Siempre he tenido miedo, o tal vez debería decir pánico, a las serpientes. Esa primera vez, el bicho se apiadó de mí y poco a poco se alejó reptando. Levantó la cabeza y luego desapareció entre la hierba.
Me puse en pie y seguí adelante; al cabo de unos quinientos o seiscientos metros me topé con otra serpiente tomando el sol panza arriba, con la cabeza y la cola ocultas a ambos lados del camino. Grité, salté hacia atrás y también este ofidio se deslizó alejándose.
Pero la tercera serpiente que encontré no tenía prisa por moverse. ¡Tendría que haber visto lo grande que era! Cuando empezó a desplazarse, pensé que pasarían cinco minutos antes de que la cola por fin apareciera. Al no tener otro remedio, me obligué a pasar por encima de su grueso cuerpo. Se me revolvió el estómago y sentí que mi piel se quedaba sin vello y sin poros para convertirse en escamas. Cerré los ojos e imaginé que mi cara estaba tan pálida como el vientre de la criatura.
Podía sentir un sudor frío. Mis piernas perdieron fuerza. Apenas era capaz de sentir los pies. Continué por el camino con el corazón desbocado por el miedo. Y de nuevo, otra serpiente apareció.
Pero en esta ocasión alguien o algo había cortado en dos el animal. Lo único que quedaba era la parte del vientre hasta la cola dando sus últimos coletazos. La herida estaba teñida de azul y un fluido amarillo manaba de ella.
Presa del pánico comencé a correr por donde había venido. Pero recapacité y recordé los otros reptiles que acababa de dejar atrás. Sin duda, estaban al acecho. Aun así, prefería morir antes que saltar por encima de aquella serpiente. En el fondo de mi corazón sabía que si el campesino me hubiera dicho, aun sin pretenderlo, que en el viejo sendero acechaban sierpes como aquella, no lo habría tomado, aunque con ello me hubiera condenado al sufrimiento eterno en el infierno por haber abandonado al vendedor ambulante de medicinas. Quemado por el sol, sentí cómo las lágrimas brotaban de mis ojos. «¡Sálvame, oh, Buda Misericordioso!». Incluso ahora, el recuerdo de aquella experiencia me hace estremecer.
El monje se llevó la mano a la frente.
7
—Sin embargo, perder el control no era la solución, así que intenté recobrar la compostura. No era el momento de volver atrás. La única opción era cruzar por encima del cuerpo seccionado de la serpiente muerta, que medía casi tres pies de largo. Así que me salí del camino y me interné en la hierba con el fin de rodearla, pero me entró el pánico de nuevo: temía que la otra mitad apareciera y se enrollara a mi alrededor. Se me entumecieron las piernas y tropecé con una piedra. Entonces me torcí la rodilla.
A partir de ese momento fui cojeando todo el camino. Sabía que si me desplomaba, el calor húmedo me asfixiaría. Me di ánimos y seguí adelante.
El olor ardiente de la hierba era amenazante. Tenía la constante sensación de ir pisando huevos de aves de gran tamaño esparcidos por el suelo.
Durante una legua, el camino se curvaba y se volvía a curvar, recorriendo la montaña en una serie de zigzags. Al alcanzar el corazón de la montaña, rodeé una roca enorme y me abrí paso a través de las raíces enmarañadas de los árboles. Una vez más me detuve a consultar el mapa porque el camino se había tornado increíblemente dificultoso.
Era el mismo camino, ciertamente —igual da que alguien te lo indique o que uno mismo lo vea en el mapa—. No había duda de que era la antigua senda, aunque saber esto no me consolaba. El mapa era fiable y lo único que indicaba era «zona salvaje» con una línea roja.
Tal vez era demasiado pedir que hubiera anotaciones sobre la dificultad real de la pista —las serpientes, los insectos, los huevos de las aves o el olor sofocante de la hierba—. Doblé el mapa, lo guardé en mi quimono, respiré hondo y, con los rezos a Buda en mis labios, continué de nuevo. Tal era mi resolución, pero antes de dar otro paso, otra serpiente se cruzó en mi camino.
«Es inútil», pensé, preguntándome por primera vez si aquello no sería cosa de los espíritus de la montaña. Dejé mi equipaje, me puse de rodillas y coloqué ambas manos en la tierra para rezar.
«Perdonad que os moleste», supliqué fervientemente a los dioses. «Pero, por favor, dejadme pasar. Caminaré en silencio, lo prometo. No voy a perturbar vuestro descanso vespertino. Mirad, ya he tirado mi bastón», imploré.
Cuando levanté la cabeza, escuché un sonido aterrador procedente del suelo. «Esta vez debe de tratarse de una gigantesca serpiente de tres, cuatro, o cinco pies de largo, tal vez más», pensé. Ante mis ojos la superficie de la maleza se movió en una línea recta, acercándose poco a poco al barranco a mi izquierda. La cumbre que se erguía por encima de mí, de hecho, toda la montaña, comenzó a balancearse. Me quedé paralizado, con los pelos de punta. Entonces comprendí que no se trataba de una serpiente gigante, sino de un vendaval de montaña y que el sonido que escuchaba era el eco del viento. Era como si un torbellino se hubiera originado en las montañas y se precipitara repentinamente por una abertura creada expresamente para él.
«¿Habían respondido los dioses de la montaña a mi oración?». No había serpientes y el calor se disipaba. El valor regresó a mi corazón y la fuerza, a mis piernas. Al poco descubrí el motivo por el cual el viento se había vuelto repentinamente tan fresco: justo delante de mí había un espeso bosque.
Un refrán sobre el paso de Amo dice que en él llueve incluso en los días despejados. Comentan que en la zona abundan bosques remotos que no han sido tocados por un hacha desde la edad de los dioses[33]. Hasta ese momento no había visto muchos árboles, pero ahora…
Al adentrarme en el bosque frío y húmedo imaginé que, en lugar de serpientes, serían cangrejos los que se arrastrarían por el suelo. Mientras avanzaba, la oscuridad lo iba envolviendo todo. Cedros, pinos, almezos —la luz era insuficiente para permitirme diferenciarlos—. Cuando los rayos de luz solar débilmente alcanzaron el suelo, comprobé que la tierra de la montaña era de un tono n***o. Sin embargo, dependiendo de cómo atravesara el sol el dosel de copas de los árboles, la luz formaba manchas azules y rojas creando texturas muy hermosas.
De vez en cuando los dedos de los pies se me enredaban en los riachuelos filiformes que formaba el agua que se escurría de las hojas. Estas gotas habían viajado de rama en rama desde su nacimiento en lo más alto del dosel del bosque. A todo esto se unía la constante caída de hojas perennes y el susurro de algunos otros árboles que no pude identificar. Algunas de estas hojas se depositaban en mi sombrero y otras aterrizaban en el suelo sobre mis pasos. Se habían acumulado en las ramas y supuse que habrían tardado décadas en alcanzar el suelo del bosque.
8
No necesito decirle cuán abatido me sentía. Imagino que un lugar lóbrego es mejor que la luz del día para fortalecer la propia fe y meditar acerca de las verdades eternas, incluso para un cobarde como yo. Por lo menos no hacía tanto calor como antes. Sentía las piernas mucho más fuertes, así que apresuré el paso; me parecía que ya había recorrido tres cuartas partes del camino del bosque. Pero justo en ese momento algo cayó, aparentemente de las ramas situadas a cinco o seis pies sobre mi cabeza, y aterrizó en mi sombrero.
Pesaba como el plomo. Tal vez era el fruto de un árbol. Agité la cabeza primero una y después dos veces, pero no se desprendía de mi sombrero. Extendí la mano y lo agarré. Fuera lo que fuera, era frío y viscoso. Parecía un cohombro de mar sin ojos ni boca abierto en dos. De lo que no había duda era de que estaba vivo. ¡Y qué repugnante! Intenté arrojarlo lejos, pero solo logré que se deslizara en mi mano y se me quedara colgando de los dedos. Cuando finalmente se cayó, me fijé en que caían también unas brillantes gotas rojas de sangre. Sorprendido, alcé mi mano para echar una mirada más de cerca. Entonces, descubrí otra criatura similar a la primera colgando de mi codo. Medía casi un centímetro y medio de ancho y casi ocho de largo. Parecía una enorme babosa de montaña.
Mientras examinaba la criatura con asombro, noté cómo me chupaba la sangre del brazo mientras su cuerpo alargado se hinchaba más y más. Rayas marrones surcaban su piel negra y mate; era como un pepino con verrugas. ¡Entonces comprendí que se trataba de una sanguijuela y se alimentaba con mi sangre! No había ninguna duda, aunque debido a su enorme tamaño, no la había reconocido antes. Creía que no existían bichos así en los campos de hoy día, pues parecían habitantes de pantanos legendarios y antiguos.
Le di una sacudida fuerte, pero el animal estaba bien sujeto y no se soltaba. Como no tenía otra alternativa, agarré la sanguijuela con la otra mano y tiré hasta que finalmente se produjo un sonido de succión. Yo no podía soportar la idea de que la sanguijuela me tocara ni un segundo más, así que de inmediato la arrojé al suelo. Estas criaturas se habían adueñado de los bosques desde hacía miles de años, y aquel bosque húmedo y oscuro parecía haber sido creado expresamente para ellas. Cuando traté de pisar la sanguijuela, resultó que el suelo estaba tan blando que simplemente se hundió en el lodo. Era imposible aplastarla.
Noté un picor en el cuello. ¡Había otra! Traté de sacudírmela, pero mi mano resbalaba sobre su cuerpo. Mientras tanto, otra se había deslizado por el quimono y se escondía en mi pecho. La examiné horrorizado y descubrí que tenía otra más en el hombro.
Salté una y otra vez. Sacudí todo el cuerpo. Me lancé a correr para escapar de la enorme rama que estaba sobre mí. Mientras corría, agarraba frenéticamente las que me chupaban sangre. Tenía la impresión de que las sanguijuelas se habían caído de aquella rama en particular y al observar el árbol, comprobé que era un hervidero de ellas. A la derecha, a la izquierda, en la rama de enfrente, ¡estaban por todas partes!
Perdí el control y grité aterrado. Y entonces, ¿qué cree usted que sucedió? Mientras estaba allí parado, una lluvia de delgadas sanguijuelas negras cayó sobre mí.
Cubrían mis pies y mis sandalias, apilándose una sobre otra y escurriéndose entre los dedos hasta que su masa asquerosa desaparecía.
Veía esas criaturas chupadoras de sangre retorciéndose y enroscándose palpitantes y empecé a sentirme débil. Fue entonces cuando tuve la más extraña de las revelaciones.
Estas espeluznantes sanguijuelas de montaña habitaban en aquel lugar desde la edad de los dioses, al acecho de los caminantes. Tras décadas y siglos bebiendo incontables litros de sangre, hablo de sangre humana, llegaría el día en que se sintieran tan llenas que vomitarían hasta la última gota. Y cuando esto suceda, la tierra se derretirá. Una por una, las montañas se convertirán en vastos pantanos de barro y sangre. Y del mismo modo, todos estos enormes árboles, lo suficientemente grandes como para ocultar incluso el sol del mediodía, se harán añicos y sus restos se convertirán en sanguijuelas. ¡Sí! ¡Eso es exactamente lo que sucederá!
9
La destrucción de la humanidad no será provocada por la ruptura de la frágil corteza terrestre ni por el fuego que manará del cielo. Ni tampoco por las olas del océano que bañarán la tierra. No, señor. Todo comenzará con los bosques de Hida convertidos en sanguijuelas y terminará con negras criaturas flotando en sangre y lodo. Solo entonces empezará una nueva generación de vida.
Es cierto que al entrar al bosque nada me había parecido extraño. Pero una vez dentro todo cambió, como le acabo de describir. Las raíces de los árboles estaban podridas y todas ellas eran ahora una masa bullente de sanguijuelas. ¡No había esperanza para mí! ¡Mi destino era morir en el bosque!
Imaginaba la clase de pensamientos incoherentes que acosan a quienes sienten la proximidad de la muerte. Si me iba a morir de todos modos, razoné, al menos podría tratar de llegar a la orilla del gran pantano de sangre y lodo para contemplar con mis propios ojos un lugar que el común de los mortales no podía ni imaginar en sus sueños más salvajes. En cuanto tomé la decisión, aparté de mi mente la desesperación. Las sanguijuelas continuaban pegadas a mi cuerpo como cuentas de un rosario, pero las palpé con las manos y las fui retirando una a una. Continué mi camino agitando los brazos y las piernas como un loco que danzara por el bosque.
Al principio se me hinchó la piel y el picor se hacía insoportable. Pero después sentí que mi cuerpo se demacraba y quedaba reducido a piel y huesos. Continué avanzando entre las sanguijuelas, cuyo ataque no cesaba. Se me nubló la vista y sentí que me iba a desmayar. Ese momento, que debió de ser el apogeo de mis infortunios, alcancé a ver tenuemente la luna distante, como si hubiera llegado al final de un túnel. Por fin, abandoné la selva infestada de sanguijuelas.
Nada más ver el cielo azul sobre mí, me tiré en el camino y comencé a descuartizar aquellas criaturas. Solo quería reducirlas al polvo de la tierra. Di vueltas por el suelo y las restregué contra él sin importarme si estaba cubierto con grava o agujas. Así acabé con unas diez y seguí revolcándome un trecho hasta que me puse de pie en medio de temblores.
Esas criaturas se habían reído de mí. Aquí y allá, en las montañas cercanas, las cigarras vespertinas entonaban su canción en el escenario del bosque, que estaba decidido a convertirse en un gran pantano de sangre y lodo. El sol se apagaba en el horizonte. La oscuridad y las sombras ocupaban su lugar en el fondo del barranco.
Cabía la posibilidad de morir devorado por los lobos, pero incluso eso sería mejor que agonizar presa de sanguijuelas ávidas de sangre. La carretera se inclinaba ligeramente hacia abajo. Llevar mi bastón de bambú al hombro, me ayudó en la precipitada fuga.
No sabía si el sufrimiento era por el dolor de las sanguijuelas, por el picor, o por las cosquillas. Si no hubiese padecido tan indescriptible tormento, habría bailado por el camino de las montañas de Hida, rezando un sutra como acompañamiento. Pero me había recuperado lo suficiente como para tener la idea de masticar mis pastillas de Seishintan[34] y aplicar la pasta en mis heridas. Me pellizque. Sí, realmente había regresado de entre los muertos. Aun así, me preguntaba qué habría pasado con el vendedor ambulante de medicinas de Toyama.
Creía que se habría quedado atrapado para siempre en el pantano de sangre que yo acababa de dejar atrás: su c*****r exangüe reducido a piel y huesos, yaciendo en algún rincón oscuro del bosque con cientos de criaturas sucias e inmundas chupando aún los huesos. No se podría retirarlas ni con vinagre. Con la mente ocupada en estos pensamientos, continué por la pendiente, que se prolongó durante cierta distancia.
Cuando por fin llegué al fondo, escuché el sonido del agua fluyendo. Allí, en medio de la nada, había un pequeño puente de tierra. Con la música del agua en mis oídos pensé de inmediato en la maravillosa sensación de lanzarse de cabeza al río y disfrutar. Si el puente se derrumbaba mientras lo cruzaba, que así fuera.
Sin preocuparme del peligro, lo atravesé. El puente era un poco inestable, pero nada sucedió. Al otro lado, el camino se levantaba abruptamente de nuevo. Era otra subida.
¿Acaso el sufrimiento humano no tiene fin?