El muchacho de los naufragios (1)

2316 Words
Mientras observaba con detenimiento el perfil del capitán, no pude evitar sentir que había perdido su humanidad. Era como si alguien hubiera adherido sobre su semblante un papel shibugami[58]. Debajo de esa frente negra y dura había incrustadas unas bolas de cristal, sus grandes ojos. La boca parecía una alargada pipa de marinero y su gigantesca quijada se asemejaba al ariete de un viejo buque de guerra, idéntica a una embocadura de acero. Tenía los codos apoyados en la baranda del puente de mando, bajo el cielo azul de otoño, contemplando la tierra firme situada a nuestro lado. Sus enormes ojos estaban posados en unos grandes almacenes sobre los que ondeaba una bandera roja. Alrededor se extendía la ciudad de Shanghái y, sobre ella, estaba formándose lentamente una hilera de nubes blancas. Era una mañana tranquila de finales de octubre. Creo que fue en 1927, el segundo año de la era Shōwa, pero eso no importa… Ese día subí al puesto de mando y me detuve a la espalda del capitán. —Buenos días, señor —dije. Él no se giró hacia mí. De todos los capitanes que había conocido, aquel era sin duda el más raro. Al parecer, estaba concentrado en algo. Agité una bolsa de papel amarillo ante la nariz del capitán. —Este es el té n***o tibetano que me pidió. Por fin he logrado encontrarlo. El capitán, que medía un metro ochenta, movió su largo cuerpo hacia mí y agarró su té n***o. —Ah… Eres tú, el jefe de máquinas. Gracias —me dijo bruscamente. No sonreía nunca. Era probablemente el mayor maleducado de j***n. A aquel hombre no le importaba absolutamente nada lo que opinaran los demás. —Anoche en tierra firme escuché una historia extraña, señor. Es sobre Ichirō Ina, el muchacho al que ha contratado. Por lo que me han dicho, el mocoso es famoso por atraer naufragios —le dije. El capitán no mostró ninguna reacción; seguía siendo una esfinge mustia de color café. Era el arquetipo de lo descortés. —Me han contado que todos los barcos en los que ha subido han terminado hundiéndose, y que los marineros ketō[59] tiemblan al escuchar su nombre. Me aseguraron que el Alaska-Maru corre ahora un gran peligro. Mire, en tierra firme… El capitán exhaló el humo de su cigarro Navy Cut y apretó la mandíbula, que parecía un buque de guerra. Las bolas de vidrio negras que tenía bajo las cejas se clavaron en un punto entre mi nariz y mis ojos. Al parecer, quería saber más. —El muchacho es de pequeño tamaño y bastante guapo, por eso gusta mucho a los pervertidos. Sabe muy bien que los ricachones ketō pagarían mucho por él, por eso siempre anda buscando algún barco. Pero, por alguna extraña razón, todos terminan hundiéndose. El caso más famoso fue el primer barco donde lo contrataron, el buque correo Baikal, que navegaba por Europa. Cuando estaba a punto de pasar junto a Gibraltar, un barco alemán lo torpedeó; ya sabe a cuál me refiero. En ese momento, quien movía el pañuelo en los botes salvavidas, dando la señal de SOS, era justamente este muchacho… Más tarde, cuando el Tan’yō II-Maru colisionó con el Emden en las costas de Socotra, ese mocoso estaba probando un nuevo modelo de salvavidas; gracias a eso se salvó. Al parecer ha hundido dos o tres barcos grandes más, aunque se dice que sería capaz de hacer zozobrar una balsa. Subió solo un momento al Shirasagi-Maru, que se dirigía a Bōshū, y prácticamente de inmediato este chocó con un torpedero. Una vez acompañó al director de la petrolera Brightstar en un barco a motor y acabó volcando en las costas de Haneda. Donde quiera que va lo tratan como a un ave de mal agüero, pero en Kōbe embarcó como mozo en el Empress China y consiguió llegar a Shanghái. Uno de los pasajeros de primera clase lo reconoció y dijo que si el muchacho estaba en el barco, él prefería bajarse. Intentaron echarlo de inmediato, pero este se negó a irse; se agarró a uno de los pilares del comedor y empezó a llorar a gritos. Entonces los marineros lo rodearon y le dieron una paliza, y más tarde lo abandonaron cerca de la aduana. Todavía tenía puesto el uniforme del Empress China cuando lo vio usted, capitán, e intentó calmarlo. Ahora, tanto en las tabernas de tierra firme como en la aduana se cuentan esos rumores. Dicen que usted trata de retar al destino, que sabe lo de los naufragios que siempre han rodeado al muchacho y que esa fue la razón por la que lo recogió… ¿Qué le parece? Incluso están apostando si el Alaska-Maru se hundirá antes o después de llegar a j***n. No soy un hombre quisquilloso. Los periodistas, que presumen de su gran sentido común, dirán que esta superstición es una tontería; los científicos ni siquiera se molestarán en tratar el tema. En mi juventud adoraba la literatura y deleitaba a las mujeres recitándoles Poemas del mar de Lord Byron. Los había memorizado y pensaba que era un genio por ello. Sin embargo, el tiempo pasó y viví durante muchos años la dura vida en el mar, lo que hizo que mi personalidad cambiara por completo. Aunque mi cuerpo no destaca por su fuerza, tengo las agallas suficientes para poner orden en una sala de máquinas llena de maleantes. Los marineros me llaman «el Jefe del Infierno». No obstante, cada vez que estaba ante el capitán parloteaba como un loro. Aunque solo pretendía advertirle, parecía estar contándole un cuento de hadas. Debo admitir que, a veces, no conseguía ejercer mi autoridad. —No es que sea supersticioso, señor. La verdad es que me niego a creer este tipo de historias ridículas. Sin embargo, si fuera verdad que todos esos barcos han naufragado, estaría en riesgo la vida de toda la tripulación. Deberíamos zarpar sin ese muchacho. Todos dicen que usted no haría algo tan imprudente y absurdo, que no sacrificaría a su tripulación. Dicen que probablemente no conoce el historial del mocoso y que por eso lo ha contratado. Pero me han pedido que hable con usted y que le recomiende que lo deje en tierra. Si no lo hacemos, todos aseguran que nos arrepentiremos. El capitán seguía sin inmutarse. La superficie del shibugami no se movía, y tampoco el cielo azul sobre su cabeza, que parecía haberse congelado. Al ver que no reaccionaba empecé a pensar que estaba un poco chiflado. Entonces me armé de valor. —¿Por qué no le pedimos que se marche, ahora que todavía podemos? —le pregunté con brusquedad. Debajo del ojo izquierdo del capitán comenzó a formarse una arruga al tiempo que entrecerraba el derecho. A continuación elevó las comisuras de su boca. Aquello, aunque quienes no conocían al capitán jamás lo hubieran pensado, era una sonrisa. —El muchacho trabaja dando el SOS en los barcos correo —dijo el capitán con voz ronca, sin mostrar ninguna emoción. Fruncí el ceño. —¿Qué? ¿Usted ya lo sabía? El capitán soltó una carcajada y comenzó a ahogarse con el humo del cigarro. Escupió desde el puente de mando. —No lo sabía, pero todo el mundo habla de ello. —¿Quiénes son todos? ¿Quiénes están hablando de ello? —Los hombres de a bordo. Ese canalla de Kane vino en representación del resto para negociar. Se fue hace un rato. —Oh, no me diga… ¿Qué le dijo? —Que si no lo echaba ellos lo descuartizarían. Buscaban mi consentimiento para hacerlo. Incluso se remangó la camisa para enseñarme la cabeza degollada que lleva tatuada. —Oh. Y… ¿Va a echarlo? El capitán abrió y cerró con calma uno de sus ojos. Y luego exhaló sobre mi cara el humo de su Navy Cut. —No es más que una superstición. —En eso tiene razón, solo son tonterías. —Convertiremos al muchacho de los naufragios en un muchacho normal. O gana la superstición, o vencen las máquinas que manejamos. —Entonces, ¿se trata de una especie de experimento? —Un experimento sin sentido —dijo, riéndose. Se produjo un silencio, como si hubieran levantado entre nosotros una pared de metal. El capitán exhalaba el humo color cobalto mientras yo seguía pensando la mejor forma de convencerlo. —¿Cuánto tiempo llevas en este barco? —me preguntó de pronto. —Si no me equivoco, un año. Vine justo por esta época. —Cuando abordaste, ¿verificaste las máquinas? —Claro que lo hice. Revisé hasta la última tuerca del motor. ¿Qué tiene eso que ver con esto? —En ese momento, ¿encontraste en las máquinas algo que te hiciera pensar en una superstición, fuerza paranormal, fantasma, monstruo o principio sobrenatural? —Bueno… No, por supuesto. Todas las máquinas de este barco se mueven según la lógica de la ciencia moderna. —¿Incluso ahora? No contesté. —Está bien. Hasta un niño podría entenderlo: si me demuestras a través de la lógica que ese muchacho tiene el poder de atraer los tifones, tomados o arrecifes, lo echaré ahora mismo. De hecho, ¿no se supone que la navegación se basa en la física y química que rige este mundo? Los que no creen en ellas, los que no confían en los cálculos matemáticos que usamos para manejar el barco, esos mequetrefes no deberían haber subido a bordo. Me di por vencido. No se me ocurría ni una sola palabra de réplica. Me sentí tan avergonzado que bajé la cabeza. —No te deprimas, caray. ¡Oye, Ichirō Ina! ¡Sube aquí! Llamó con la mano a un joven vestido de azul. El muchacho había salido del camarote del capitán con una bandeja de plátanos. El capitán le entregó la caja de té n***o tibetano que yo le había comprado y le ordenó: —Lleva esto a mi cabina y prepáralo con agua destilada. El Jefe del Infierno y yo vamos a tomarlo. Cuando abrió la puerta con el letrero «CAPTAIN», un fuerte tufo golpeó mi cara: parecía tratarse de una mezcla de alcohol, sustancias ácidas y alcalinas e incluso ozono. Las esquinas estaban tan llenas de cosas como un dentista o una barbería. Había vitrinas de cristal para guardar fármacos, documentos por todas partes, vasos de precipitación, retortas, delicados instrumentos metálicos, láminas de cobre, plomo y zinc, incluso distintos tipos de alambres, tanques de oxihidrógeno, un soplete eléctrico, una balanza y hasta un barómetro, todo ello amontonado; así era la cabina del capitán del Alaska-Maru. Debajo del reloj había dos pistolas plateadas realmente grandes que solo se podían conseguir en México o en las montañas de Kentucky. Las armas colgaban sobre un gancho atornillado y tenían cargadas diez balas de verdad. Voy a desviarme de la historia, pero quisiera hablarles un poco del capitán del Alaska-Maru. Por supuesto, estaba soltero y odiaba a las mujeres tanto como el alcohol. Casi nunca iba a tierra firme. A pesar de su apariencia, tenía el título de doctor en Ciencias de una universidad de Francia famosa por su carrera de Química Aplicada. Era un loco de los inventos. Tenía al menos diez patentes, quizá veinte, no estoy seguro. El invierno pasado donó todos sus derechos y su gigantesca fortuna a una asociación de ayuda a los marineros. Poco después, falleció de cáncer de estómago. Perdimos a una gran persona. En el segundo año de la era Meiji estaba obsesionado con la creación de una batería pequeña, ligera e inagotable. Cada vez que hacía alguna prueba dejaba sin electricidad todo el barco: se apagaban las luces, o estallaban los fusibles. Cuando no conseguía avanzar en su trabajo, subía a cubierta con sus dos pistolas; apuntaba a la bandada de aves marinas que rodeaban el mástil y disparaba. Entonces se reía a carcajadas y regresaba corriendo a su laboratorio. En aquellos momentos, nadie se le acercaba. A veces llevaba a cubierta unas hojas de cálculo llenas de fórmulas complicadas en las que había trabajado durante semanas y, después de decir «Gracias», las arrojaba una a una para que el viento se las llevara. Decía que no importaba, que solo necesitaba verlas una vez para recordarlas. Lo cierto era que, cuando venían a inspeccionar el barco, se detenía junto a las máquinas y recitaba de memoria un centenar de números, dejando perplejos a quienes habían hecho los cálculos. Y no solo eso: cuando aparecían submarinos alemanes, o el Emden, solo necesitaba mirar un mapa para decir, «Ya lo entiendo. Ya sé dónde está su base, cuáles son sus sistemas de comunicación y su velocidad». Nadie hacía cálculos como él. Por eso, cuando comparé al capitán con Ina, el muchacho, que estaba pelando un plátano en una esquina del cuarto, pensé que eran tan opuestos como el Polo Norte y el Mar del Sur. Ina llevaba la cabeza rapada y parecía una bhikkuni[60]. Su piel tenía el color de las aceitunas, llevaba el rabillo del ojo pintado y sus labios parecían de fresa. Sus abundantes pestañas, los párpados marcados, las cejas pobladas y largas en forma de media luna, la nariz afilada, la piel pálida que bajaba desde sus lóbulos y su nuca hasta sus hombros… Todos esos detalles lo hacían tan sensual como una mujer. El uniforme azul marino con cordones dorados se ajustaba perfectamente a su cuerpo, pero con un kimono habría parecido una jovencita. Entendía por qué los ketō querían acostarse con él… Mientras pensaba eso, el mocoso se giró hacia mí e inclinó la cabeza, mirándome como si fuera un simple pordiosero. Luego me mostró una sonrisa de color durazno, como una joven que acaba de ver a su novio. Me sentía incómodo. Noté un escalofrío. Por un momento imaginé que de la oscuridad a la espalda del mocoso iba a aparecer un terrible monstruo para atacarme.
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