—Hoy también te derrotaré —dijo Sanzaemon Aiba al oponente que se encontraba al otro lado del tablero de go , el viejo posadero que administraba los baños termales. —Ayer sentí rabia por la derrota, por eso no he podido dormir pensando en nuevas estrategias. Pero hoy será diferente, no voy a perder tan fácil. El posadero soltó una risa llena de lástima y comenzó a colocar sus fichas en el tablero. —Ya, entonces no puedo bajar la guardia. ¿Eso significa que no debo tratarte como un oponente débil? Mientras colocaba las fichas por todas partes, Sanzaemon notó que las puntas de los dedos del viejo posadero temblaban. Era una costumbre que tenía cuando se ponía nervioso. —Hoy, no voy a perder tan fácil, señor. Al viejo posadero le gustaba mucho el go pero sus habilidades eran muy limitadas. Para que la partida fuera más igualada tenía que darle cuatro o cinco fichas de ventaja. A pesar de todo, Sanzaemon solía jugar al go con él para matar el tiempo con él entre baño y baño.
—Voy a pedirte que te esfuerces un poco más. Ya habían pasado veinte días desde que Sanzaemon dejó Edo, la capital, para venir a las montañas de Hakone. —Hoy le voy a ganar señor. El sonido de las fichas que ambos colocaban parecía reverberar. Era un día soleado de comienzos de verano. En el exterior, justo detrás de la puerta corrediza que permanecía abierta, se divisaban las montañas y una vereda por la que, ocasionalmente, apenas podía distinguirse la figura de alguna persona entre la bruma. —¿No es un cliente el que viene? —alertó Sanzaemon al viejo posadero en vista de que no podía adivinar si la figura era la de un hombre o la de un pájaro. —Sí, señor, la persona que ha venido es un cliente, pero se trata de uno problemático. No sé qué hacer con él. El viejo posadero estaba abstraído en el juego. —Si es un cliente problemático, deberías rechazarlo, ¿no? —dijo riendo Sanzaemon. Mientras reía, echó un ojo hacia la veranda. Allí estaba parado un bonzo [10] delgado y de piel muy pálida. —Es un bonzo peregrino. Sanzaemon lo saludó con una tibia reverencia.
—¿Les molesto si observo? Es que a mí también me gusta mucho el go.
El bonzo le devolvió el saludo a Sanzaemon con otra reverencia. Finalmente, el viejo posadero se percató del dueño de esa voz.
—Ah, es usted señor bonzo. Por favor, siéntese.
—Espero que no les moleste que me quede mirando el juego.
El bonzo vestía un traje religioso n***o y desgarrado. Desató la cuerda del sombrero de paja de bambú que traía en la cabeza y se puso de pie frente a la veranda, quedando en diagonal al tablero de go.
—Bien. Empecemos.
Sanzaemon comenzó colocando su ficha.
—Bueno, entonces es mi turno, ¿verdad? ¿La pongo aquí o allá?
El posadero comenzó a colocar su pieza como si se hubiera olvidado por completo de la presencia del bonzo.
—Entonces, yo la pongo aquí.
La voz apacible de Sanzaemon contrastaba con el tono nervioso del posadero.
—No puede ser. ¡Otra vez! Se ha unido esta con esta. Volví a perder. Señor, me rindo —le dijo el posadero, desilusionado.
Sanzaemon, por su parte, rio a carcajadas.
—Hoy no estaba destinado a perder. ¡Qué sorpresa!
—Gracias.
El posadero se rascó la oreja derecha y luego dirigió su mirada hacia aquel bonzo.
—Señor bonzo, qué le parece. ¿Le gustaría jugar conmigo? —dijo Sanzaemon.
—Me gusta mucho el go, pero no se me da bien.
—Es más emocionante tener un nuevo rival, que jugar siempre con la misma persona. ¿Qué tal una partida?
El bonzo no se mostró disgustado. Al verlo, Sanzaemon insistió:
—Venga, una partida nada más.
—No creo ser un digno rival.
El bonzo se hacía de rogar pero aun así subió del otro lado de la veranda y se sentó con las piernas cruzadas.
—Pero se está sentando sobre las tablas. Venga, siéntese por aquí, por favor.
Sanzaemon invitó al bonzo a ocupar uno de los tatamis. Sin embargo, este negó con la cabeza.
—Estoy acostumbrado a sentarme sobre piedras y tablas.
Sanzaemon colocó el tablero de go frente a él, manteniendo uno de sus pies sobre el riel de la puerta corrediza.
—Usted y yo, en igualdad de condiciones. Yo pongo primero, bonzo.
Sin embargo, el bonzo tomó el contenedor de fichas que el posadero había sacado.
—Entonces, comienzo.
Mientras Sanzaemon decía aquello, el bonzo ya había colocado una ficha.
—No debe hacerlo. Yo voy primero.
—Venga, la próxima vez empezará usted.
Sanzaemon y el bonzo comenzaron a colocar las fichas, asumiendo ambos una actitud relajada mientras resonaba el traca traca de las fichas en el tablero. Al cabo de un rato, el tablero se llenó de fichas blancas y negras. Sanzaemon sabía que había sido derrotado.
—He perdido, por dos o tres intersecciones.
A pesar de la derrota, Sanzaemon había disfrutado el juego con tan buen contrincante.
—¡Qué dice! Como máximo fueron dos —dijo el bonzo.
Examinando el juego con detalle, el bonzo había vencido a Sanzaemon por dos intersecciones.
—Juguemos de nuevo. Comienzo yo.
Sanzaemon se adelantó a colocar su ficha antes que su rival. El bonzo acató aquello y esperó su turno para colocar la suya. El resultado de la partida fue una derrota del monje, por dos intersecciones. Sanzaemon se lo estaba pasando realmente bien.
—Ahora empiezo yo.
El bonzo colocó su ficha.
—¡Qué divertido es esto!
El posadero también se divertía, tanto como si estuviera jugando.
II
Sanzaemon y el bonzo jugaron hasta el atardecer en un toma y daca en el que alternaban juegos ganados y perdidos. Era un verdadero equilibrio emocionante de habilidades que se disfrutaba bastante. Cuando dieron por terminado el juego, el bonzo se dispuso a retirarse. En ese momento, Sanzaemon le dijo:
—¿Pertenece usted a algún templo cercano?
Sanzaemon se sentía apenado por dejar ir a un rival tan bueno.
—Vengo de la ermita que está allá, subiendo aquella montaña.
El bonzo se puso de pie y se colocó el sombrero de paja en la cabeza.
—Bueno. Hasta la próxima. Tal vez mañana podríamos repetirlo.
—Perfecto. A mí me fascina el go, así que mañana, pasado, o si le place todos los días puedo venir a jugar con usted.
—Fantástico. Comenzaba a aburrirme, ya que no sabía qué hacer.
—Entonces, nos vemos mañana.
El bonzo salió de la posada y se puso en marcha, subiendo la colina como si fuera un pájaro que volaba hacia la luz del atardecer.
—No sabía que había un monje por esta zona —dijo el posadero.
—Yo tampoco.
Sanzaemon siguió con sus pensamientos en los baños termales.
—No lo había visto nunca… ¿Dónde habría estado?
—Por esta zona circulan muchos bonzos como ese —le contestó el viejo posadero, pero luego se acordó de algo—. Hay muchos tipos de bonzo y, bueno, no tenemos que conocerlos a todos. Sin embargo, creo que él no representa ningún peligro.
—¿Existe alguna historia extraña acerca de los bonzos?
—Sí que las hay. Dicen que en esta montaña vivía un monje misterioso y, cuando alguien lo mencionaba, él mismo acababa con su vida. Pero son cuentos. Hasta ahora no ha sucedido nada extraño, ni hemos visto a ese misterioso personaje. Sin embargo, hay gente que cree que existe.
—Bueno, sea él o no, me alegra que sepa jugar al go.
Al día siguiente, el bonzo volvió. Sanzaemon, que lo había estado esperando ansioso, de inmediato sacó el tablero. Primero, comenzó él. Gracias a ello, ganó, como había hecho el día anterior. Luego, cada vez que su adversario comenzaba la partida, Sanzaemon terminaba invariablemente perdiendo. Aquel día, el bonzo también continuó jugando con Sanzaemon hasta el atardecer antes de retirarse.
El bonzo continuó acudiendo diariamente. A Sanzaemon le daba pena que siempre fuera el monje quien se tomara la molestia de ir a visitarlo. Además, quería saber qué clase de vida llevaba aquel personaje. Por ello, un día pensó que sería buena idea ir a visitarlo, por lo menos una vez. Sanzaemon así se lo hizo saber.
—Me da mucha pena que siempre sea usted quien venga a jugar. Estaba pensando que sería bueno que yo correspondiera su visita.
—Mi ermita está en una montaña llena de lobos y zorros. No es un lugar agradable y no hay mucho que ver por allí. Es mejor que no venga.
—Para mí no sería ninguna molestia. Además, no estaré tranquilo si no voy por lo menos una vez.
—No. No es necesario que se moleste. El lugar donde vivo no es un lugar al que la gente acuda. Muchas gracias, pero no insista.
—Ah…
Sanzaemon desvió la conversación hacia el juego de go.
—Entonces, juguemos otra partida.
El bonzo asistió a la posada diez días seguidos. Sin embargo, un día que lo estaban esperando, no apareció. No había comentado que tuviera un compromiso u otro asunto personal. Sanzaemon no tenía ganas de jugar con el posadero, así que salió en dirección a Edo para divertirse un poco, acompañado de un joven sirviente.
La montaña a comienzos del verano estaba adornada por los nuevos brotes de los árboles. Mirando hacia abajo, en el valle ubicado al lado derecho del camino, se podía observar el agua que como la plata se arremolinaba sobre las negras rocas. Desde aquel valle, se escuchaban los cantos de los cucos. Sanzaemon salió del camino principal en busca de algún sitio agradable y se introdujo en una vereda que llevaba a un pequeño cerro.
Sobre él, se alzaba la sombra del enorme monte Komagatake, sobre cuya cúspide se movían las nubes blancuzcas. El sendero se introducía en un bosque de cipreses. Pasando la enorme montaña ya no se alcanzaba a ver el azul del cielo. Sobre las ramas de los cipreses colgaban helechos que saturaban como una niebla y enfriaban los alrededores. Desembocó en una zona de bosque frondoso para luego salir a un pequeño claro por donde corría un río.
—Patrón, por allí hay una cabaña.
Justo detrás de él iba el joven siervo, por lo que Sanzaemon se giró. Le señalaba con el dedo a lo lejos, en lo alto del otro lado del claro.
—¿Dónde dices?
—Allí mismo.
Había rocas que coronaban las ramas de los negros árboles como la crin de un caballo. Debajo se divisaba lo que parecía ser una pequeña cabaña.
—Es cierto, una cabaña —dijo Sanzaemon recordando al bonzo—. Es posible que él se encuentre allí.
—¿A quién busca usted?
—A un bonzo que todos los días viene a jugar al go conmigo.
—Ese bonzo a quien busca, ¿no se encuentra en algún templo budista?
—No. Parece que viene de algún tipo de retiro. Puede ser aquel lugar. Será mejor ir a echar un vistazo. Y si no, quizá sea la cabaña del guardia de montaña. De todas formas, ya tengo hambre.
Sanzaemon avanzó con cuidado. Las rocas parecían formar un tapete pétreo que permitía llegar al otro lado sin problema alguno. Continuaron en esa dirección.
Entre la maleza y las rocas había un camino por el cual parecía haber pasado un humano, pensaba Sanzaemon mientras avanzaba. No obstante, las enredaderas y las rosas salvajes se desperdigaban por aquella zona y les obstaculizaban el paso. Así que, se detenían de vez en cuando mirando dónde pisaban.
Una cabaña se mostró ante sus ojos bajo la sombra de una roca. Sanzaemon tomó aire y se dirigió a la entrada.
—Holaaaa. Disculpe. ¿Hay alguien en casa?
—¿Quién es? —se escuchó desde dentro y luego alguien se asomó.
Era él: el bonzo peregrino.
—Aunque le insistí que no viniera, usted vino hasta aquí. Bueno… está bien. Pase.
El bonzo hizo un gesto de disgusto. Sanzaemon recordó las palabras de rechazo cuando le sugirió la visita. Pensó que hubiera sido mejor no haber venido.
—No. No es que haya venido ex profeso a verlo. Lo que pasa es que hoy, como no nos vimos, estaba muy aburrido. Por ello pensé traer al muchacho a un lugar con un buen paisaje. Entonces, al llegar al valle que estaba allá abajo, vimos esta ermita y me acordé de usted y pensé que sería buena idea hacerle una visita rápida.
—Sí, bue… pasen. Les serviré un poco de té.
El bonzo regresó al interior de su refugio, así que Sanzaemon se quitó las sandalias y se introdujo en el lugar. Dentro de la ermita había paja desperdigada y en el frente habían colocado un butsudan[11] que, sin embargo, se mantenía cerrado.
Del lado izquierdo, tenía dos hornillas donde estaban dispuestas una tetera y una olla. El bonzo se puso delante de la hornilla y se sentó. Sanzaemon tomó asiento frente a él.
—Siento haberlo importunado. No tardaré en dejarlo solo.
Sanzaemon pensó que el bonzo detestaba las visitas porque le impedían realizar sus servicios religiosos.
—No. No tiene que ver con molestarme. Hay una pequeña razón… Bueno… vamos a calentar un poco de té.
El bonzo le lanzó una mirada poco amigable.
—No hace falta que hierva agua para el té. No necesito beber nada, no se moleste —dijo Sanzaemon, mientras echaba un vistazo a la tetera.
Debajo de ella, justo bajo la hornilla, se estaba asomando un rostro humano. Era una cara horrible de color azul pálido. Sanzaemon se asustó; sin embargo, como era un hombre valiente, no dijo nada y en su lugar miró al bonzo a los ojos. El monje debió notar algo porque se giró repentinamente. De pronto, el rostro desapareció.
—Ah. Aunque estamos en una zona repleta de árboles me he confiado y se me ha acabado la leña. Voy a salir un momento para traer algunas ramas. No se vaya, no tardaré.
El bonzo salió así, sin más. Sanzaemon acercó la espada que tenía cerca y, en estado de alerta, inspeccionó el interior de la cabaña. Especialmente allí, debajo de la hornilla. Resultaba peligroso permanecer mucho tiempo en aquel sitio, por lo que pensó en irse cuanto antes. Y como era una vergüenza para un samurái retirarse de un lugar, como si escapara, pensó en dejar una generosa limosna. Si salía ahora y se encontraba frente a frente con el bonzo, no le quedaría otra opción que culparlo de algo y empujarlo. Lo mejor sería colocar la ofrenda de inmediato y abandonar el lugar antes de que regresara el monje. Sanzaemon volvió a mirar debajo de la hornilla.
«Lo mejor será que lo deje dentro del butsudan», pensó.
Sacó la cartera de su bolsillo y envolvió unas monedas en un pañuelo.
—¡Genkichi!
Sanzaemon se giró hacia la puerta y llamó al joven, que lo esperaba sentado.
—¿Sí?
El joven se puso de pie.
—Mete esto en el butsudan.
—Sí.
El joven recibió de Sanzaemon el paquete enrollado y se dirigió hacia aquel mueble religioso. Con mucho respeto, abrió el butsudan. De pronto, algo lo sorprendió y terminó retrocediendo de un brinco.
—¡Eh… eh… eh…! —gritó.
Como Sanzaemon había visto ya lo que había debajo de la hornilla, se imaginó lo que debía haber allí.
—¿Qué pasa?
—Una cabeza. Hay una cabeza cercenada.
—Uhmm.
Sanzaemon se mantenía de pie. Delante de una extraña y oscura figura del Buda, había una cabeza de un hombre colocada mirando hacia delante.
—Bueno, trae ese paquete.
Sanzaemon le arrebató de las manos la ofrenda y la colocó justo entre el Buda y la cabeza.
La figura del Buda era extraña, le brillaban los ojos, tenía tres caras y seis manos.
—Ahora, sal y espérame fuera. Haz como si no hubieras visto nada.
Sanzaemon cerró la puerta y se fue a sentar al lugar donde estaba antes. Su joven acompañante hizo lo propio y tomó asiento en las piedras que había en la entrada.
—Ah, qué cosas. Aunque estamos en medio del bosque, escasea la madera.
El bonzo había vuelto con unas cuantas ramas secas bajo el brazo.
—Se lo agradezco y me disculpo por tantas molestias.
Sanzaemon mostraba serenidad, aunque estaba atento a cualquier cosa que pudiera suceder.
—No puedo creer que se me haya olvidado tener madera estando en medio del bosque —decía el bonzo mientras introducía las ramitas debajo de la hornilla.
Sanzaemon intentaba echar un vistazo allí debajo. El rostro volvió a asomarse de pronto. Inmediatamente, el bonzo apretó el puño e intentó darle un golpe. Pero, en un instante, la cara se volvió a esconder. Al ver eso, el bonzo tomó unos pedernales que tenía al lado y prendió el fuego. Luego, los empujó debajo de la hornilla.
—Esta tetera estuvo hace poco en el fuego, así que no tardará mucho en calentarse.
—Nos marcharemos pronto, así que, por favor, no se tome tantas molestias.
Sanzaemon estaba alerta, atento a cualquier conducta sospechosa.
—Si tuviéramos un tablero de go, lo retaría a un juego —le dijo el bonzo, con voz serena, como cuando visitaba la posada.
—Cierto. Si lo hubiera, yo aceptaría.
Sanzaemon, sin embargo, no bajaba la guardia.
—Muy bien. El té está listo.
Mientras decía eso, el bonzo trajo de algún lado dos tazones y una cucharilla.
—Bueno. Me tomaré una taza y no le molestaré más.
—No se preocupe, no es necesario irse con tanta prisa.
—El camino de vuelta es tortuoso. No debemos entretenernos más de la cuenta.
El bonzo sirvió el té y colocó un tazón frente a Sanzaemon y llevó el otro a la entrada. Cuando el bonzo se giró hacia otro lado, el samurái tiró el té sobre la paja del suelo.
—También hay té para usted, que acompaña al señor.
La voz del joven siervo se escuchó junto a la del bonzo. Sanzaemon tomó la espada y se puso de pie.
—Le hemos causado muchas molestias, así que nos retiramos. Si mañana tiene tiempo, podremos jugar.
—¿Se marchan entonces? Bueno, nos vemos mañana.
Sanzaemon se puso las sandalias, siempre cuidándose de no darle la espalda al bonzo. Su joven acompañante permanecía de pie, frotándose las manos.
III
Sanzaemon bajó la montaña dejando atrás aquella cabaña mientras vigilaba sus espaldas.
—Señor, ¿probó usted aquel té? —preguntó, jadeante, el joven sirviente.
—¿Qué hiciste tú?
—Yo lo tiré.
—¿Ah, sí? Hiciste bien. No debíamos beberlo de ninguna manera. Yo fingí que bebía y también lo tiré.
Sanzaemon urgía al joven para que apurara el paso mientras recorrían el camino de vuelta. Finalmente llegaron a la posada. Seguían tan alterados, que inmediatamente, llamaron al viejo posadero.
—Hoy vimos algo increíble. Posadero. ¿Recuerdas al bonzo que viene diario a jugar al go? ¿Sabes lo que ha pasado?
—¿Vieron algo?
—Claro que lo hicimos. Pasamos por su cabaña y vimos algo horrible.
El posadero levantó la mano y lo interrumpió, como si de pronto hubiera pasado algo por su mente.
—Señor, espere. No me lo diga. Si se trata de aquel extraño bonzo, si habla de él con la gente, perderá la vida. No debe hablar de ello. Salga pronto de mi casa. Pase esta noche en algún otro lado. Por favor, regrese a Edo. Ya me lo han dicho todo. Le pido que se vaya cuanto antes.
El color del rostro del posadero había cambiado y su voz era temblorosa.
—Pero ¿qué es esto? No puede ser…
Sanzaemon estaba completamente pasmado.
—N… no diga nada. Usted vio algo completamente extraño, ¿no es así? Le pido que se vaya de aquí pronto sin decir ni una palabra. De ninguna manera vaya a hablar con nadie al respecto. Si lo hace, le va a costar la vida.
—Oye, ¿pero no es extraño?
—Ya, ya…, por favor, no siga. No le estoy mintiendo. Váyase pronto… ¡Ahora!
Sanzaemon tampoco entendía bien lo que el posadero le estaba diciendo. Pero en vista de tantos acontecimientos inexplicables se apresuró a pagar y se puso en marcha rumbo a Edo, donde pensó en arreglar unos asuntos.
Ya había atardecido. Sanzaemon y el joven encontraron una posada al pie de la montaña y la noche siguiente se hospedaron en Fujizawa. Después, continuaron su camino y cuando llegaron a la posada de Kanazawa, a Sanzaemon lo esperaban dos o tres vasallos que habían venido desde su residencia en Edo.
—¿Y ustedes qué están haciendo aquí? —preguntó Sanzaemon, lleno de extrañeza.
—Nos dijeron que usted regresaba hoy, por eso hemos venido a recibirlo.
—¿Quién os lo dijo?
—Ayer, un monje cuarentón vino y le dijo al guarda que nuestro señor volvería de manera repentina desde Hakone el día de hoy.
—¿Has dicho un monje cuarentón?
—Sí, era un bonzo que vestía ropa de color n***o muy gastada y raída.
Sanzaemon ya no dijo nada más. Por la noche llegó a su residencia en Edo. Allí, lo esperaban amigos y familiares gustosos por su regreso. Cuando Sanzaemon entró en su residencia, todos se reunieron frente a él. Su hijo consentido, el más pequeño, de cuatro años, permanecía de pie en ese momento en el pasillo exterior de la casa. De pronto, se escuchó un extraño grito que hizo salir a Sanzaemon alarmado. En el pasillo yacía el cuerpo decapitado del crío.