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—Ya, cálmate –le pidió Telma a Emilia, pasándole un pañuelo de papel. Ambas estaban sentadas ante una pequeña mesa redonda de un café que a esa hora estaba muy solo. Se habían puesto de acuerdo para verse allí y discutir el paso a seguir. Emilia tomó el pañuelo y se limpió las lágrimas. Respiraba profundo intentando calmarse. Era extraña la mezcla de odio y miedo, pero al final, había podido más el odio. Todavía no se había podido creer que lo amenazara con unas tijeras. Él no se había defendido, aunque tampoco había hecho nada por intimidarla. Sólo se había quedado allí, mirándola como un idiota—. ¿Entonces dice que no sabe qué motivo tienes para denunciarlo? –Emilia asintió—. Hay que ver lo cínico. Ya lo enteraremos. Llamé a una amiga y nos hemos puesto de acuerdo—. Telma tomó las carpet

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