Brooke no se había dado cuenta de cuán agotada estaba hasta que el despertador sonó esa mañana. El cuerpo le pesaba, y aún tenía el eco del día anterior revoloteando en la cabeza. Pensamientos, escenas, miradas. Él.
Se levantó con pereza, se duchó rápido y bajó a desayunar. Su madre ya se había ido a trabajar, y la cocina estaba en silencio. Le gustaba esa rutina silenciosa, donde nadie hacía preguntas y podía prepararse mentalmente para el día. Aunque últimamente, por más que intentara organizar su mente, el caos tenía nombre y tatuajes.
Aleksei.
No lo había visto desde hacía unos días, pero no podía sacarlo de su cabeza. Ni de sus sueños. Ni de esa parte del pecho que se encogía sin permiso cada vez que pensaba en él.
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En la universidad, el campus estaba más animado de lo habitual. El aire otoñal empezaba a sentirse en serio y la brisa arrastraba hojas secas por los caminos. Brooke caminaba con una mochila liviana, repasando mentalmente la materia del día, cuando se encontró de frente con alguien inesperado.
—¡Brooke! —La voz entusiasta de Ethan, un compañero de prácticas, la sacó de su ensimismamiento.
—¡Hola! —respondió ella con una sonrisa genuina. Ethan era amable, siempre con algún comentario divertido y, para muchos, más encantador de lo que admitía.
—¿Vas a la sala de simulación? Puedo acompañarte, tengo el mismo módulo hoy —dijo él mientras se ajustaba la correa del bolso al hombro.
—Claro, vamos —asintió ella.
Caminaron juntos mientras hablaban de los exámenes, del café horrible del pasillo este y de cómo una profesora los confundía a todos con sus gráficos imposibles. Brooke se reía más de lo habitual. Había algo fácil en la compañía de Ethan, algo relajado.
Lo que no sabía era que desde la entrada del campus, apoyado junto a un coche oscuro, Aleksei la observaba.
No debería estar allí. No tenía motivo. Pero algo le había empujado a pasar por la universidad esa mañana. Quizá fue casualidad. O quizá algo más. El hecho es que la vio. Riéndose con otro.
Sintió algo arder por dentro. No era rabia. Tampoco celos en su forma tradicional. Era más profundo. Más instintivo. Como si su cuerpo le recordara que eso, esa sonrisa, esa energía, no debía ser para cualquiera.
Tensó la mandíbula. El tipo la tocó en el brazo al despedirse. Nada invasivo, pero suficiente para que Aleksei apartara la vista y se metiera de nuevo en su coche sin hacer ruido.
No dijo nada. No hizo nada.
Pero su mente ya le había puesto un nombre al chico.
Y ya no lo olvidaría.
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Por la tarde, Lía la esperaba a la salida de clase para tomar un café. Brooke subió al coche con ella y no tardaron en encontrar una mesa en una cafetería tranquila, justo en la esquina donde se reunían siempre.
—¿Y bien? —preguntó Lía mientras removía su bebida con la pajita—. ¿Cómo va todo?
—Normal. Ethan me acompañó a clase y me contó que aprobó la recuperación de anatomía. Estaba eufórico.
—¿Ethan? ¿Ese rubito con cara de cachorrito? —Lía alzó una ceja.
—¡Lía!
—¿Qué? Solo lo digo. Se le nota que le gustas.
Brooke frunció el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que si le das pie, acabas liada con un tipo que te llevaría flores y canciones cursis. Y lo que tú necesitas es otra cosa.
Brooke se quedó mirándola.
—¿Y qué crees que necesito?
—Algo que te desafíe. Alguien que no te lo ponga tan fácil. Ya sabes a quién me refiero.
Brooke desvió la mirada. No contestó.
—¿Sabías que Aleksei pasó esta mañana por el campus? —preguntó Lía como si nada.
Brooke giró el rostro de golpe.
—¿Qué? ¿Cómo sabes eso?
—Porque dejó una carpeta en casa y fue a buscarla. Me mandó un mensaje. Dijo que no bajó del coche porque tenía prisa... pero ya sabes cómo es. ¿Casualidad o no tanta?
Brooke tragó saliva.
—No me dijo nada.
—Claro que no. Pero Aleksei no necesita decir las cosas para hacerlas sentir.
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—¿Tuviste un buen día? —preguntó Jenna más tarde, cuando ambas recogían copas en el bar.
—Sí. Bastante bien, en realidad.
—¿Y el chico del que no me quieres hablar?
Brooke la miró de reojo.
—¿No ibas a dejarlo estar?
—Mentí.
Brooke rió.
—Está... complicado.
—¿Complicado como en “es mi jefe” o complicado como en “me da miedo lo que siento”?
—La segunda.
Jenna se acercó un poco más, bajando la voz.
—Ten cuidado. A veces la atracción no significa que sea lo correcto.
Brooke asintió, pero no dijo nada. Porque no sabía si quería que fuera lo correcto. Solo sabía que ya no podía evitarlo.
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Esa noche, mientras cerraba el bar, Brooke sintió un escalofrío extraño. No había nadie fuera, pero una intuición le decía que no estaba sola. Salió por la puerta trasera, respiró hondo y caminó hasta la esquina.
Un coche encendido, con las luces bajas, estaba estacionado del otro lado.
No necesitó acercarse para saber quién era.
Y no lo hizo.
Solo levantó la mano a modo de saludo.
Desde la distancia, la silueta del conductor asintió una vez.
Y se fue.
Pero Brooke ya no tenía dudas.
No estaba sola.
Y ese “alguien” no tenía intención de dejarla sin vigilancia.
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ALEKSEI
—¿Averiguaste algo más sobre ese chico? —preguntó Aleksei, mirando el monitor del despacho.
—Ethan Dawes. Segundo año de medicina. Buen expediente. Vive con sus padres, trabaja en una librería los fines de semana.
—¿Tiene novia?
—No, jefe.
Aleksei asintió sin decir nada más.
—No intervengas. Solo manténme informado si se le ocurre invitarla a salir.
El hombre lo miró un segundo, luego asintió.
Sabía que Aleksei no estaba jugando.
Y también sabía lo que pasaba cuando alguien intentaba tocar algo que él consideraba suyo.
Aunque aún no lo admitiera.
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Esa noche, Brooke escribió en su cuaderno:
“Empieza a asustarme lo que no digo. Lo que no admito. Lo que siento cuando me mira.”
Y más abajo:
“Sé que no es normal querer estar cerca de alguien que no te promete nada. Pero a veces, el silencio de alguien dice más que mil frases bonitas.”
Cerró el cuaderno. Apagó la luz.
Y soñó con un coche oscuro. Con una figura que no se acercaba, pero tampoco se alejaba.
Soñó con ojos que la veían incluso cuando nadie más lo hacía.
Soñó con Aleksei.
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La mañana siguiente en la universidad fue una mezcla de rutina y distracción. Brooke entró en la cafetería del campus buscando un café que la mantuviera despierta. En la fila, Ethan apareció otra vez como si el destino se divirtiera cruzándolos.
—¿Día largo? —preguntó él con una sonrisa y una chaqueta de lana gruesa.
—Eterno —respondió ella, agradecida por su presencia despreocupada.
—Estaba pensando... mañana hay una presentación en la facultad de neurociencia, pero no va a ser aburrida, lo prometo. Dan pizza gratis —bromeó.
Brooke rió.
—Pizza gratis es siempre tentador.
—¿Te apuntas? —preguntó, esta vez un poco más serio.
Ella dudó. Era una invitación inocente. Académica. Pero algo se le enredó en el pecho.
—No lo sé... creo que tengo turno en el bar. Pero si salgo a tiempo, te aviso.
—Perfecto. —Ethan le guiñó un ojo y se fue con su café en mano.
Brooke se quedó mirando la taza humeante en la barra. Era solo un plan. Solo una propuesta. Pero algo le pesaba.
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—¿Te lo ha dicho? —preguntó Aleksei mientras caminaba por el salón.
—¿El qué? —dijo Lía sin levantar la vista del portátil.
—Que ese tal Ethan la invitó a salir. O a una charla. Da igual. Es lo mismo.
Lía lo miró por encima del borde de las gafas.
—No me ha contado nada. Pero igual deberías relajarte un poco.
Aleksei se detuvo en seco.
—¿Relajarme?
—Sí. Porque si empiezas a actuar como si ya tuvieras algún derecho sobre ella, solo vas a espantarla. Y tú no quieres eso.
No contestó. Caminó hacia la ventana y apoyó las manos en el marco. El silencio se hizo espeso.
—No me gusta que se acerquen a ella —dijo finalmente.
—Y a mí no me gusta que te comportes como si estuvieras en guerra con el mundo cada vez que sientes algo —replicó Lía, suave pero firme—. No eres el único con miedo, Alek. Pero si no sabes manejarlo, vas a terminar alejándola antes siquiera de que te dé una oportunidad.
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Esa noche, Brooke no fue al evento. Ni siquiera al bar. Se quedó en casa, inventando excusas para su madre y para ella misma. Le dolía la cabeza, sí. Pero sobre todo, le dolía el peso de no entender lo que sentía.
Leyó. Escribió. Caminó por su habitación en círculos. Luego abrió la ventana y se apoyó en el marco, como si pudiera encontrar respuestas en la oscuridad de la calle.
“¿Qué estoy haciendo?”, pensó.
No estaba enamorada. Aún no. Pero lo que sentía era lo bastante fuerte como para hacerle cuestionar todo lo que creía tener claro.
Aleksei no era fácil. No era accesible. Y, sin embargo, lo sentía más cerca que a nadie.
Más cerca que incluso a sí misma.
Y aunque sabía que su historia aún no había comenzado, ya temía cómo terminaría.