En la cocina de Alistair, el silencio habitual ha sido reemplazado por el sonido rítmico de mis movimientos. Años de atender la Dolce Vita, de hacer malabares con pedidos de café, paninis y clientes impacientes, me han dotado de una agilidad mecánica que ahora es mi mejor arma. Mis manos se mueven solas. Corto rodajas gruesas de un pan rústico que encuentro en la despensa y las pongo a tostar hasta que los bordes están dorados y crujientes. Mientras tanto, localizo una bola de mozzarella de búfala en el refrigerador. «El tipo de lujo culinario que Alistair seguramente ni sabía que tiene». Lamino con precisión una porción. Corto tomates frescos, brillantes y firmes, disponiéndolos sobre el pan caliente. El aroma del aceite de oliva virgen y un chorrito de vinagre balsámico empieza a llenar

