Cenamos en una burbuja de intimidad que me hace olvidar los quinientos postres que hemos estado horneando, el día que me nos espera mañana y el estúpido correo de mi madre. Hablamos de cosas triviales, de la locura de Ivy, de cómo Silas se quejó por tener que usar una camiseta del "Team Sterling". Reímos, y por primera vez en mucho tiempo, la risa no se siente como un respiro entre batallas, sino como una victoria. Cuando terminamos el vino, Alistair se pone de pie. Se acerca a un panel táctil oculto cerca de la puerta de la azotea. —Silas instaló un sistema de sonido exterior que es una obra de arte —comenta—. Dice que la música suena mejor cuando no tiene paredes que la detengan. Presiona un botón y, de repente, una melodía suave de cuerdas y un piano profundo empiezan a filtrarse por

