Entonces, Julien se inclina. Sujeta mi rostro entre sus manos, sus dedos cálidos sobre mi piel fría. Lucho con cada fibra de mi ser para no echarme hacia atrás, para no rechazarlo, para no vomitar. Mi cuerpo grita: "¡No!", pero mi mente le ordena que se quede quieta. —No me metas tu lengua o te la arranco de un mordisco —le susurro entre dientes, tan bajo que solo él puede oírlo. Julien, lejos de enojarse, deja escapar una risa ahogada. Bastardo. Le divierte el peligro. Entonces, sus labios se posan sobre los míos. Es un beso suave, técnicamente perfecto, pero para mí no sabe a nada. No hay esa chispa eléctrica que siento con Alistair, no hay deseo, no hay esa calidez que me hace sentir que el mundo desaparece. Solo son sus labios sobre los míos, sintiéndose fríos, extraños y vacíos. Es

