Me sostiene la mirada; sus pupilas son dos pozos de hielo donde no encuentro ni un rastro de humanidad. Siento su desprecio, su sensación de victoria absoluta, y algo dentro de mí se quiebra. No es el dolor por Alistair; es la indignación de la víctima frente al verdugo que disfruta con su sufrimiento. —Por supuesto, ya tienes lo que querías —replico, forzando una sonrisa sarcástica que me quema la cara—. Ya tienes tu trofeo de vuelta. Felicidades, Audrey. Has ganado. Alistair Sterling es tuyo de nuevo. Me acerco un paso más, mis ojos brillando con una furia fría. —Pero espero que seas inmensamente infeliz —continúo, saboreando cada palabra como si fuera veneno—. Espero que cada vez que lo mires, cada vez que lo beses, cada vez que se meta en tu cama, sepas que es un hombre que piensa e

