—Mi vida en este país es todo lo que tengo... —confieso en un susurro, mirando mis manos entrelazadas—. Cuando vine aquí dejé mi vida atrás. Traje conmigo solo los pedazos que me interesaban, los que podía cargar sin que me pesaran demasiado. Lo otro... mi familia... es irrelevante. O al menos eso intento repetirme cuando esos pensamientos amenazan con florecer. La madre de Alistair me mira con una comprensión que atraviesa todas mis defensas. No necesita que le cuente los detalles de mi distanciamiento con mis progenitores, ni la soledad de mis primeros meses en Los Ángeles. Sé que ella lo puede notar en la rigidez de mis hombros. —Pero aún duele, ¿no? —habla ella con una suavidad que me duele más que cualquier insulto. Asiento en silencio, mordiéndome el labio inferior hasta sentir el

