—Hasta donde sé, no te obligué a nada y tranquila —replica él, suavizando el tono, pero sin perder la chispa en la mirada—. No voy a atacarte. Me gusta que mis mujeres estén dispuestas y participen. Además, recuerda que alguien en esta casa tiene que ser prudente y no ser como dijiste esta mañana... Ah, sí, "Estúpidos e inconscientes". Su tono es una burla directa a mi intento esta mañana en la cocina de racionalizar nuestra noche. Me pateo mentalmente al sentir que mi respiración se vuelve errática. —Bien. Me parece perfecto que ambos estemos en la misma página —espeto, aunque mi voz sale casi sin aire, una traición absoluta de mis cuerdas vocales—. Ahora... ¿Podrías, por favor, hacerte a un lado para que pueda salir de aquí y tú puedas tomar tu bendita ducha? —Por supuesto —responde,

