—Joder, Stella —gruñe cuando me arrodillo frente a él. Mis dedos rodean la base de su m*****o, ya libre de los jeans, palpitante—. Si sigues así, no voy a durar… —Entonces no me hagas esperar. Lo miro desde abajo, con los labios hinchados y los ojos brillantes de desafío, antes de llevar la punta a mi boca para saborear la gota que ya perla en la hendidura su v***a. Alistair maldice y enreda sus manos en mi cabello mientras lo tomo más profundo. Relajo la garganta para acomodarlo; las lágrimas pican en las esquinas de mis ojos cuando él empuja, sin suavidad y sin piedad. Pero no me detengo. Lo quiero así. Crudo, desesperado, como si ambos supiéramos que esta podría ser la última vez y estuviéramos decididos a quemarnos en el intento. —Basta —jadea él, tirando de mi cabello para sacarme,

