El trayecto de vuelta desde la casa de los padres de Alistair se siente como el descenso de una montaña rusa que todavía no ha terminado de frenar. El silencio en el Bentley ya no es gélido, sino algo más complejo, cargado con el peso de haber dejado clara mi posición frente a sus padres y la extraña camaradería que había nacido entre el vapor de la pasta y el olor al perejil fresco. Al aparcar frente a la imponente estructura de la mansión, siento una reserva física a bajar. El mundo exterior, el de los Sterling de verdad, me ha resultado mucho más acogedor que este mausoleo de lujo. —Ha sido una noche larga —murmura Alistair, apagando el motor. Su perfil, recortado por la luz de la luna, se ve menos severo de lo habitual. —Lo ha sido —asiento, soltando un suspiro que me vacía los pulmo

