Dejo las cajas de cartón sobre la encimera de la cocina con un golpe seco. Mis manos sudan con nervios, un detalle que me enfurece porque yo no soy de las que se amilanan fácilmente. Además de eso, llevo horas intentando borrar la sensación de los labios de Alistair sobre los míos. El eco de ese beso en esta cocina sigue vibrando en mi boca como una interferencia estática que no me deja pensar con claridad. Había sido un error, un impulso eléctrico que no debería haber ocurrido, y mi mente se esfuerza por archivarlo en la carpeta de "accidentes que nunca se deben repetir". Pero Alistair no ayuda. No cuando me suelta una bomba por mensaje de texto. «Mi madre nos espera esta noche a cenar. Paso por ti a las siete». —¿Quién demonios suelta algo así por mensaje? —resoplo, caminando en círcu

