—Sí, señor —responde él, ajustando el espejo retrovisor—. Me pidió que pase por ella a las seis. Miro mi reloj. Son casi las cinco y cuarto. —Bien, entonces pasemos por ella. Creo que puedo quedarme allí hasta que termine el día. El coche se pone en marcha, deslizándose en el tráfico denso de la ciudad. Brandon conduce con una suavidad medida, pero noto algo en su postura, una vacilación que no es propia de él. —Señor... ¿Puedo comentarle algo? —dice de pronto. Su voz suena baja, casi cautelosa. Arqueo una ceja. Brandon no es un hombre de muchas palabras; es un observador silencioso, un profesional que sabe cuándo desaparecer en el fondo. Que quiera iniciar una conversación personal es, como poco, inusual. —Por supuesto, Brandon. Dime —replicó con una curiosidad genuina. —¿No nota q

