—Se lo merecía —dice al fin. Ambos compartimos una risa baja, un momento de tregua en medio del caos del día. Hay algo en la forma en que nos miramos en esta cocina iluminada que se siente más real que cualquier cosa que hayamos fingido afuera. Así que, unos minutos después, estoy sentada frente a la imponente mesa del comedor. Alistair preside la mesa, exudando esa autoridad natural que parece ser parte de su ADN. Frente a mí están Silas con la nariz roja y algo inflamada, pero con su sonrisa de brabucón intacta, y Casper, quien nos observa con una inteligencia analítica. Compruebo lo que Lynette me ha dicho por la manera en que se hablan. Se interrumpen, se burlan de fracasos pasados y se mueven con una familiaridad que solo dan años de historia compartida. Es un vistazo a un Alistair

