—¡Hija de...! —el grito de Ivy corta mis pensamientos como una cuchilla. Estoy sentada en uno de los taburetes en la cocina, rodeada de cajas, pegando etiquetas en los empaques de cartón ecológico. Las etiquetas tienen una frase que yo misma sugerí: "Date el gusto de ser feliz". Creo que es un buen mantra para esta gente que solo piensa en calorías y carbohidratos. Levanto la vista, alarmada. Camila también detiene su actividad de doblar camisetas. —¿Ocurre algo, Ivy? —inquiero, viendo cómo aprieta el teléfono con los nudillos blancos. —Beatrice Cavendish. Eso ocurre —escupe Ivy, arrojando su móvil sobre la encimera de la cocina con un gesto de asco. Nos mira a ambas con los ojos encendidos—. La muy desgraciada ha movido sus hilos con el comité. Me han movido al puesto quince. Me qued

